En defensa de la política exterior de Obama


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A ver quién cierra los ojos primero

Dicen que es un líder mundial débil, más dispuesto a negociar que a enfrentar a los dictadores y villanos del mundo moderno. Que porque prefiere formar una coalición internacional antes de intervenir militarmente en países como Libia. Que porque prefiere sentarse y firmar acuerdos con los iraníes para que abandonen sus ambiciones nucleares, en lugar imponer más sanciones. Que porque se rehusó a comprometer al ejército estadounidense en Siria a pesar de que ese gobierno cruzó “la línea roja” y usó armas químicas contra su pueblo. Y como prueba de su debilidad actual, argumentan, que porque permitió que el presidente de Rusia, Vladimir Putin, se robara prácticamente con impunidad un pedazo de Ucrania.

Sin embargo, las mismas personas que hoy en día critican cómo Obama se maneja en el mundo son las mismas que silbaban de alegría como si estuvieran en un partido de fútbol cuando los aviones y barcos estadounidenses iban en camino a Bagdad y Kabul, dos guerras innecesarias que costaron cientos de miles de vidas y billones de dólares.

Cuando se trata de política exterior, Obama es el presidente que dijo que iba a ser: cauteloso, estratégico y calculador.

Cuando eres el líder de la única potencia mundial que queda del mundo, es importante que le tengas bien tomada la medida al gatillo, o de otra forma terminas como protagonista en guerras innecesarias.

Algo ha de valer el hecho que gastamos más en nuestra defensa nacional que las 10 potencias militares del mundo combinadas, incluyendo China, Alemania, Francia y Rusia. Algo ha de valer que gastamos más en equipar a nuestros soldados que en educar a nuestros hijos.

Nuestro ejército siempre está listo para intervenir cuando existan amenazas que realmente cuentan. El caso del anexo ilegal de Crimea a Rusia es desafortunado y antidemocrático, pero hasta ahora la respuesta estadounidense de sanciones y aislamiento político es el adecuado.

Putin siempre tuvo una ventaja innata.

Crimea es un lugar sagrado para Rusia. Ahí tiene una de sus bases navales de mayor importancia. Muchos de los residentes de la península habla ruso. De hecho, esta península pertenecía a Rusia (la Unión Soviética se la regaló a Ucrania como símbolo de amistad)

Los rusos tomaron por sorpresa al mundo con su audacia y descaro. Pero si lo que querían era que Ucrania estuviera más bajo la influencia rusa, probablemente están equivocados. Ellos ahora tendrán que vivir con el hecho de haberse robado un territorio ajeno.

Sin duda el mundo está analizando los límites de la política exterior de Obama.

Corea del Norte está tomando nota conforme continúa armando su arsenal nuclear. Los iraníes estarán calculando qué sucede si rompen los tratados que firmaron. China se pregunta qué tanto se involucrará Estados Unidos en la disputa territorial que tiene con Japón. Los sirios podrían considerar usar armas químicas otra vez. Israel y Palestina seguro están haciendo sus propios cálculos.

Estados Unidos, a lo largo de su historia, ha demostrado que sabe actuar cuando debe hacerlo. A veces es un poco tarde, como ocurrió en la Segunda Guerra Mundial. A veces es demasiado rápido, como cuando ocurrió en Irak. Pero tarde o temprano desata su poderío económico, político y militar. Los mejores presidentes son los que lo hacen en el momento adecuado.

Rusia siempre ha sido un país errático con un profundo complejo de inferioridad ante el mundo industrializado, especialmente después del colapso de la Unión Soviética. Ése es problema suyo. Estados Unidos hace bien con seguir el estilo “lento pero seguro” de Obama.

La paciencia, la planeación y el cálculo siempre serán más fuertes, por lo menos largo plazo, que la fuerza bruta de un cañón.

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Las canchas de fútbol son el frente de batalla contra padres controladores


Camila

Las niñas de entre cinco y siete años corrían por el campo con la misma coordinación que una pandilla de gatos ciegos tras un ratón astuto. El balón de futbol se estrellaba más contra sus piernas que sus piernas contra el balón.
Entre el caos estaba una niña con una playera color de rosa y calzoncillos negros parada en el centro del campo. Ella parecía estar más interesada en la impecabilidad de su cabello lacio y güero, y en el contraste de sus tacos negros y brillosos contra un césped verde oscuro y ligeramente húmedo.

Ésa era mi hija.

Titubeé por unos momentos. No sabía si reír o llorar. Si exigirle a gritos como acostumbro a hacerlo con mis compañeros de futbol cuando juego los domingos, o si era mejor guardar silencio. Decidí no decir nada ya que había otros padres de familia a mi alrededor. Me daba pena decir algo.

Sin embargo, caminaba inquieto por la línea de banda, como un ladrón nervioso en un Walmart. Un entrenador de futbol se acercó para conversar con mi esposa y conmigo, y casi inmediatamente después de presentarse comenzó a hablar sobre el “código de conducta” de los padres.

Dijo que los adultos deberíamos ser modelos a seguir y evitar comportamientos inapropiados como gritarle a los niños como si fuéramos sargentos del ejército entrenando a reclutas recién llegados a la academia. Dijo que tampoco deberíamos gritarle a los entrenadores o réferis.

Fue cuando descubrí que me encontraba en el frente de batalla contra padres obsesivos y controladores, que con mayor frecuencia comienzan peleas que terminan en los noticieros de la tarde o en videos en YouTube con millones de vistas.

Ya no es raro ver peleas entre padres de equipos opuestos en partidos de niños, incluso cuando tienen cuatro y cinco años y apenas saben patear un balón. O incluso padres que hacen justicia con sus propias manos y la aplican a los entrenadores después de un partido de futbol. A veces hasta la policía debe escoltar a los réferis después de un partido, como si fuera un juego de segunda división en un campo en la periferia de la ciudad.

El problema es tan grande que hoy en día algunas ligas obligan a los padres a tomar cursos sobre cómo comportarse en los partidos como condición para que sus hijos participen en los deportes escolares. Lo hacen para evitar agresiones contra entrenadores y réferis, y también para proteger a los pequeños.

HBO recientemente lanzó un documental titulado Trophy Kids (Niños trofeo) en el que se relata la historia de varios padres obsesionados con que sus hijos sean deportistas estrellas, y los métodos brutales y contraproducentes que utilizan para presionarlos a dar el máximo.

El documental contiene agresiones verbales de padres en público tan difíciles de creer que dan pena ajena, y de jóvenes deportistas hechos pedazos por las actitudes infantiles de sus papás, tanto dentro como fuera del campo.

Todo esto me llegó a la mente mientras escuchaba al entrenador del equipo nuevo de mi hija hablar sobre sus guidelines para padres de familia. Quizá alcanzó a ver algo en mi inquietud corporal que le decía que podía ser un problema en algún futuro, y decidió tomar la iniciativa.

No lo culpo.

Durante su primer partido me quedé con las ganas de gritarle a mi hija desde la banda para que pusiera atención al balón, que le pasaba por los lados como el tráfico le pasa a un oficial que dirige el tráfico en medio de una intersección.

Pensé en decirle que dejara de jugar con su pelo, que volteara a ver el balón y no a nosotros y que tuviera cuidado con la chica con el número ocho en la espalda del equipo contrario, que parecía que tenía la pelota pegada a sus pies.

Durante el medio tiempo decidió ir al baño y se tardó tanto que se perdió gran parte del segundo tiempo. Seguramente pasó tiempo de más viéndose en el espejo, admirando cómo lucía con el uniforme puesto. Al terminar el partido decidí quedarme callado.

Le pregunté si se había divertido. Contestó que sí.

Preferí guardarme el sermón para otro día.

Cuando se trata de legados, el apellido es lo de menos


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Mi apellido es también una salida de una autopista.

Me encanta mi apellido, Soto. Es corto, sencillo de escribir y fácil de pronunciar. Tanto así que hasta el barista menos apto para las letras y las lenguas de Starbucks pronuncia mi apellido a la perfección cada vez que mi café está listo.  

No puedo decir lo mismo de mi nombre, Irán, digo Hernán, perdón, quiero decir Iván, digo, Harim… Bueno, tú me entiendes.

He estado pensando mucho en el significado de los nombres desde que un buen amigo me contó que pensaba cambiar su apellido paterno por su apellido materno.

Resulta que, por cuestiones de las reglas machistas de nuestra sociedad, su apellido materno está en riesgo de desaparecer debido a que no hay otro varón en la familia que le dé continuidad. Él está por tener su primer hijo, y de cambiarse de apellido, su hijo podría ser la persona que reviva el apellido.

Hay algo muy noble en heredar un apellido, de pasarlo de generación a generación, como si fuera un objeto en una carrera de relevos. Podría ser fascinante imaginarse que un bisnieto algún día desempolve una caja adentro del baúl más viejo de la casa, guardado en la esquina más oscura del sótano y se encuentre con fotos y documentos de ancestros con el mismo apellido. Quizá se encuentren con el nombre de uno, y le pregunten a alguien si alguna vez nos conoció, como éramos, qué pensábamos, qué hicimos de nuestra vida.

Hace tiempo, sin embargo, empecé a cuestionar el lazo entre los apellidos y los legados. En parte porque soy padre de tres hijas, y sé que el apellido Soto tarde o temprano desaparecerá de su linaje familiar. Ellas, cuando se casen, seguramente terminarán dándole continuidad a otros apellidos como Smith, Sadowsky o Sánchez.

Quizás fue un método de autodefensa existencial, pero dejó de importarme mi apellido. En parte porque mi abuelo materno, a quien nunca conocí, y del cual no llevo su apellido, fue una de las personas que mayor impacto tuvieron en mi vida. Era una persona culta que alguna vez fue periodista y que tenía una gran apreciación por la música. Él le inculcó el amor a la música a mi mamá, y ella nos inculcó la música a mí y a mis hermanos a través de clases de piano, flauta, violín, violonchelo y trompeta.

Podría decir que cambió la trayectoria de nuestra familia, porque la música es parte indispensable de nuestras vidas. Mi hermano mayor, por ejemplo, es el concertino de la Orquesta de Baja California. Yo, por mi parte, me cuelgo la guitarra casi diario y me aviento unas dos o tres canciones a pulmón abierto, como si en verdad quisiera ganarme la propina. Mis hijas, por cierto, están en clases de música.

Una vez que me convertí en padre descubrí que más que el apellido, nuestro verdadero legado está en los valores que les pasamos a nuestros hijos y en los buenos hábitos que les ayudamos a cultivar. Nuestro legado se pasa momento a momento; en la forma en que los tratamos, si les tenemos paciencia o si perdemos la cabeza, si les hablamos golpeado o suavemente, si los disciplinamos o los dejamos hacer lo que quieran, si les inculcamos un amor por las artes, un deseo de superación tanto académico como personal.

A final de cuentas, ellas van a encontrar parejas con esos mismos tipos de valores con quien buscarán formar una familia. De la misma forma que los tratamos nosotros ellos tratarán a nuestros nietos, y el círculo se repite con los nietos, los bisnietos, etcétera.

Quizás uno de esos bisnietos algún día desempolve una caja adentro del baúl más viejo de la casa, guardado en la esquina más oscura del sótano, y se encuentre con fotos y documentos de sus ancestros, de un tipo que se llamaba Irán, Hernán, Iván, Harim o Hiram o algo así. Quizás se entretenga unos minutos, pero para entonces nada de eso importará. Quizás cuando termine subirá las escaleras y se irá a su sala, donde sacará su instrumento y se pondrá a practicar, aunque sea por unos momentos.