Aprender inglés tiene que ver más con perder el miedo de hablar


Yo le debo mucho a las caricaturas.

Aparte de ser los superhéroes y maestros del universo que me entretuvieron por horas sin fin cuando era pequeño, fueron también mis mejores maestros de inglés.

Crecer en Tijuana en los 1980 significaba recibir al aire libre los canales en inglés de San Diego, y en contraste con mis hermanos que preferían jugar en la calle, para mí no había nada mejor que encerrarme a ver televisión.

Es algo que recordaría años después, sentado frente a una profesora en la universidad. La maestra acababa de entregar un ensayo que escribimos de tarea y me pidió que la acompañara a su despacho después de la clase.

No sabía el motivo de la cita, pero sospechaba que tenía que ver con la tarea.

“Hiram, ¿dónde estudiaste la preparatoria?”, me preguntó en un tono amable.

“En Tijuana”, contesté.

“¿Y dónde aprendiste inglés, ahí en la preparatoria?”

“En realidad no”, le contesté, “más bien viendo caricaturas cuando era niño”.

Ella sonrió, y me contestó que debía tomar más clases de inglés porque mi ensayo estaba muy por abajo del nivel de una redacción universitaria. Salí desilusionado y más consciente que nunca de que realmente nunca tuve clases formales de inglés.

En la escuela en Tijuana nos enseñaban que gato era cat y que casa era house. Para mí no había mucha diferencia entre una clase de inglés de primaria y una de preparatoria. De repente corría el riesgo de no terminar la universidad por no saber hablar bien inglés.

Habían pasado apenas unos meses desde que salí de Tijuana luego de que mis padres emigraron a los Estados Unidos por la crisis económica de los 1990. En poco tiempo pasé de ser un chico seguro de sí mismo a un estudiante tímido e inseguro que aprendió inglés viendo dibujos animados.

Podía tener una conversación en inglés y escribir frases, aunque con obvios errores ortográficos. Me daba pena equivocarme al hablar y socializaba poco con los anglosajones. Prefería asociarme con los latinos y hablar español.

Tomé más clases, hice los ejercicios y practiqué inglés con los estudiantes asiáticos, que estaban peor que yo. Pero pronto descubrí que aprender inglés tenía más que ver con vencer mis miedos que con leer un libro y repetir frases.

Hablar inglés se había convertido en el equivalente a tener una pésima voz y tener que subirse a un escenario a cantar karaoke.

Mis inseguridades eran fácilmente captadas por otros.

Notaba que mis colegas estudiantes perdían la paciencia rápidamente cuando detectaban mi acento o cuando veían que tenía dificultad comunicando algo. Era difícil hacer amigos. En las tiendas sentía que los empleados no me daban buen servicio cuando me escuchaban hablar.

Pero luego sucedió algo que cambió todo.

Un día la compañía que preparaba la comida en la cafetería universitaria prohibió que sus empleados hablaran español.

Era alrededor de 1996, cuando el ambiente antiinmigrante en California había llegado a su cúspide con la fallida proposición 187 que prohibía los servicios públicos a indocumentados.

Los empleados de la cafetería eran mis amigos. Todos los días me detenía a platicar con ellos mientras llenaba el plato de comida. Hablamos de futbol, platicábamos de lo que pasaba en México y Latinoamérica, y compartíamos nuestras experiencias como inmigrantes.

La nueva regla nos impediría hablar español.

Como miembro de la organización estudiantil MEChA decidí hacer algo.

Escribí cartas de protesta a la empresa, me reuní con el chef ejecutivo de la cafetería, con quien tuve discusiones profundas sobre el tema, y junto con otros estudiantes latinos hablé con los administradores universitarios.

La compañía de comida finalmente permitió que el español regresara a la cocina.

No fue sino hasta después que me di cuenta que no me importó equivocarme.

Levantaba la voz, movía las manos, convencía a la gente, y todo en inglés.

Había perdido el miedo de subirme al escenario y cantar karaoke.

Me pregunto cuántas personas que están aprendiendo inglés le tienen miedo al micrófono, a equivocarse, a hacer el ridículo.

Unos años después terminé los estudios y aunque mi inglés estaba lejos de ser perfecto, nunca jamás podría dejarme intimidar por mi acento o mis limitaciones.

Le doy gracias a esa maestra por mandarme a tomar clases de inglés, y a las caricaturas por entretenerme y educarme, por más extraño que suene.

Dejar Tijuana no fue fácil


Por Hiram Soto

Hace 15 años empaqué mis maletas y dejé Tijuana.

La casa donde crecí ya no tenía muebles, con excepción de una cama inflable donde dormía. Los cuartos de mis hermanos estaban vacíos, esperando la llegada de otra familia. La cocina estaba silenciosa y fría, como una fábrica abandonada.

La crisis económica había obligado a mis padres a dejar su vida atrás y emigrar a San Diego, como muchas familias lo han hecho hoy escapando la violencia y el narcotráfico. Yo era el único que se rehusaba a dar el paso al norte, por más cerca que estuviera de Tijuana.

Siempre me había gustado vivir ahí, aunque para muchos era sólo una ciudad de paso, un lugar extraño que tenía poco de México, un depósito de carros viejos del “otro lado”. Yo prosperaba en el caos ordenado de la ciudad, donde operaba básicamente bajo una regla: no meterse con los narcos.

Mis padres habían hecho el sacrificio de inscribirnos en escuelas privadas, y coincidentemente compartí escritorios con la primera generación de los llamados narco juniors, o hijos de gente adinerada cuya única aspiración era convertirse en narcotraficantes.

Era la época en que el cartel de los hermanos Arellano Félix estaba en ascenso, y en donde lo último que esperaban estos padres ricos de los narco juniors era que sus hijos movieran droga y mataran gente. Eso era algo que hacía la gente de pocos recursos que buscaban un camino rápido a la riqueza. Nunca se dieron cuenta de que sus hijos también buscaban fama y respeto, como cualquier otro adolescente.

Las lecciones eran severas para quienes no respetaban esta regla.

Un pleito a golpes en la escuela o una fiesta podía terminar a balazos, como sucedió con varios amigos o conocidos. O peor aún, podía culminar en una desaparición. No sabías con quién te metías, no sabías qué podía enfurecer a un joven armado con mucho que probar. Por eso era importante evitar problemas, aunque a veces los problemas lo encontraban a uno.

Un día me tocó agarrarme a golpes, y para mi mala fortuna mi contrincante era un aspirante a narco que andaba buscando probarse. Nunca supe con certeza qué tipo de peligro corría mi vida, pero recibí amenazas por varios días. Llegaba tarde a la preparatoria y me iba temprano, o al revés. Durante la hora del receso no salía del salón. Me encerré en mi casa por varias semanas.

Fue durante ese tiempo que el inseparable amigo de mi hermano menor había desaparecido junto con otro muchacho. Todos sabíamos que le pudo haber tocado a mi hermano si hubiera andado con ellos. Nunca se supo más de estos chicos.

A pesar de que esta violencia naciente era tan sólo un preludio a la brutalidad que veríamos años después, Tijuana para mí no era sinónimo de narcotráfico; era simplemente una ciudad situada accidentalmente a un lado del país más poderoso del mundo. Aún con los problemas que siempre ha tenido, me sentía seguro caminando sus calles y manejando sus boulevards, y aún lo siento así. Disfrutaba el ritmo frenético de la ciudad. Tenía una novia, una banda de rock y muchos amigos. Al otro lado, sin embargo, no era nadie y no tenía nada.

Resentía que cuando cruzábamos a San Diego teníamos que ponernos los cinturones de seguridad, y me impresionaba cómo nos convertíamos en gente ordenada y cumplidora de la ley.

No entendía por qué en las zonas residenciales de San Diego rara vez había gente en la calle. En Tijuana parecía que siempre había alguien haciendo algo en cada esquina de la ciudad. Mi madre solía bromear que al principio las noches eran tan silenciosas de este lado que le costaba trabajo dormir.

Finalmente hice las paces con el destino y un día cruce la frontera con mis maletas y me uní a mi familia. Me convertí en un inmigrante más que tomaba la decisión de dejar a un país pobre por uno más rico, y por momentos me sentía como que me vendí al mejor postor.

Unos meses después recibiría un paquete en el correo de la Universidad de Redlands, una escuela cerca de San Bernardino, informándome que aceptaban mi solicitud para estudiar ahí.

Pronto tendría que empacar mis maletas una vez más y empezar uno de los retos más grandes de mi vida: ir a una universidad en Estados Unidos sin realmente saber escribir o hablar inglés.

Tijuana parecía más lejana que nunca.

Hipocresía republicana al negar ciudadanía a bebés


Por Hiram Soto

A los republicanos no les bastó cerrar las puertas de la legalización a jóvenes que fueron traídos a Estados Unidos de niños por sus padres indocumentados, como sucedió cuando hundieron en diciembre la propuesta de ley Dream Act.

Ahora quieren ir un paso más allá: arrebatarle la ciudadanía a todo niño que nazca de padres indocumentados.

Por lo menos así pinta el 2011, donde se espera una serie de propuestas antiinmigrantes en varios estados donde los republicanos se han fortalecido políticamente. Estos legisladores buscan emular leyes como la de Arizona, restringir acceso a colegios públicos, limitar servicios públicos a indocumentados y castigar a los empleadores que los contratan.

Pero quizás ninguna propuesta llama tanto la atención como negar la ciudadanía a hijos de indocumentados, no sólo porque enmendaría la constitución y retiraría un derecho fundamental a los nacidos en Estados Unidos, sino por lo inusual del blanco: los bebés.

Como padre, puedo entender que los bebés no son para todos.

Lloran mucho, especialmente al principio, y hay que alimentarlos en los momentos más inoportunos, incluyendo a las dos o tres de la mañana.

Son caros. Los pañales y la leche en polvo cuesta más de lo que deberían, y para variar, los recién nacidos rara vez sonríen, lo que me hace pensar que todos nacemos con algo de ingratitud.

Pero finalmente son tus hijos. Dios te los mandó y pues ni modo que lo regreses.

Por lo menos es lo que he aprendido de algunos de estos mismos republicanos que tanto dicen proteger la vida de los no nacidos al oponerse a que la mujer tenga el derecho al aborto.

El legislador de Arizona Russell Pierce, por ejemplo, quien encabeza una campaña nacional contra los bebés de los indocumentados, tiene muy claro que las mujeres embarazadas no deben abortar incluso en casos de violación o incesto.

Si fuera por él, estas mujeres tendrían que ver esos hijos nacer, cuidarlos, apapacharlos, alimentarlos, amarlos y mantenerlos por el resto de sus vidas. Así es como Dios lo quiso, ¿no?

“Siempre he creído en la santidad de la vida y en proteger a los más inocentes: los que no han nacido”, dijo Pierce en el 2009 a Arizona Right for Life, una organización que se opone a que la mujer tenga el derecho de abortar.

“Conozco las presiones y los retos que representa un bebé, pero la decisión no puede ser destruir una vida por la conveniencia de uno. Es una vida humana y merece protección moral y constitucional”, añadió.

Excepto cuando se trata de hijos de indocumentados, por supuesto.

Ahí sí hay que considerar los costos. Ahí sí se vale destruir una vida, como sucede con los jóvenes indocumentados fueron traídos a Estados Unidos de chiquitos y que están condenados a ser ciudadanos de segunda clase por más ambiciosos o brillantes que sean.

“Cuesta 6 mil millones al año el dar luz a estos niños en Estados Unidos, sin contar los miles de millones en beneficios y subsidios”, dijo Pierce hace unos días sobre los hijos de indocumentados en el canal de noticias Fox News Channel.

Me cuesta trabajo diferenciar entre la protección moral y constitucional de los no nacidos a la que se refiere Pierce, y a la protección moral y constitucional de los que acaban de nacer.

En el caso de los no nacidos se trata del derecho de vivir. En el caso de los nacidos se trata de vivir con dignidad.

Negar la ciudadanía a hijos de indocumentados es despojarlos de sus derechos constitucionales.

Lo que sí estoy de acuerdo con el señor Pierce es que los niños son responsabilidad de los papás, independientemente si estaban planeados o no.

De la misma forma los niños nacidos en Estados Unidos son responsabilidad del país,   la tierra que los vio nacer, independientemente si estaban planeados o no.

¿Será que Dios así lo quiso?