Dejar Tijuana no fue fácil


Por Hiram Soto

Hace 15 años empaqué mis maletas y dejé Tijuana.

La casa donde crecí ya no tenía muebles, con excepción de una cama inflable donde dormía. Los cuartos de mis hermanos estaban vacíos, esperando la llegada de otra familia. La cocina estaba silenciosa y fría, como una fábrica abandonada.

La crisis económica había obligado a mis padres a dejar su vida atrás y emigrar a San Diego, como muchas familias lo han hecho hoy escapando la violencia y el narcotráfico. Yo era el único que se rehusaba a dar el paso al norte, por más cerca que estuviera de Tijuana.

Siempre me había gustado vivir ahí, aunque para muchos era sólo una ciudad de paso, un lugar extraño que tenía poco de México, un depósito de carros viejos del “otro lado”. Yo prosperaba en el caos ordenado de la ciudad, donde operaba básicamente bajo una regla: no meterse con los narcos.

Mis padres habían hecho el sacrificio de inscribirnos en escuelas privadas, y coincidentemente compartí escritorios con la primera generación de los llamados narco juniors, o hijos de gente adinerada cuya única aspiración era convertirse en narcotraficantes.

Era la época en que el cartel de los hermanos Arellano Félix estaba en ascenso, y en donde lo último que esperaban estos padres ricos de los narco juniors era que sus hijos movieran droga y mataran gente. Eso era algo que hacía la gente de pocos recursos que buscaban un camino rápido a la riqueza. Nunca se dieron cuenta de que sus hijos también buscaban fama y respeto, como cualquier otro adolescente.

Las lecciones eran severas para quienes no respetaban esta regla.

Un pleito a golpes en la escuela o una fiesta podía terminar a balazos, como sucedió con varios amigos o conocidos. O peor aún, podía culminar en una desaparición. No sabías con quién te metías, no sabías qué podía enfurecer a un joven armado con mucho que probar. Por eso era importante evitar problemas, aunque a veces los problemas lo encontraban a uno.

Un día me tocó agarrarme a golpes, y para mi mala fortuna mi contrincante era un aspirante a narco que andaba buscando probarse. Nunca supe con certeza qué tipo de peligro corría mi vida, pero recibí amenazas por varios días. Llegaba tarde a la preparatoria y me iba temprano, o al revés. Durante la hora del receso no salía del salón. Me encerré en mi casa por varias semanas.

Fue durante ese tiempo que el inseparable amigo de mi hermano menor había desaparecido junto con otro muchacho. Todos sabíamos que le pudo haber tocado a mi hermano si hubiera andado con ellos. Nunca se supo más de estos chicos.

A pesar de que esta violencia naciente era tan sólo un preludio a la brutalidad que veríamos años después, Tijuana para mí no era sinónimo de narcotráfico; era simplemente una ciudad situada accidentalmente a un lado del país más poderoso del mundo. Aún con los problemas que siempre ha tenido, me sentía seguro caminando sus calles y manejando sus boulevards, y aún lo siento así. Disfrutaba el ritmo frenético de la ciudad. Tenía una novia, una banda de rock y muchos amigos. Al otro lado, sin embargo, no era nadie y no tenía nada.

Resentía que cuando cruzábamos a San Diego teníamos que ponernos los cinturones de seguridad, y me impresionaba cómo nos convertíamos en gente ordenada y cumplidora de la ley.

No entendía por qué en las zonas residenciales de San Diego rara vez había gente en la calle. En Tijuana parecía que siempre había alguien haciendo algo en cada esquina de la ciudad. Mi madre solía bromear que al principio las noches eran tan silenciosas de este lado que le costaba trabajo dormir.

Finalmente hice las paces con el destino y un día cruce la frontera con mis maletas y me uní a mi familia. Me convertí en un inmigrante más que tomaba la decisión de dejar a un país pobre por uno más rico, y por momentos me sentía como que me vendí al mejor postor.

Unos meses después recibiría un paquete en el correo de la Universidad de Redlands, una escuela cerca de San Bernardino, informándome que aceptaban mi solicitud para estudiar ahí.

Pronto tendría que empacar mis maletas una vez más y empezar uno de los retos más grandes de mi vida: ir a una universidad en Estados Unidos sin realmente saber escribir o hablar inglés.

Tijuana parecía más lejana que nunca.

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