El ‘Chapo’ da para 59 películas, 6 novelas y 301 narcocorridos


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Jack Black es otro candidato para el papel del Chapo.

Mientras aún nos hacíamos la idea de que Joaquín El Chapo Guzmán, el líder del Cartel de Sinaloa, estaba finalmente tras las rejas, Entertainment Weekly hacia una encuesta en su sitio web sobre quién podría protagonizar en una película al capo más poderoso del mundo.

¿Benicio Del Toro? ¿Demián Bichir? ¿Diego Luna?

Todos son excelentes candidatos, aunque tengo una ligera preferencia por Del Toro, quien hizo un muy buen papel en Traffic, donde interpretó a un policía que hace un trato con la DEA para desenmascarar a oficiales mexicanos de alto rango inmiscuidos en el narcotráfico.

Hollywood es lo primero que me viene a la mente cuando pienso en Joaquín “El Chapo” Guzmán, quien fue arrestado la semana pasada por soldados de la marina mexicana en un edificio de departamentos en Mazatlán, Sinaloa.

No es por trivializar el tema, pero esta es una película que ya vimos: las autoridades arrestan, matan o dan con un narcotraficante de alto rango (véase Pablo Escobar, Amado Carrillo Fuentes, Ramón Arellano Félix, los hermanos Beltrán Leyva, etc.), pero el flujo de drogas jamás se interrumpe.

Los productores siguen cultivando o procesando droga, los distribuidores siguen transportándola de un lugar a otro a escondidas y los chicos en las esquinas de las calles de Los Ángeles, Chicago y Nueva York siguen vendiéndola en bolsas de plástico diseñadas para conservar la frescura de un sándwich. Por su parte, las células de los carteles continúan con sus campañas de extorsión, secuestro, asesinatos, corrupción y tráfico de drogas.

En otras palabras, para lo único que sirven estos arrestos es para darle un poco de entretenimiento a nuestras vidas aburridas. Y qué mejor que un personaje como Joaquín El Chapo Guzmán, quien escapó de una prisión hace más de 13 años en un carrito de ropa sucia.

Un guionista talentoso de Hollywood podría hacer una película solamente sobre su fuga de una prisión de máxima seguridad en México, y sobre los niveles de corrupción en los diferentes niveles del gobierno mexicano que permitieron que se escapara.

La revista de televisión, 60 Minutes, por ejemplo, podría hacer un documental sobre las narco modelo de México, incluyendo la esposa de Guzmán, Emma Coronel, quien fue una reina de belleza local en Sinaloa. CNN podría salir con un programa de una hora en donde se detalle con gráficas sofisticadas al estilo Osama bin Laden los túneles que conectaban las siete propiedades de Guzmán, los cuales utilizó para escapar por lo menos una vez de las autoridades mexicanas en Culiacán.

Algún hijo de Guzmán podría publicar un libro sobre la experiencia de ser el hijo del mítico capo mexicano, de la misma forma que Juan Pablo Escobar hizo el documental Pecados de mi padre sobre el mítico y desaparecido narcotraficante colombiano Pablo Escobar.

Univisión el mes pasado anunció la compra de los derechos de transmisión de una serie de televisión llamada El varón de la droga, que se inspira en la vida de Guzmán para darle competencia a Telemundo y a su exitosa telenovela La reina del Sur con Kate del Castillo.

Yo no soy mucho de películas, de Hollywood y de todo eso, pero consideraría seriamente la invitación a un rol en alguna de estas películas, digo, por si algún guionista está leyendo esto.

Me gustaría, por ejemplo, ser uno de los soldados de la marina que aparecen con el rostro tapado mientras suben a Guzmán a un helicóptero militar, pero no el que lo agarra del cuello porque no quiero ser el blanco de represalias. Siempre me ha gustado la idea de portar un uniforme y tener un arma larga, como en las películas de acción, especialmente cuando hay un helicóptero cerca.

Pero quizá sea mejor dejarles ese trabajo a los actores profesionales. No sé tú, pero Benicio Del Toro podría sacarse un Óscar. Sería justo dado que se lo robaron con Traffic.

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Hola, soy Hiram Soto y tengo un rifle en el clóset


hiramsotoSí, me llamo Hiram Soto y tengo un rifle de alto calibre de 1942 en el clóset. Está debajo de un montón de zapatos que no uso. A veces lo saco a pasear al desierto, donde juego a que soy un soldado que salva al mundo de un ejército invasor de latas vacías de frijoles.

Comparto esto porque es algo que le sorprendería a la mayoría de las personas que me conocen. Y puesto que Enlace extendió su circulación al suroeste del condado de Riverside, ¿por qué no compartir lo más sorpresivo de mí a lectores nuevos como tú? Las trivialidades a veces son la mejor forma de conocer a alguien.

Si estás en Riverside y lees esta columna por primera vez, lo ideal sería que tú y yo nos sentáramos a tomar un café. Así podríamos conocernos mejor, compartir nuestras inquietudes, las cosas que nos inspiran, nuestras familias y trabajos. Pasaríamos horas hablando sobre cómo los republicanos perdieron la cabeza y cómo el mundo es mejor porque las parejas homosexuales ahora tienen los mismos derechos que el resto de nosotros. Criticaríamos a Obama por ser un presidente pasivo que no sabe negociar, y hablaríamos mal del FC América.

Pero será difícil que nos reunamos para un cafecito, en parte porque prefiero tomar cerveza. Por lo tanto, dedicaré estos párrafos para platicarte un poco sobre quién soy. Espero que esto le dé contexto a las palabras que escribo aquí semana tras semana.

Este periódico es mi hogar.

Aquí escribí mis primeras notas como periodista en el año 2000. La editora fundadora, Aída García, me contrató para escribir un calendario de eventos. Fue el segundo mejor trabajo que tuve en la vida (el primero fue trabajar en la cocina de un restaurante de Carl’s Jr.).

Como periodista conocí a mis cantantes favoritos, jugadores de futbol y a otras personalidades. Pero pronto concluí que eran personas mortales como tú y yo, y dejaron de interesarme. Cambié de especialidad y me enfoqué en asuntos locales de política y en reportajes de investigación. Era gratificante recibir cartas de amenazas de abogados de las personas que investigaba, algo que tomaba como una indicación de que hacía bien mi trabajo.

Escribí sobre temas nacionales de inmigración, donde hice crónicas de los intentos fallidos de aprobar una reforma migratoria. En más de una ocasión me puse el cuaderno en la bolsa trasera del pantalón, la pluma en la camisa y un tapabocas y viví varias aventuras cubriendo los incendios forestales de la región.

Estuve con los rescatistas del grupo Ángeles del Desierto cuando encontraron los restos de un inmigrante que murió asfixiado durante los incendios de 2007 en la punta de la montaña Tecate Peak, a 4000 pies de altura. Acompañé al grupo a los desiertos de California y Arizona junto con mi padre, donde encontramos los restos de otros inmigrantes y les dimos a sus familias la oportunidad de enterrarlos con dignidad.

Ver los restos secos y descompuestos de la gente que murió intentando cruzar la frontera me hizo ver la urgencia de una reforma migratoria. Los recuerdos de los difuntos aún me acompañan cuando atravieso por momentos difíciles en mi vida. No sé por qué, pero me dan fortaleza para seguir adelante.

En 2009 dejé de ser un reportero de tiempo completo y pasé a ser columnista. Durante los últimos años he trabajado bajo la dirección editorial de Lilia O’Hara, una periodista de gran trayectoria y la persona a cargo de que no use yo este espacio para escribir ridiculeces.

Mientras todo esto sucedía, en mi casa empezaron a llover niñas. Tres, para ser exacto. “Puro producto para caballero”, como me dijo una cajera en una ocasión, recordándome que aún vivimos en un mundo machista que por suerte a mis hijas les tocará cambiar.

En fin, esto es un poco de mi historia. Espero que esto nos ayude a conocernos un poco. No dudes en mandarme un correo electrónico cuando quieras decir algo. Te prometo que te contestaré. Se aceptan todo tipo de comentarios, buenos y malos.

No te preocupes por el rifle. Siempre está desarmado.

Con el número 12, el Estadio Caliente…


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Joven xolofan.

Bajo cualquier medida, el Estado Caliente es un lugar tranquilo para ver un partido de futbol. Las familias llevan a sus hijos pequeños, los aficionados se ponen las camisetas de otros equipos sin ser acosados y el público ya dejó de lanzar cerveza al aire cuando el equipo anota gol.

Pero eso no quiere decir que el estadio no tiene chispa.

El ambiente está en la cabecera sur. Ahí están los chicos y chicas de la Masakr3, la barra más grande y apasionada del estadio, la que sigue a los Xoloitzcuintles de Tijuana al estadio Azteca, al Omnilife de Guadalajara o donde los lleve el avión.

Son unos ciento y tantos, pocos, comparados con los miles que conforman las porras de equipos “grandes” como Pumas, América, Chivas o Cruz Azul. Pero estos cientos representan a uno solo que hace sus mejores movidas no en el campo, sino en las gradas.

ImageAún es un grupo joven. No usan los mantos coloridos que  abarcan zonas enteras de las gradas de los estadios más grandes del mundo.

La Masakr3 tiene sus orígenes en 1998, cuando Tijuana tenía un equipo filial de las Chivas de Guadalajara y el sueño de jugar en la primera división era tan remoto como tener un estadio profesional de futbol como lo es ahora el Estadio Caliente, donde caben más de 20,000 almas.

Pero como lo han demostrado los Xolos desde que subieron a primera división en 2011, la pasión compensa por la falta de historia. Aunque el equipo apenas fue fundado en el 2007, hoy en día se ha convertido en el equipo sensación del futbol mexicano y de paso en el orgullo de Tijuana y San Diego.

Esta es su segunda liguilla consecutiva, lo cual ha brindado a los fronterizos la satisfacción que no han podido dar en los últimos años los Chargers ni los Padres.

ImageTerminaron la temporada en segundo lugar, los cual les asegura un lugar en la legendaria Copa Libertadores de Sudamérica. Esto quiere decir que el Estadio Caliente podría ser la sede de partidos con algunos de los grandes del continente, como Boca Juniors, Sao Paulo o Flamengo.

El ambiente estará más prendido que nunca este domingo 18 cuando los Xolos reciban al Monterrey en el partido de vuelta de cuartos de final. Hicieron historia al vencer a Monterrey en el partido de ida, y ahora intentarán hacerlo de nuevo en casa.

Las gradas que más aplauden

Los chicos y chicas de la Masakr3 ven con escepticismo las preguntas de un reportero, quien indaga sobre lo que es formar parte de la porra más grande de la frontera. Le dicen que mejor hable con KBurro, el líder oficial del grupo. Él es un tipo agradable, rapado y robusto, vestido de rojo y negro, los colores del equipo. Suele tener la garganta áspera de tanto gritar.

“Nosotros apoyamos el equipo en las buenas y en las malas, jamás lo abandonaremos”, dijo, reconociendo entrelíneas que el fútbol se conforma de alegrías y sufrimientos. “Afortunadamente ahorita estamos viviendo una época muy especial”.

ImageSi no fuera por la Masakr3, los partidos de futbol en Tijuana serían tan apagados como un partido de los Padres de San Diego en Petco Park. Son ellos quienes ponen el ritmo del partido con sus cánticos, convirtiendo el campo en una pista de baile de futbol.

La fiesta comienza unos 15 minutos antes del partido, cuando la porra hace su entrada a las gradas con tambores, trompetas y cánticos que ensayan durante la semana. La mayoría de las canciones son originales, y a veces escriben canciones para apoyar a miembros específicos del club. Hace unas semanas, por ejemplo, hicieron un cántico en apoyo al técnico Antonio Mohamed, que está contemplando regresar a su natal Argentina después de esta temporada.

La Masakr3 tiene una sección exclusiva en la cabecera sur, desde donde animan al equipo por 90 minutos sin parar, y desde donde lanzan insultos personalizados a los jugadores contrarios que pisan el pasto sintético del estadio, el único de su tipo en México.

ImageEn esta zona las butacas no tienen respaldos. No los necesitan. Está prohibido sentarse. Contrario a lo que uno podría pensar, nadie bebe cerveza. Todos ya están borrachos de pasión y adrenalina. La constante ondeada de banderas provee sombra en los días más calurosos, pero no hay manera de esconderse de las miradas de desaprobación si no cantas o brincas con el resto del grupo.

Es difícil saber qué impacto tienen las porras en el resultado de un partido, si en verdad los jugadores contrarios se intimidan y fallan goles. Pero en septiembre de 2011 la Masakr3 tuvo un problema de seguridad y no se le permitió la entrada al estadio. La cabecera sur estuvo vacía a pesar del lleno del estadio.

El resultado: Tijuana perdió 2-0 contra Estudiantes, y el equipo cayó a la penúltima posición de la tabla general.

Hoy en día el Estadio Caliente se ha convertido en una auténtica fortaleza. En esta temporada ningún equipo logró vencer a los Xolos en casa. Monterrey intentará hacerlo, pero Tijuana tiene la ventaja porque, en el Estadio Caliente, no son 11 contra 11. Son 11 contra 12.

Los 4 motivos por los que el PAN perderá las elecciones


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Tendrá suerte si no pierde por mucho más.

Hace unos meses, el ex presidente de México Vicente Fox dijo que sería “un milagro” que el PAN retuviera la presidencia de México en las elecciones del 1 de julio. Si esto no fuera suficiente para hacer hervir la sangre de los panistas, Fox aparentemente se estaba guardando lo mejor para el último. Hace unos días pidió “cerrar filas” con el eventual ganador, en una clara referencia al puntero de las elecciones, Enrique Peña Nieto, del PRI.

El comentario de Fox, un tipo siempre afligido por el síndrome de la metida de pata, es tan solo un reflejo del desastre que ha sido la campaña de la candidata panista Josefina Vásquez Mota por mantener al PAN en los Pinos por seis años más.

Pero la falta de unidad es solo uno de los motivos por los que el PAN probablemente terminará el reinado de 12 años que tiene en el poder. A continuación están el resto:

Guerra contra las drogas. Como la guerra contra el narcotráfico, la campaña de Vázquez Mota, se perdió antes de que empezara. El presidente Felipe Calderón lanzó una guerra contra los carteles de droga sin los recursos necesarios, sin visión o estrategia a largo plazo. El resultado fueron unos 50 000 muertos en cinco años, incluyendo miles de personas inocentes. Los mexicanos vivieron niveles de inseguridad y brutalidad nunca antes vistos. Los carteles, lejos de atrincherarse, redoblaron sus esfuerzos y se echaron a la ofensiva contra el gobierno y contra ellos mismos. El próximo presidente de México debe entender que los carteles existirán siempre y cuando exista un mercado listo para comprar sus productos al norte de la frontera. El PAN nunca entendió eso.

Economía estancada. Por muchos años, los mexicanos temían los cambios de poder por las crisis económicas y devaluaciones que los acompañaban. El PAN logró evitar esto cuando llegó al poder y para su crédito, la economía mexicana no se ha colapsado. Sin embargo, permanece estancada o en un ritmo crecimiento flojo con duopolios o cuasi monopolios en industrias vitales como telefonía y medios de comunicación, que resultan en costos estratosféricos para servicios tan sencillos como hablar por teléfono o tener acceso a internet. Los pocos puntos buenos que ha tenido México en el ámbito económico han sido eclipsados por las recesiones globales y la ultra dependencia hacia la economía estadounidense.

Campaña débil. Vásquez Mota entró a estas elecciones como una candidata débil y con poco apoyo institucional, a pesar de ser la primera mujer candidata con la más alta posibilidad de ser presidente. Sin embargo, los planetas políticos no estaban alineados a su favor. El propio presidente Calderón quería a alguien más (el ex secretario de hacienda, Ernesto Cordero), y otros personajes importantes del partido no la han apoyado como deberían. Sus ideas derechistas salpicadas con populismo son poco llamativas, y su campaña carece de visión. Como candidata no inspira a las masas. Su presencia en línea es quizás la más pobre de los principales candidatos. Ha habido rumores que en ocasiones no han tenido suficiente dinero para pagar la nómina de su campaña. Todo esto la ha dejado sumida en tercer lugar, según las últimas encuestas.

Electorado harto. Si bien el PAN ha tenido logros importantes como la reforma al ineficiente sistema judicial, que aún continúa en desarrollo, no tuvo un solo acto legislativo o ejecutivo que haya mejorado dramáticamente o de forma significativa la vida cotidiana de los mexicanos. Al contrario. La guerra contra las drogas sembró miedo y temor y resultó en la pérdida incontable de trabajos en el área de turismo, uno de los principales sectores económicos de México. El electorado lo sabe. Tanto que está a punto de regresar al poder al PRI, el partido que la mayoría de los mexicanos sacaron a patadas de Los Pinos hace apenas 12 años.

Si el PAN pierde las elecciones, será por su propia culpa. Sin embargo, esa es la belleza de la democracia, independientemente de si gana el PRI o el PRD.

Visita al consulado mexicano de San Diego puede ser divertida


El costo de obtenerlo va más allá de pagar dinero

Desde antes de entrar al edificio alcancé a ver a mi conocido adversario. Estaba a un lado del detector de metales, revisando las pertenencias de los paisanos que hacían fila para entrar al consulado de México en San Diego.

Era un guardia de seguridad mexicano, o de ascendencia mexicana, armado, bigotudo, corpulento y de gran altura. Nos conocimos unas semanas antes cuando intenté pasarme de listo con él mientras pasaba por seguridad.

“Apague su teléfono, por favor”, me ordenó aquella vez. Ya está apagado, le contesté, suponiendo que recibiría el beneficio de la duda.

“Déjeme revisar su teléfono entonces”, dijo ante mi consternación.

El aparato parecía diminuto en sus manos grandes, y le tomó una fracción de segundo exponer mi mentira.

“Apague su teléfono, por favor”, me dijo nuevamente con un cierto enfado, como diciendo: “¿Crees que eres el primer paisano que me quiere ver la cara de tonto?”

Para mi más reciente visita apagué el celular antes de entrar al edificio. Iba a solicitar la renovación de mi pasaporte. Creo que me reconoció, porque cuando llegó mi turno revisó que el teléfono estuviera pagado.

“¿Sabes que una vez que entre puedo presionar un botón para encender el teléfono, no?”, le pregunté, intentando pasarme de listo otra vez. “Señor, está prohibido usar los teléfonos en el consulado, es por cuestiones de seguridad”, dijo.

Algunos pensarán que estoy loco, pero es entretenido ir al consulado. Siento que una visita ahí me acerca más a mi país que comprar provisiones en Northgate González.

Es un lugar lleno de drama y suspenso, donde siempre se te habla de usted, donde los llantos de niños se convierten rápidamente en ruido de trasfondo, donde los empleados pasan la mitad del tiempo ordenando a la gente en dónde pararse o sentarse, y en donde, a pesar de haber revisado todos los documentos varias veces, siempre existe la posibilidad de que algo te falte y tengas que regresar otro día a terminar tu trámite.

Voy aunque no tengo que ir. Soy un ciudadano estadounidense naturalizado. Tengo mi librito de pasaporte azul. Vivo de este lado, trabajo acá, tengo mi vida y mi familia en San Diego. Pero insisto en mantener lazos con mi país natal.

Lo hago porque para mí siempre ha sido importante tener un pasaporte mexicano, tanto por cuestiones culturales como de trabajo o incluso para ser propietario en México. Además, no me agrada la idea de entrar como turista a mi país natal cuando viajo al interior. Aunque tampoco tengo necesidad de hacerlo, a mis tres hijas les he tramitado la ciudadanía mexicana. Quiero que la tengan por si algún día la necesitan. En estos tiempos de incertidumbre, uno nunca sabe a dónde lo lleva la vida.

Pero para eso hay que pagar un precio, no solamente monetario ($101 dólares para un pasaporte de seis años), sino también debe apartarse medio día para hacer el trámite. Hay que pasar horas en una sala que a veces parece la central camionera de Tijuana, con la televisión apagada y con el teléfono encendido pero escondido, como si estuviera viendo un partido de futbol en misa.

No es que sea un rebelde sin causa.

Lo que pasa es que no uso un reloj y cuento con mi teléfono para saber la hora. Mi celular me da la tranquilidad de saber que mis hijas están bien en la escuela, es mi calendario y mi libreta de apuntes donde escribo ideas y cosas que son importantes para mí.

Después de tres horas de espera y de hacer fila en siete ocasiones diferentes, era solo cuestión de minutos para finalmente recibir el pasaporte. El trámite había tomado más tiempo de lo esperado y ya iba tarde a mi siguiente cita. Me urgía mandar un mensaje de texto para justificar mi falta de respeto a la persona que me esperaba.

Apenas empecé a escribirlo cuando sentí la presencia imponente de un hombre uniformado frente a mí, que seguramente me había estado observando desde la esquina opuesta de la sala.

“¡Señor!”, me dijo con dureza. “Hágase un favor y apague su celular”.

“Claro que sí, señor”, le dije mientras apagaba el aparato.

“Muchas gracias, señor”, dijo.

“De nada, al contrario. Gracias a usted”, le contesté, mordiéndome la lengua.

La impuntualidad mexicana es un defecto curable


Es mejor no llegar tarde nunca.

Es raro ver a un político ser regañado, y más cuando lo regañan como si fuera un niño.

Quizás por eso fue tan entretenido ver el otro día un video de un general del ejército mexicano en el que reprende a Cuauhtémoc Cardona Benavides, el secretario general de Baja California, enfrente de su jefe, el gobernador del estado, José Guadalupe Osuna Millán.

“No lo quiero ver en ninguna instalación militar”, dijo visiblemente molesto el general Alfonso Duarte Mújica al gobernador mientras Cardona escuchaba a un lado con la cabeza medio agachada.

“Es un grosero, borracho, irrespetuoso y un conflictivo”, concluyó el general mientras una cámara atrás grababa la inusual pero cándida jalada de orejas.

La fricción se propició cuando Cardona llegó tarde a un evento del ejército en donde lo esperaban para que diera un discurso. Los militares, con la disciplina que los caracteriza, no lo esperaron y siguieron con el evento. Cuando Cardona finalmente llegó, le negaron el micrófono, y él decidió abandonar el recinto.

Bien por el ejército. Y bien por el general.

La impuntualidad es una de las cosas que nunca he entendido de mi cultura.

¿Por qué nos cuesta tanto a los mexicanos, y a los latinoamericanos en general, llegar a tiempo a una cita? ¿Dónde comenzó esta terrible tradición de abusar del tiempo de otras personas, ya sean colegas, profesionistas o amigos? ¿Será cuando todos andábamos en burros y no había carreteras?

Puedo entender que en nuestra cultura se llegue tarde cuando se trata de una fiesta o una reunión social; a nadie le gusta llegar primero, aunque irónicamente el anfitrión siempre espera con gran ansiedad al primer invitado.

¿Pero a una reunión de negocios? ¿A una clase? ¿A una cita telefónica para hablar sobre algún asunto importante? ¿A una cita médica? Aunque ahora vivo en Estados Unidos, donde la gente es generalmente puntual, en ocasiones me toca ser víctima de los contratiempos de los impuntuales, de aquellas personas que poco les importa el tiempo de otros.

No recuerdo en qué momento de mi vida me convertí en una persona que llega a tiempo a sus compromisos. Quizá porque de chico tuve muchas citas con el dentista, y aprendí que nunca debes hacer enojar a una persona que mete cosas filosas a tu boca.

Hoy en día yo suelo llegar por lo menos 10 minutos antes a cualquier cita, y llegó con aún más antelación cuando voy a hablar ante un grupo de personas. Quizá esto refleje mi americanización o expongo un poco mi personalidad compulsiva, pero siempre preferiré llegar a tiempo.

La impuntualidad es una costumbre que debemos dejar en el pasado, junto con el uso de caballos como medio principal de transporte. No solamente es una falta de respeto para la persona que nos ha dado el privilegio de reunirse con nosotros, sino que también es una pérdida de tiempo y de dinero para todos.

¿Cuánto dinero se tira a la basura en México cada año en tiempo muerto cuando un grupo de personas está esperando a un impuntual? No es por nada que en México se dan bonos de puntualidad, como en la escuela se dan estrellitas a los niños que no faltan a clases. ¿Qué tal si mejor dieran bonos de productividad, algo que beneficiaría a todos los empleados de una compañía?

Yo tengo poca tolerancia a la impuntualidad. Y me molesta aún más cuando alguien esconde su irresponsabilidad detrás de una costumbre de orígenes desconocidos que en realidad debería darnos vergüenza. ¿Mexican time? Por favor.

Espero que el secretario de gobierno haya aprendido su lección y que sea la última vez que llegue tarde a cualquier evento, por el bien suyo y de quienes lo rodean, y por el bien de las personas que ya no tendrán que esperarlo. Será un mejor servidor público y un ejemplo a seguir para todos aquellos que insisten en ser impuntuales.

Yo en lo particular, jamás hubiera llegado tarde a un evento de hombres uniformados con armas de fuego a sus costados. Pero como hemos visto, a veces los militares son más peligrosos con sus palabras que con sus armas.

 

El apagón evocó aquella vida sin pantallas


Cuando era niño en Tijuana, los apagones eran el menor de los disturbios urbanos que ocurrían en mi querida metrópolis fronteriza.

Más miedo le tenía a las avalanchas de rocas que descendían por las calles cuando llovía excesivamente, que en ocasiones terminaban convirtiendo a los autos en lanchas. Un mayor inconveniente era cuando se iba el agua, ya que solía suceder cuando me daba un baño y justo después de aplicar champú en el cabello.

¿Pero un apagón? Ésos eran hasta divertidos.

Sacábamos velitas, contábamos historias de miedo y caminábamos por todos lados con linterna en mano, como si estuviéramos acampando.

Quizás por eso no me preocupé cuando se fue la luz el otro día en un apagón histórico de varias horas que dejó a 1.4 millones de personas sin electricidad en el Condado de San Diego, generando congestionamientos, rescates en elevadores y vuelos retrasados.

Lo primero que hice durante el apagón fue sentarme en la oficina a comer un durazno delicioso mientras escuchaba a mis colegas del trabajo especular sobre las razones de apagón. Otros actualizaban ferozmente Facebook en sus teléfonos móviles o monitoreaban Twitter obsesivamente.

Ya con mis años de reportero en el pasado, disfruté no tener que preocuparme de pasar aquella calurosa tarde llamando a autoridades malhumoradas y escribiendo notas contra reloj.

El único pensamiento que ocupaban mi mente era llegar a casa y que mis cervezas aún estuvieran frías.

Lo mejor de todo es que mi teléfono celular ya estaba bajo en baterías y sabía que pronto no tendría ni una sola pantalla que ver, ni computadoras, ni televisiones, ni cualquier otro aparato electrónico a los que tanto estamos acostumbrados. Y aparentemente no era el único que ya se estaba haciendo a la idea de pasar una tarde desconectado.

La abrupta interrupción a nuestro adictivo estilo de vida digital nos hizo a muchos darnos cuenta de que mientras nuestros aparatos nos acercan a la gente que está lejos, también suelen alejarnos de la gente que está cerca.

En mi vecindad la gente salió a socializar sin tener a Facebook como intermediario. Niños que bajo situaciones normales estarían frente a un televisor perfeccionando sus habilidades de jugar videojuegos se paseaban en bicicleta, reencontrándose con el aire fresco de un atardecer apagado.

Algunos amigos me contarían después que pasaron el día en el parque, bajo un árbol, platicando con la viejita que se sienta en el mismo banco siempre, caminando entre la vegetación o jugando futbol con extraños. Escuché historias de vecinos que tenían años viviendo juntos y que más allá de un saludo, jamás habían intercambiado palabras hasta que fueron unidos por el apagón.

En casa saqué mi guitarra acústica y me eché un desconectado con mis hijas. Sacamos limones del refrigerador oscuro e hicimos una limonada sin hielo y con agua de la llave que sabía mejor que la que venden en la feria.

Entre tanto, la televisión permanecía oscura y silenciosa en un rincón de la casa, como si estuviera castigada. Tuve suerte que tenía linternas a la mano, porque de otra forma hubiera prendido las velas del bautizo de mis hijas, que estaban diseñadas para mostrarnos el camino de la luz.

En la noche contamos historias de fantasmas, aunque temo que asusté de más a mis dos niñas pequeñas, quienes seguramente se durmieron pensando que tarde o temprano La Llorona entraría por la ventana de su cuarto.

Las calles estaban vacías y la vecindad estaba callada. Coloqué mi cabeza sobre la almohada y me dormí entre el silencio y la oscuridad. Alrededor de la una de la mañana las luces se prendieron de la misma forma abrupta en la que se habían apagado unas 10 horas antes.

San Diego tenía nuevamente luz.

Un grupo de sandieguinos idealistas creó una página de Facebook para proponer “apagones” mensuales en San Diego, para así repetir aquella experiencia que nos hizo sentirnos humanos otra vez.

Extrañé aquella vida sencilla y desconectada que teníamos en otros años, cuando no existían teléfonos móviles más poderosos que las computadoras, cuando solamente teníamos 13 canales de televisión y cuando los apagones eran el menor de los disturbios urbanos.

No me importaría si se fuera la luz otra vez.

No todos los sindicatos han perdido su camino


Los sindicatos han tenido un pésimo año.

En Wisconsin y Ohio los gobernadores conservadores firmaron leyes controversiales que limitan los derechos de los sindicatos de negociar salarios y prestaciones, un golpe durísimo para los empleados públicos de esos estados como maestros, policías y bomberos.

Esto representa un revés histórico para el movimiento de sindicatos, cuya membrecía viene en decadencia desde hace varios años. Durante esta crisis económica los sindicatos han sido acusados en lo mínimo de empeorar las finanzas de los gobiernos y contribuir a los monstruosos déficits de muchos estados.

Estas leyes anti sindicato, que aún enfrentan obstáculos legales antes de entrar en vigor, parecen ser sólo el comienzo. En las últimas semanas se han presentado más de 700 propuestas a lo largo del país con el fin de emularlas y herir de muerte al aliado más confiado de los demócratas justo antes de las elecciones presidenciales del próximo año.

Pero no todo ha sido malas noticias para los sindicatos gracias a California.
Hace unos días senadores estatales presentaron una propuesta de ley que haría más fácil que los campesinos formen un sindicato, una medida cuyo fin es limitar los abusos laborales y mejorar las condiciones de trabajo de los trabajadores más vulnerables de California. La medida ahora va a la legislatura estatal, donde se espera que pase, y después al Gobernador Jerry Brown, donde tiene probabilidades de convertirse en ley.

Esta propuesta les daría a los trabajadores del campo la opción de formar un sindicato sin primero tener que hacer una petición formal seguida por elecciones. Esto con el fin de evitar que los empleadores los intimiden durante el proceso. Para sindicalizarse simplemente tendrían que entregar cartas firmadas por la mayoría de los trabajadores a las autoridades laborales del estado.

La discusión en torno a si los sindicatos abusan de los contribuyentes no siempre es justa. Sin embargo, no es difícil ver por qué son acusados de abuso, especialmente cuando se considera las generosas pensiones que permiten que algunos miembros se jubilen a los 50 años, como es el caso en la Ciudad de San Diego.

Pero por lo menos en el caso de los trabajadores del campo, un sindicato es necesario.

Ellos trabajan en condiciones paupérrimas, y en los últimos seis años 15 campesinos han muerto de calor mientras recogían las frutas y verduras que ponemos sobre la mesa. Y eso a pesar de que existe una ley que obliga los empleadores a proveer agua, sombra y descansos.

En términos históricos, los sindicatos fueron creados justo para proteger a trabajadores de abusos así como para obtener mejores beneficios de empleadores frugales. No olvidemos que fue gracias a los sindicatos que muchos empleados hoy en día disfrutan de beneficios como dos semanas de vacaciones pagadas al año, además de días festivos y días en donde puedes ausentarte debido a una enfermedad.

Los campesinos carecen de beneficios como éstos y muchas veces son víctimas de sus empleadores.

A mí nadie me lo contó. Yo lo vi.

Recuerdo con detalle que durante los incendios forestales del 2007 en San Diego los trabajadores de campo siguieron recogiendo tomate a pesar de que estaban en una zona de evacuación y a la vista de los carros que huían del peligro. Los trabajadores no podían respirar bien, pero seguían trabajando.

Cuando le pregunté a uno por qué no se iba a casa, me contestó que su jefe les dijo que si se iban no regresarán al siguiente día porque serían reemplazados.

Este tipo de cosas no sucederían si estuvieran organizados a través de un sindicato.
Si algunos empleadores se portan así cuando hay una emergencia, ¿cómo tratan a los trabajadores cuando nadie los está viendo? Han incontables historias de abusos de todo tipo, incluyendo la intimidación de los trabajadores cada vez que quieren formar un sindicato.

Los trabajadores de campo no buscan jubilarse a los 50 años con un salario financiado por el contribuyente. Los campesinos sólo desean un salario justo y condiciones de trabajo que no peligren sus vidas.

La lucha contra los sindicatos es más política que otra cosa. Sin embargo está claro que muchos sindicatos han perdido su camino. Quizás esta lucha en California les recuerde un poco sus raíces, para que así puedan enfrentar con mayor dignidad los retos que se les espera.

La música es un regalo para toda la vida


Hace poco les anuncié a mis hijas pequeñas que tenía una sorpresa.

¿Es un juguete?, ¿un vestido de princesas?, ¿vamos a ir a Chuck E. Cheese’s?

No, respondí con una sonrisa en el rostro. Es un piano que acabo de conseguir, dije mientras giraba la cabeza de un lado a otro buscando un lugar dónde ponerlo. Las niñas respondieron con un grito de aprobación que denotaba felicidad y confusión.

Una señora mayor de edad estaba buscando un hogar para un piano viejo y me tocó ser el beneficiario de su buena humanidad. El instrumento de más de 70 años estaba despintado, desafinado y además tenía una tapa de madera caída que exponía las cuerdas del interior.

Era la oportunidad que estaba esperando para concretar mi deseo de darles a mis hijas el regalo de la música. Después de una educación universitaria, no puedo pensar en una mejor herencia que inculcar a mis hijas el amor a la música y la oportunidad de tocar un instrumento.

Quizá eso tenga que ver con que yo mismo crecí en una familia musical, y con que a lo largo de mi vida me he beneficiado tremendamente de haber aprendido a tocar música.

Mi madre fue una fiera en su insistencia de que todos sus hijos aprendieran a tocar por lo menos un instrumento, un deseo que nació en parte porque mi abuelo era un amante de la música clásica y de la ópera.

La terquedad de mi mamá superó las peleas que tuvo con mi padre para pagar por las clases de música, las cuales significaban un sacrificio económico. Su obstinación también fue mayor que mi deseo de no querer tocar un instrumento.

Recuerdo los berrinches que hacía cuando me llevaban a las clases de piano. A veces me arrastraban al estudio y yo respondía rehusándome a mover los dedos, lo que obligaba a la cancelación de la clase.

De cualquier forma aprendí a tocar piezas de grandes compositores como Beethoven y Mozart, piezas que toqué en recitales frente a mucha gente. Las clases eran un tormento que poco a poco fui disfrutando en secreto al grado que después aprendí a tocar violonchelo.

Mi madre tenía la regla de que todos deberíamos por lo menos tocar dos instrumentos.

Mi hermano mayor optó por el violín. Otro hermano tocó flauta. El otro trompeta. Y la más pequeña también violín. Con excepción de mi hermano mayor, quien hoy en día es el concertino de la Orquesta de Baja California, ninguno de los demás seguimos la carrera musical.

Pero eso no quiere decir que aprendimos música en vano. La mitad de mi adolescencia la viví tocando en un grupo de rock, algo que me mantuvo alejado de problemas. Además, tocar violonchelo fue fundamental para mis estudios universitarios ya que recibí becas para pagar la colegiatura a cambio de tocar en la orquesta.

La música ofrece muchos beneficios a los niños.

Los estudios dicen que los pequeños que saben tocar instrumentos tienden a sacar mejores calificaciones en la escuela ya que la música ayuda en el desarrollo de ciertas partes de su cerebro. También enseña disciplina porque la única manera de dominar un instrumento es a través de la práctica. Ayuda a vencer el miedo de hablar o tocar enfrente de gente y aumenta la autoestima en desarrollo. Es gratificante trazarse un objetivo, como aprender una pieza, y después tocarla. Poco a poco uno va aprendiendo a expresarse a través de la música.

Yo quiero eso para mis pequeñas.

El primer paso fue recibir este piano regalado que necesita un poco de amor para regresarlo a la vida.

Le daré una lijada, le pondré los clavos y tornillos que le faltan, le arreglaré la tapa caída para darle dignidad. Lo afinaré.

Después intentaré hacer los mismos sacrificios que hicieron mis papás para que nosotros aprendiéramos a tocar nuestros instrumentos: buscaremos a un maestro, llevaré a mis hijas a clases, me sentaré en el carro a esperar a que salgan, las escucharé practicar las mismas estrofas una y otra vez y seré su seguidor número uno en los recitales.

El piano volverá a la vida, y sobre sus teclas viejas pronto se pasearán los deditos de una niña.

Aprender inglés tiene que ver más con perder el miedo de hablar


Yo le debo mucho a las caricaturas.

Aparte de ser los superhéroes y maestros del universo que me entretuvieron por horas sin fin cuando era pequeño, fueron también mis mejores maestros de inglés.

Crecer en Tijuana en los 1980 significaba recibir al aire libre los canales en inglés de San Diego, y en contraste con mis hermanos que preferían jugar en la calle, para mí no había nada mejor que encerrarme a ver televisión.

Es algo que recordaría años después, sentado frente a una profesora en la universidad. La maestra acababa de entregar un ensayo que escribimos de tarea y me pidió que la acompañara a su despacho después de la clase.

No sabía el motivo de la cita, pero sospechaba que tenía que ver con la tarea.

“Hiram, ¿dónde estudiaste la preparatoria?”, me preguntó en un tono amable.

“En Tijuana”, contesté.

“¿Y dónde aprendiste inglés, ahí en la preparatoria?”

“En realidad no”, le contesté, “más bien viendo caricaturas cuando era niño”.

Ella sonrió, y me contestó que debía tomar más clases de inglés porque mi ensayo estaba muy por abajo del nivel de una redacción universitaria. Salí desilusionado y más consciente que nunca de que realmente nunca tuve clases formales de inglés.

En la escuela en Tijuana nos enseñaban que gato era cat y que casa era house. Para mí no había mucha diferencia entre una clase de inglés de primaria y una de preparatoria. De repente corría el riesgo de no terminar la universidad por no saber hablar bien inglés.

Habían pasado apenas unos meses desde que salí de Tijuana luego de que mis padres emigraron a los Estados Unidos por la crisis económica de los 1990. En poco tiempo pasé de ser un chico seguro de sí mismo a un estudiante tímido e inseguro que aprendió inglés viendo dibujos animados.

Podía tener una conversación en inglés y escribir frases, aunque con obvios errores ortográficos. Me daba pena equivocarme al hablar y socializaba poco con los anglosajones. Prefería asociarme con los latinos y hablar español.

Tomé más clases, hice los ejercicios y practiqué inglés con los estudiantes asiáticos, que estaban peor que yo. Pero pronto descubrí que aprender inglés tenía más que ver con vencer mis miedos que con leer un libro y repetir frases.

Hablar inglés se había convertido en el equivalente a tener una pésima voz y tener que subirse a un escenario a cantar karaoke.

Mis inseguridades eran fácilmente captadas por otros.

Notaba que mis colegas estudiantes perdían la paciencia rápidamente cuando detectaban mi acento o cuando veían que tenía dificultad comunicando algo. Era difícil hacer amigos. En las tiendas sentía que los empleados no me daban buen servicio cuando me escuchaban hablar.

Pero luego sucedió algo que cambió todo.

Un día la compañía que preparaba la comida en la cafetería universitaria prohibió que sus empleados hablaran español.

Era alrededor de 1996, cuando el ambiente antiinmigrante en California había llegado a su cúspide con la fallida proposición 187 que prohibía los servicios públicos a indocumentados.

Los empleados de la cafetería eran mis amigos. Todos los días me detenía a platicar con ellos mientras llenaba el plato de comida. Hablamos de futbol, platicábamos de lo que pasaba en México y Latinoamérica, y compartíamos nuestras experiencias como inmigrantes.

La nueva regla nos impediría hablar español.

Como miembro de la organización estudiantil MEChA decidí hacer algo.

Escribí cartas de protesta a la empresa, me reuní con el chef ejecutivo de la cafetería, con quien tuve discusiones profundas sobre el tema, y junto con otros estudiantes latinos hablé con los administradores universitarios.

La compañía de comida finalmente permitió que el español regresara a la cocina.

No fue sino hasta después que me di cuenta que no me importó equivocarme.

Levantaba la voz, movía las manos, convencía a la gente, y todo en inglés.

Había perdido el miedo de subirme al escenario y cantar karaoke.

Me pregunto cuántas personas que están aprendiendo inglés le tienen miedo al micrófono, a equivocarse, a hacer el ridículo.

Unos años después terminé los estudios y aunque mi inglés estaba lejos de ser perfecto, nunca jamás podría dejarme intimidar por mi acento o mis limitaciones.

Le doy gracias a esa maestra por mandarme a tomar clases de inglés, y a las caricaturas por entretenerme y educarme, por más extraño que suene.