El ‘Chapo’ da para 59 películas, 6 novelas y 301 narcocorridos


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Jack Black es otro candidato para el papel del Chapo.

Mientras aún nos hacíamos la idea de que Joaquín El Chapo Guzmán, el líder del Cartel de Sinaloa, estaba finalmente tras las rejas, Entertainment Weekly hacia una encuesta en su sitio web sobre quién podría protagonizar en una película al capo más poderoso del mundo.

¿Benicio Del Toro? ¿Demián Bichir? ¿Diego Luna?

Todos son excelentes candidatos, aunque tengo una ligera preferencia por Del Toro, quien hizo un muy buen papel en Traffic, donde interpretó a un policía que hace un trato con la DEA para desenmascarar a oficiales mexicanos de alto rango inmiscuidos en el narcotráfico.

Hollywood es lo primero que me viene a la mente cuando pienso en Joaquín “El Chapo” Guzmán, quien fue arrestado la semana pasada por soldados de la marina mexicana en un edificio de departamentos en Mazatlán, Sinaloa.

No es por trivializar el tema, pero esta es una película que ya vimos: las autoridades arrestan, matan o dan con un narcotraficante de alto rango (véase Pablo Escobar, Amado Carrillo Fuentes, Ramón Arellano Félix, los hermanos Beltrán Leyva, etc.), pero el flujo de drogas jamás se interrumpe.

Los productores siguen cultivando o procesando droga, los distribuidores siguen transportándola de un lugar a otro a escondidas y los chicos en las esquinas de las calles de Los Ángeles, Chicago y Nueva York siguen vendiéndola en bolsas de plástico diseñadas para conservar la frescura de un sándwich. Por su parte, las células de los carteles continúan con sus campañas de extorsión, secuestro, asesinatos, corrupción y tráfico de drogas.

En otras palabras, para lo único que sirven estos arrestos es para darle un poco de entretenimiento a nuestras vidas aburridas. Y qué mejor que un personaje como Joaquín El Chapo Guzmán, quien escapó de una prisión hace más de 13 años en un carrito de ropa sucia.

Un guionista talentoso de Hollywood podría hacer una película solamente sobre su fuga de una prisión de máxima seguridad en México, y sobre los niveles de corrupción en los diferentes niveles del gobierno mexicano que permitieron que se escapara.

La revista de televisión, 60 Minutes, por ejemplo, podría hacer un documental sobre las narco modelo de México, incluyendo la esposa de Guzmán, Emma Coronel, quien fue una reina de belleza local en Sinaloa. CNN podría salir con un programa de una hora en donde se detalle con gráficas sofisticadas al estilo Osama bin Laden los túneles que conectaban las siete propiedades de Guzmán, los cuales utilizó para escapar por lo menos una vez de las autoridades mexicanas en Culiacán.

Algún hijo de Guzmán podría publicar un libro sobre la experiencia de ser el hijo del mítico capo mexicano, de la misma forma que Juan Pablo Escobar hizo el documental Pecados de mi padre sobre el mítico y desaparecido narcotraficante colombiano Pablo Escobar.

Univisión el mes pasado anunció la compra de los derechos de transmisión de una serie de televisión llamada El varón de la droga, que se inspira en la vida de Guzmán para darle competencia a Telemundo y a su exitosa telenovela La reina del Sur con Kate del Castillo.

Yo no soy mucho de películas, de Hollywood y de todo eso, pero consideraría seriamente la invitación a un rol en alguna de estas películas, digo, por si algún guionista está leyendo esto.

Me gustaría, por ejemplo, ser uno de los soldados de la marina que aparecen con el rostro tapado mientras suben a Guzmán a un helicóptero militar, pero no el que lo agarra del cuello porque no quiero ser el blanco de represalias. Siempre me ha gustado la idea de portar un uniforme y tener un arma larga, como en las películas de acción, especialmente cuando hay un helicóptero cerca.

Pero quizá sea mejor dejarles ese trabajo a los actores profesionales. No sé tú, pero Benicio Del Toro podría sacarse un Óscar. Sería justo dado que se lo robaron con Traffic.

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EU debe recibir a más periodistas exiliados


En México, los periodistas deberían escribir en tinta roja color sangre.

Sería una protesta apropiada en honor a las docenas de reporteros que han sido asesinados a sangre fría en los últimos años como resultado de la guerra contra los carteles de las drogas.

Por si fuera poca la impunidad con la que operan los agresores, que podrían ser tanto narcotraficantes como las mismas autoridades, los periodistas que buscan refugio al norte tienen que enfrentarse con un gran obstáculo: las pocas oportunidades de asilo político que hay en los Estados Unidos.

Desde que el gobierno de Felipe Calderón lanzó su guerra impulsiva y no planeada contra los carteles de las drogas, unos 50 periodistas han sido asesinados en México. Otros tantos fueron secuestrados, torturados e intimidados simplemente por ser los mensajeros de las malas noticias. Esta misma semana un columnista en Veracruz fue asesinado junto con su esposa e hijo cuando dormían en su casa, mientras que en ese mismo estado las autoridades encontraron el cuerpo de otro periodista que había desaparecido. A principios del mes un editor de noticias fue secuestrado en Acapulco.

A pesar de esto, solamente a un periodista, Jorge Luis Aguirre, del portal de noticias LaPolaka.com de Ciudad Juárez, le ha sido otorgado el asilo político en los Estados Unidos.

El tema del asilo político tomó fuerza hace unos días durante el congreso anual de la Asociación Nacional de Periodistas Hispanos que se celebró en la ciudad de Orlando, Florida. Fue ahí donde tres periodistas que buscan asilo político en este país recibieron un reconocimiento por su trabajo.

Ellos son Emilio Gutiérrez Soto, un reportero de Ciudad Juárez que recibió incontables amenazas después de investigar abusos por parte del ejército; Ricardo Chávez, conductor de un programa de radio que huyó de Ciudad Juárez luego del asesinato de dos de sus sobrinos; y Alejandro Hernández, un camarógrafo de televisión que fue secuestrado en Durango.

Para Gutiérrez ya han pasado alrededor de tres años desde que solicitó asilo político, mientras que Chávez tiene desde el 2009 que cruzó la frontera. Hernández, el camarógrafo, llegó a los Estados Unidos en octubre del año pasado.

Mientras sus casos son analizados por las autoridades estadounidenses, estos reporteros viven en el limbo; no pueden trabajar para alimentar a sus familias, ya sea porque no pueden encontrar trabajo o porque no tienen autorización para hacerlo, y tampoco pueden regresar a México por miedo de sufrir represalias.

“Salimos de nuestros países sufriendo y sin nada”, dijo Chávez, quien continúa transmitiendo su irreverente programa de radio sobre los asesinatos en Ciudad Juárez, pero desde la relativa seguridad de El Paso, Texas.

Ha llegado el momento para los Estados Unidos de asumir la responsabilidad que le corresponde como el consumidor de las drogas que pasan por México y otorgar más asilos políticos a periodistas y a otras víctimas de esta guerra.

Finalmente, el periodismo es el guardián de la democracia y la libertad, valores que Estados Unidos propaga por el mundo.

México es uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo. Y no estamos hablando necesariamente de periodismo de investigación en donde se exponen a políticos de alto rango ligados al crimen organizado. Muchos medios de comunicación han dejado de hacer eso desde hace mucho tiempo, con claras excepciones como el semanario Zeta de Tijuana o la revistaProceso.

Hoy en día, sin embargo, la situación es tal que muchos periodistas son agredidos simplemente por reportar cuántas personas murieron en un tiroteo y cuáles eran sus nombres. Es decir, información que a veces va un poco más allá de un boletín de prensa.

“Lo que más les duele a los narcos es que reportes los nombres de los muertos o de los involucrados porque ellos viven en el anonimato”, dijo Chávez. “No hay algo que los haga enojar más”.

El primer paso para ganar esta guerra es una prensa libre que pueda ejercer su función como el guardián de la democracia en México que tenga la capacidad de exponer asesinatos, casos de corrupción y abusos a los derechos humanos por parte del gobierno.

No olvidemos que toda esta sangre se ha derramado porque los consumidores en los Estados Unidos esperan con ansiedad las drogas que pasan por México. Lo mínimo que puede hacer este país es abrir sus puertas y arropar a quienes huyen de un problema que los Estados Unidos ayudó a regenerar.

La guerra contra el narco se perdió antes de que empezara


Como en una película de horror, los muertos están saliendo de la tierra en México.

Cada cuerpo que extraen las autoridades de fosas clandestinas en Tamaulipas, hasta ahora unos 217 posibles inmigrantes que iban rumbo a los Estados Unidos, son un recordatorio de que la guerra contra el narcotráfico en México ha sido nada menos que un desastre de monumentales proporciones.

Poco importa que las autoridades hayan arrestado a unas 45 personas supuestamente vinculadas a estos asesinatos a sangre fría, incluyendo al posible autor intelectual, Martín Omar Estrada El Kilo, un cabecilla del grupo de los Zetas. La historia nos dice que el impacto de este tipo de arrestos en la guerra contra el narcotráfico es efímero y superficial; justito detrás de los detenidos siempre hay otro grupo de personas listo para ocupar su lugar y repetir, y hasta abatir, cualquier récord de brutalidad.

Los inmigrantes mexicanos y extranjeros que pasan por México rumbo a los Estados Unidos son sólo las últimas víctimas de esta guerra mal pensada que desde el principio estaba destinada al fracaso. Esto está claro hoy más que nunca desde que el presidente mexicano Felipe Calderón inició hace cinco años una ofensiva militar que ha costado la vida a más de 34 mil personas y ha aterrorizado a todo un país.

Hay quienes acusan a Calderón y a su gobierno de usar la guerra contra el narcotráfico para fortalecer su debilitado estatus político, o para distraer a las masas mexicanas de problemas crónicos como la pobreza, la falta de oportunidades, la crisis económica y la inseguridad.

Si su intención era verdaderamente acabar con el narcotráfico en México, entonces su guerra la perdió desde un principio al carecer de los recursos, la planeación y la estrategia necesaria.

Está claro que los políticos que lanzaron esta ofensiva no tenían idea de en qué se estaban metiendo, nunca imaginaron los efectos de sus decisiones, las muertes colaterales, los asesinatos de periodistas, políticos y oficiales.

Todo lo que ha pasado hasta ahora muestra un gran distanciamiento entre sus objetivos y lo que está pasando en todos los frentes:

El tráfico de drogas ha aumentado.

El dominio y poder de los narcotraficantes se ha extendido a las zonas rurales.

Las extorsiones y los asesinatos siguen en aumento.

El consumo de drogas en México ha subido.

En los Estados Unidos se siguen consumiendo drogas mexicanas manchadas de sangre.

Y cada vez surgen nuevos efectos colaterales, como los ataques contra inmigrantes y también en este caso la incapacidad del gobierno de hacer algo al respecto.

La Comisión de Derechos Humanos de México declaró hace unos días que más de la mitad de los estados de México, 16, representan un peligro para los inmigrantes. Los secuestros, extorsiones y violaciones siempre han sido obstáculos para llegar a los Estados Unidos. Ahora los narcotraficantes se suman a la lista de peligros.

Todo esto representa los efectos de hacer las cosas sin pensar.

Me hubiera gustado escuchar la conversación cuando se decidió empezar esta guerra absurda: ¿Acaso no consideraron que las fuerzas policiacas no estaban preparadas para enfrentar este reto, y que es difícil o imposible ganar una guerra así cuando oficiales del orden público y hasta políticos están incluso del lado del crimen organizado? ¿A nadie en el gobierno se le ocurrió que una guerra contra el narcotráfico es una guerra perdida siempre y cuando continúe el consumo de drogas en los Estados Unidos?

Los narcotraficantes no se ven debilitados.

Al contrario, se ven fortalecidos. Su negocio es más lucrativo que nunca, y gracias a la cercanía con los Estados Unidos, siempre habrá armas disponibles capaces de repelar una ofensiva como la que lidera Calderón.

Ahora el gobierno tendrá que pensar en una manera de salir de esta situación, y hacerlo desde una posición más debilitada que antes de que empezara.

Ganar no parece ser algo factible. Salir de esta guerra debería ser el nuevo objetivo, y reconocer que siempre habrá narcotraficantes mientras que en los Estados Unidos haya consumidores.

Mientras tanto seguiremos atrapados en un ciclo vicioso de drogas, sangre y traición, atrapados en una película de terror, donde los muertos se resisten a ser olvidados en un hoyo en la tierra.