La impuntualidad mexicana es un defecto curable


Es mejor no llegar tarde nunca.

Es raro ver a un político ser regañado, y más cuando lo regañan como si fuera un niño.

Quizás por eso fue tan entretenido ver el otro día un video de un general del ejército mexicano en el que reprende a Cuauhtémoc Cardona Benavides, el secretario general de Baja California, enfrente de su jefe, el gobernador del estado, José Guadalupe Osuna Millán.

“No lo quiero ver en ninguna instalación militar”, dijo visiblemente molesto el general Alfonso Duarte Mújica al gobernador mientras Cardona escuchaba a un lado con la cabeza medio agachada.

“Es un grosero, borracho, irrespetuoso y un conflictivo”, concluyó el general mientras una cámara atrás grababa la inusual pero cándida jalada de orejas.

La fricción se propició cuando Cardona llegó tarde a un evento del ejército en donde lo esperaban para que diera un discurso. Los militares, con la disciplina que los caracteriza, no lo esperaron y siguieron con el evento. Cuando Cardona finalmente llegó, le negaron el micrófono, y él decidió abandonar el recinto.

Bien por el ejército. Y bien por el general.

La impuntualidad es una de las cosas que nunca he entendido de mi cultura.

¿Por qué nos cuesta tanto a los mexicanos, y a los latinoamericanos en general, llegar a tiempo a una cita? ¿Dónde comenzó esta terrible tradición de abusar del tiempo de otras personas, ya sean colegas, profesionistas o amigos? ¿Será cuando todos andábamos en burros y no había carreteras?

Puedo entender que en nuestra cultura se llegue tarde cuando se trata de una fiesta o una reunión social; a nadie le gusta llegar primero, aunque irónicamente el anfitrión siempre espera con gran ansiedad al primer invitado.

¿Pero a una reunión de negocios? ¿A una clase? ¿A una cita telefónica para hablar sobre algún asunto importante? ¿A una cita médica? Aunque ahora vivo en Estados Unidos, donde la gente es generalmente puntual, en ocasiones me toca ser víctima de los contratiempos de los impuntuales, de aquellas personas que poco les importa el tiempo de otros.

No recuerdo en qué momento de mi vida me convertí en una persona que llega a tiempo a sus compromisos. Quizá porque de chico tuve muchas citas con el dentista, y aprendí que nunca debes hacer enojar a una persona que mete cosas filosas a tu boca.

Hoy en día yo suelo llegar por lo menos 10 minutos antes a cualquier cita, y llegó con aún más antelación cuando voy a hablar ante un grupo de personas. Quizá esto refleje mi americanización o expongo un poco mi personalidad compulsiva, pero siempre preferiré llegar a tiempo.

La impuntualidad es una costumbre que debemos dejar en el pasado, junto con el uso de caballos como medio principal de transporte. No solamente es una falta de respeto para la persona que nos ha dado el privilegio de reunirse con nosotros, sino que también es una pérdida de tiempo y de dinero para todos.

¿Cuánto dinero se tira a la basura en México cada año en tiempo muerto cuando un grupo de personas está esperando a un impuntual? No es por nada que en México se dan bonos de puntualidad, como en la escuela se dan estrellitas a los niños que no faltan a clases. ¿Qué tal si mejor dieran bonos de productividad, algo que beneficiaría a todos los empleados de una compañía?

Yo tengo poca tolerancia a la impuntualidad. Y me molesta aún más cuando alguien esconde su irresponsabilidad detrás de una costumbre de orígenes desconocidos que en realidad debería darnos vergüenza. ¿Mexican time? Por favor.

Espero que el secretario de gobierno haya aprendido su lección y que sea la última vez que llegue tarde a cualquier evento, por el bien suyo y de quienes lo rodean, y por el bien de las personas que ya no tendrán que esperarlo. Será un mejor servidor público y un ejemplo a seguir para todos aquellos que insisten en ser impuntuales.

Yo en lo particular, jamás hubiera llegado tarde a un evento de hombres uniformados con armas de fuego a sus costados. Pero como hemos visto, a veces los militares son más peligrosos con sus palabras que con sus armas.

 

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El apagón evocó aquella vida sin pantallas


Cuando era niño en Tijuana, los apagones eran el menor de los disturbios urbanos que ocurrían en mi querida metrópolis fronteriza.

Más miedo le tenía a las avalanchas de rocas que descendían por las calles cuando llovía excesivamente, que en ocasiones terminaban convirtiendo a los autos en lanchas. Un mayor inconveniente era cuando se iba el agua, ya que solía suceder cuando me daba un baño y justo después de aplicar champú en el cabello.

¿Pero un apagón? Ésos eran hasta divertidos.

Sacábamos velitas, contábamos historias de miedo y caminábamos por todos lados con linterna en mano, como si estuviéramos acampando.

Quizás por eso no me preocupé cuando se fue la luz el otro día en un apagón histórico de varias horas que dejó a 1.4 millones de personas sin electricidad en el Condado de San Diego, generando congestionamientos, rescates en elevadores y vuelos retrasados.

Lo primero que hice durante el apagón fue sentarme en la oficina a comer un durazno delicioso mientras escuchaba a mis colegas del trabajo especular sobre las razones de apagón. Otros actualizaban ferozmente Facebook en sus teléfonos móviles o monitoreaban Twitter obsesivamente.

Ya con mis años de reportero en el pasado, disfruté no tener que preocuparme de pasar aquella calurosa tarde llamando a autoridades malhumoradas y escribiendo notas contra reloj.

El único pensamiento que ocupaban mi mente era llegar a casa y que mis cervezas aún estuvieran frías.

Lo mejor de todo es que mi teléfono celular ya estaba bajo en baterías y sabía que pronto no tendría ni una sola pantalla que ver, ni computadoras, ni televisiones, ni cualquier otro aparato electrónico a los que tanto estamos acostumbrados. Y aparentemente no era el único que ya se estaba haciendo a la idea de pasar una tarde desconectado.

La abrupta interrupción a nuestro adictivo estilo de vida digital nos hizo a muchos darnos cuenta de que mientras nuestros aparatos nos acercan a la gente que está lejos, también suelen alejarnos de la gente que está cerca.

En mi vecindad la gente salió a socializar sin tener a Facebook como intermediario. Niños que bajo situaciones normales estarían frente a un televisor perfeccionando sus habilidades de jugar videojuegos se paseaban en bicicleta, reencontrándose con el aire fresco de un atardecer apagado.

Algunos amigos me contarían después que pasaron el día en el parque, bajo un árbol, platicando con la viejita que se sienta en el mismo banco siempre, caminando entre la vegetación o jugando futbol con extraños. Escuché historias de vecinos que tenían años viviendo juntos y que más allá de un saludo, jamás habían intercambiado palabras hasta que fueron unidos por el apagón.

En casa saqué mi guitarra acústica y me eché un desconectado con mis hijas. Sacamos limones del refrigerador oscuro e hicimos una limonada sin hielo y con agua de la llave que sabía mejor que la que venden en la feria.

Entre tanto, la televisión permanecía oscura y silenciosa en un rincón de la casa, como si estuviera castigada. Tuve suerte que tenía linternas a la mano, porque de otra forma hubiera prendido las velas del bautizo de mis hijas, que estaban diseñadas para mostrarnos el camino de la luz.

En la noche contamos historias de fantasmas, aunque temo que asusté de más a mis dos niñas pequeñas, quienes seguramente se durmieron pensando que tarde o temprano La Llorona entraría por la ventana de su cuarto.

Las calles estaban vacías y la vecindad estaba callada. Coloqué mi cabeza sobre la almohada y me dormí entre el silencio y la oscuridad. Alrededor de la una de la mañana las luces se prendieron de la misma forma abrupta en la que se habían apagado unas 10 horas antes.

San Diego tenía nuevamente luz.

Un grupo de sandieguinos idealistas creó una página de Facebook para proponer “apagones” mensuales en San Diego, para así repetir aquella experiencia que nos hizo sentirnos humanos otra vez.

Extrañé aquella vida sencilla y desconectada que teníamos en otros años, cuando no existían teléfonos móviles más poderosos que las computadoras, cuando solamente teníamos 13 canales de televisión y cuando los apagones eran el menor de los disturbios urbanos.

No me importaría si se fuera la luz otra vez.