Why I Am Not Afraid of Getting a Pat-Down


By Hiram Soto

I’ll be getting on a plane in the next few days, but I feel that something is wrong with me.

For some reason I’m not afraid of getting a pat-down at the airport.

From what I’ve been seeing in the news lately, federal officials have been touching passengers’ inner thighs, waistlines and even in between and around women’s breasts. Following the logic of this media narrative, I’m next.

Coincidentally enough this controversy started at the San Diego International Airport, where I plan to board my flight. An Oceanside resident named John Tyner declined to go through the airport’s body scanners and also refused to be patted down. The confrontation with officials was recorded on his cell phone and it didn’t take long before the video went viral.

“If you touch my junk I’m going to have you arrested,” was the now famous line from the video.

The ACLU sent out a release saying that it had received hundreds of complaints from passengers who were “humiliated and traumatized” when they felt the hands of a stranger touching their bodies.

Perhaps I’m not afraid of getting a pat-down because 99% of passengers go through security without getting one. Or maybe it’s because I’m not afraid of a little physical contact, even if it’s from a stranger.

One of the first cultural lessons I learned when I came to the United States 15 years ago was that many people here, primarily Anglos, just don’t like to be touched. That is, unless they’re falling and you grab them halfway to the floor.

It was a big contrast to Mexico where I was used to shaking hands with strangers, kissing women on the cheek and doing the traditional shake hands-hug-shake hands Mexican greeting.

But I quickly realized that over here you rarely shake hands, unless you’re closing a deal on a new car. In that case, I’ve never seen anybody who wanted to shake my hand more.

I also learned that you don’t kiss women in the cheek when you say hello or goodbye, especially if their boyfriends are there. It’s just awkward and borderline dangerous. It was here that I first learned the concept of “personal space.” People protect it like a country protects its national airspace.

In other words, the complete opposite of what goes on in my family, where the best way to get someone’s attention is by touching them lightly in the arm if you’re standing up, or leg if you’re sitting down.

I’m used to being surprised by someone giving me a light massage on my shoulders for a second or two. It is not uncommon for me to be walking with someone with my hand over their shoulder. I always kiss women on the cheek when I say goodbye, even if they’re wearing lots of makeup and perfume, which is not as attractive as women think.

About a year ago a Nigerian man named Umar Farouk Abdulmutallab decided to place explosives in his underwear and tried to blow up a plane midflight. He would have gotten away with it if it wasn’t for the vigilance and heroism of nearby passengers.

That was the catalyst for the new security measures at the country’s airports.

Ideologues on the left complain their civil rights are being violated. Ideologues on the right, always obsessed of government meddling in their lives, can now complain about government fondling on their bodies.

Perhaps they would feel better if they spent a few days in Latin America, where I’m sure they’ll quickly realize that physical contact is not all that bad. Or maybe they can spend a few carnes asadas with a Latino family and rediscover the power of human touch.

I do have some beef with airline travel, though.

The seats in the plane seem to be getting smaller. Or maybe people are getting bigger. Or both. I don’t like the fact that I have to pay more just to bring my luggage, or that I have to pay extra to get a bite to eat while we we’re flying.

But the thing that bothers me the most is the thought that another lunatic like Abdulmutallab is constantly looking for ways to blow up an airliner midair.

That’s scary.

More so than a pat-down.

La longevidad de los latinos no debe ser tan sorprendente


Por Hiram Soto

Hace poco recibí un correo electrónico de un amigo anglosajón que tiene una manía de mandarme artículos interesantes sobre temas relacionados con los latinos, siempre acompañados de algún comentario cómico o sarcástico.

Ese día se había dado a conocer un estudio gubernamental sobre la llamada paradoja hispana: que los latinos que viven en los Estados Unidos, a pesar de sus bajos niveles de ingresos y educación, viven casi tres años más que el resto de la población.

“Ahora los latinos tienen una razón más para quedarse en los Estados Unidos”, decía el comentario de mi amigo con su típica dosis de sarcasmo.

Los científicos tienen años tratando de explicar este fenómeno.

¿Cómo es posible, se preguntan, que los latinos vivan más a pesar de que muchos no tienen seguro médico, van al doctor con menor frecuencia y reciben menos cuidado médico cuando se enferman? Las mujeres hispanas embarazadas reciben menos cuidados prenatales pero a la vez registran menores niveles de mortandad infantil que otros grupos.

Y a pesar de todo, los latinos viven en promedio 80.6 años, comparado con 77.7 del resto del país. Los hispanos incluso viven casi ocho años más que los afroamericanos, un grupo con el que comparten muchas similitudes en términos de pobreza.

Una teoría es que muchos latinos regresan a sus países de origen durante los últimos meses de sus vidas, lo cual empaña este estudio que se basa en certificados de defunción. Otra es que los estudios que han llegado a esta conclusión, que son varios, están equivocados. Otra más es que la longevidad de latinos pudiera deberse a sus lazos familiares y sociales.

Aunque no soy científico, yo quisiera añadir mi propia teoría sobre por qué los latinos somos más longevos.

Quizá nos enfermamos menos porque con dos o tres trabajos y una familia grande, hay poco tiempo para enfermarse. Quizá vamos con menor frecuencia el médico no tanto porque no tengamos seguro médico, sino por temor a que el doctor nos encuentre algo que cueste demasiado dinero tratar.

Tenemos brazos fuertes acostumbrados a cargar costales de cemento o a manejar maquinaria pesada.

Nuestras rodillas son de fierro de tanta loseta y alfombra que hemos instalado. Nuestros hombros tienen una gran flexibilidad por la cantidad de carros que hemos lavado.

Las piernas de algunos de nosotros han subido y bajado montañas, o recorrido largas distancias en el desierto, abriéndose paso hacia el norte. Caminamos y corremos más, no necesariamente por recreación, sino porque se nos va el camión.

Nuestros cuerpos, impuestos al constante movimiento, al parecer se rehúsan a la eterna inmovilidad de un ataúd.

De niños fortalecemos nuestros sistemas inmunológicos exponiéndolos a todo tipo de microbios y bacterias. Tenemos estómagos fuertes que sobrevivieron las taquerías más antihigiénicas de la ciudad, en las que siempre hubo duda si era carne de res lo que servían.

Vivimos más porque un plato de carne, arroz y frijoles es mejor que un macaroni and cheese, porque a veces es más saludable tener menos comida que tener comida de más, especialmente la que viene en cajitas.

De viejos, sabemos que tenemos altas probabilidades de vivir en la casa de nuestros hijos en lugar de desaparecer lentamente en un asilo de ancianos. Quizá la cama esté en la cochera, pero por lo menos estamos cerca de la familia, para bien o para mal.

Me agrada mucho saber que pudiera tener más años para disfrutar a mis padres, así como más años para disfrutar de mi esposa y mis hijas. ¡Tres años es mucho tiempo!

Tardé unos días en contestarle a mi amigo el anglosajón.

Hemos tenido una muy buena relación a lo largo de los años, siempre bromeando sobre cuestiones como la raza y la etnia. Lo conocí cuando recién emigré a los Estados Unidos, y para mí él siempre ha sido el gringo más gringo que he conocido. Y seguramente yo he sido el mexicano más mexicano que él ha conocido.

Le agradecí por mandarme el artículo que tanto me hizo reflexionar, y me despedí diciéndole: qué buena onda que voy a vivir más que tú.

Políticos anti-inmigrantes regresan al poder en Escondido


Por Hiram Soto

En Escondido, las elecciones han dejado una sensación que oscila entre el suspenso y el déjà vu.

Mientras que el resto del país deja atrás una campaña electoral que culminó en el resurgimiento del Partido Republicano, en el norte del Condado de San Diego aún no terminan de contar las boletas.

Sólo unos cuantos votos separan al ex regidor Ed Gallo de retomar su viejo puesto en el concilio de esta ciudad famosa por sus retenes policiacos y ordenanzas antiinmigrantes. A principios de esta semana, Gallo estaba 33 votos por encima de su contrincante, la alcaldesa Lori Holt Pfeiler.

De ganar, Gallo se uniría a la regidora Marie Waldron y al recién elegido alcalde Sam Abed, completando así el regreso al poder del trío de funcionarios responsable de hacerle la vida de cuadritos a la comunidad latina.

Fueron estos tres quienes en 2006 impulsaron una ordenanza que hubiera prohibido a propietarios rentar viviendas a inmigrantes indocumentados, entre otras medidas controversiales.

Es difícil predecir cómo este trío utilizaría su mayoría en el concilio en cuanto al tema de la inmigración ilegal. Abed en campaña atacó a su contrincante Dick Daniels por no tener una postura suficientemente dura contra la inmigración ilegal.

Pero algunos ya están imaginándose un futuro complicado para la comunidad latina, que irónicamente este año se convirtió en el grupo mayoritario de la ciudad.

“Los siguientes dos años van a ser de dar miedo para todos los latinos, no sólo para los inmigrantes indocumentados”, dijo Carmen Miranda, quien junto con otros seis candidatos se postuló sin éxito para una de las dos plazas disponibles en el concilio.

Algunos observadores políticos concluyeron que los candidatos más moderados como Pfeiler fueron afectados negativamente por la gran cantidad de personas que se postularon al puesto y que terminaron diluyendo el voto progresista. Otros dicen que este trío se benefició de la ola conservadora que salió en grandes números a votar por candidatos republicanos a lo largo del país.

Yo sospecho que los dos fueron factores importantes.

Sin embargo, debo preguntarme lo siguiente: ¿cómo es posible que los integrantes del grupo mayoritario de una ciudad no pueda elegir candidatos que simpaticen con ellos? Con los grandes números que representa la población latina en Escondido, los candidatos deberían estar compitiendo con intensidad por resolver sus problemas, no por atacarlos.

Pero de nuevo regresamos al viejo problema de que los latinos no votan.

La situación en Escondido es tan sólo un ejemplo más de que el voto importa y que además puede tener un gran impacto, especialmente en elecciones cerradas.

Espero que esté leyendo ese latino residente de Escondido que por flojera, desidia o indiferencia decidió quedarse en casa el día de las elecciones. Aunque tengo que ser sincero conmigo mismo: si no votó, seguramente tampoco estará leyendo el periódico. Si tú conoces a esta persona, por favor pásale el periódico y dile que me mande un correo electrónico. O mejor aun, dile que me hable. Me gustaría escuchar su argumento para no votar.

Mientras tanto, el regreso de Gallo no está firmado pero parece ser inminente.

A principios de esta semana, el Registro de Votantes aún estaba contando unas 80 mil boletas a lo largo del condado que fueron enviadas por correo o entregadas en sobres el día de la elección. Se especula que unas tres mil son de votantes en Escondido.

Aunque 33 votos pudieran parecer pocos, Pfeiler ya felicitó a Gallo y ha dicho que de confirmarse su derrota no solicitaría un recuento de votos. En parte no la culpo. A mí tampoco me gustaría tener colegas tercos y de mente cerrada como Abed o Waldron.

Gallo, por su parte, regresaría al concilio luego de haber sido derrotado por Olga Díaz en 2008. Díaz ganó su puesto precisamente protestando contra las redadas policiacas y las ordenanzas antiinmigrantes.

Miranda, por su parte, espera regresar como candidata en dos años. Y espera que para entonces la comunidad latina finalmente demuestre su poderío en las urnas, que como en muchas partes del país es sólo cuestión de tiempo.

“Espero que nos unamos y nos hagamos más poderosos. No es justo que nosotros como ciudadanos estadounidenses seamos tratados como ciudadanos de segunda clase en nuestro propio país. Los latinos necesitan entender que necesitamos ser parte del proceso político si queremos ser tratados bien.”

Los papás y los niños se pelean por el nuevo juguete del hogar: el iPhone


Por Hiram Soto

Compartir es algo que trato de enseñarles a mis hijas.

Quisiera decir que lo hago porque compartir es un valor que nos ayuda a todos a ser mejores seres humanos. Pero la verdad es que tengo un motivo oculto: los niños que comparten pasan menos tiempo peleándose, gritando y haciendo berrinches, y eso me da tranquilidad.

El asunto es que ahora soy yo el que frecuentemente hace berrinches. Y todo por un aparatito que recientemente llego a casa: mi iPhone.

Esta mini computadora disfrazada de teléfono se ha convertido en el juguete más deseado en mi casa. Sus juegos y funciones vanguardistas tienen enajenado tanto a mis hijas como a mí, lo cual ha desatado una feroz competencia por tenerlo en la mano.

La batalla la he ido perdiendo poco a poco.

Al principio no dejaba que mis hijas se acercaran al teléfono, especialmente después de haber desembolsado más de 400 dólares para adquirirlo (el teléfono cuesta 200 con un contrato nuevo de dos años o el doble si eres como yo, y en un berrinche de gente grande decides romper tu contrato anterior).

Pero ahora ellas son parte dueñas de este juguete caro y frágil de papá.

Para mis hijas, la contraseña para acceder las funciones del teléfono fue tan sólo una pequeña inconveniencia en su misión de adueñarse del aparato. No solamente la aprendieron rápidamente observándome, sino que ahora la teclean más rápido que yo.

Con cada vez mayor frecuencia, los urgentes correos electrónicos del trabajo toman un segundo lugar tras el juego de un chango que devora plátanos o del maldito juego de estimulación de memoria que seguramente ayudó a mis hijas a grabarse mi contraseña.

Algunos papás incluso han sucumbido a la terquedad de sus hijos y ahora son ellos los que piden permiso: “¿Me lo prestas un poquitito? Nada más por cinco minutos. Por favor. Ahora mismo te lo regreso.”

Como otros padres con teléfonos inteligentes como Droids o Blackberrys, yo fui el causante de mi situación.

Más de una vez utilicé el teléfono para distraer o aplacar a mis pequeñas. Descubrí que ceder el teléfono trae paz y tranquilidad, en particular cuando estoy atorado en el tráfico o cuando en casa quiero ver por lo menos la mitad de un partido de fútbol.

Pero he conocido a padres que les ha salido caro el trueque.

El hijo de cuatro años de mi cuñado, haciendo un berrinche, lanzó el teléfono de un lado al otro de la sala, estrellando en mil pedazos su delicada pantalla. Ha habido casos de niños en edad preescolar que se sienten tan dueños de los teléfonos que los esconden de sus padres.

El periódico New York Times recientemente escribió un reportaje sobre el uso de iPhones por niños pequeños en donde expuso las diferentes filosofías que tienen los padres sobre el uso de este teléfono maravilla.

Unos papás se rehusaban a prestar sus teléfonos a sus hijos argumentando que limita su capacidad de jugar de una manera creativa. Otros papás dicen que es igualmente fácil distraer a un niño en edad preescolar con un libro, y que no hay necesidad de compartir su iPhone.

El debate también ha llegado a los círculos académicos, y por lo menos una educadora ha dicho que incluso los juegos más educativos del iPhone carecen de las propiedades para ayudar en el desarrollo del cerebro de un niño en edad preescolar.

“Los niños a esa edad necesitan movimientos corporales enteros, la manipulación de muchos objetos y no el uso de una tecnología opaca”, dijo la sicóloga Jane Healy al New York Times. “No están aprendiendo a leer si saben alinear las letras para escribir ‘gato’. Aprendes a leer entendiendo el idioma y escuchando”.

Yo concuerdo con ella, especialmente en cuanto al movimiento de sus cuerpos pequeños. Los niños deben hacer ejercicio, andar en bicicleta, jugar a las escondidas, que les pegue el sol, que jueguen con otros niños, que salgan al parque.

Además hacer ejercicio fomenta el desarrollo físico y mental, y es algo que voy enfatizar en mi casa de ahora en adelante.

De esta forma tendré niñas que sepan compartir, que les guste hacer ejercicio, y que a la vez dejen en paz el teléfono de papá.

Un voto muy dudoso por Jerry Brown


Por Hiram Soto

Querido Jerry Brown,

Es muy poco lo que yo puedo hacer para resolver los problemas de California, como su elevada tasa de desempleo, los constantes recortes a los servicios estatales debido al eterno déficit, y la falta de recursos para escuelas públicas.

Lo que sí puedo hacer es votar, y el martes me toca emitir mi voto.

Pero no puedo decir que estoy emocionado de ir a las urnas, algo raro para alguien como yo que suele vivir con intensidad todas las temporadas de elecciones.

Sospecho que parte del desencanto tiene que ver con el mal sabor de boca que han dejado los últimos tres gobernadores.
Arnold Schwarzenegger dejará el estado en peores condiciones que cuando llegó: con un déficit multimillonario y encima de eso, en una profunda recesión. Su antecesor, Gray Davis, fue destituido por el electorado por incompetente. Y Pete Wilson, bueno, mejor no hablemos de él.

Pero gran parte del desencanto se debe a los candidatos que tenemos para escoger: usted, un ex gobernador demócrata, y su contrincante, la republicana Meg Whitman.

Ella sonaba muy bien al principio: una empresaria exitosa de una compañía innovadora de internet con hartas ganas de cambiar las cosas. Pero conforme fue progresando su campaña por la gubernatura, la más cara en la historia, se fue haciendo cada vez más claro que algo no estaba bien con esta candidata.

Ha gastado más de 140 millones de dólares de su propia fortuna exhortando a la gente a votar, mientras que ella no había votado en 28 años.

Su postura severa en contra de la inmigración ilegal quedó expuesta como una táctica oportunista cuando se reveló que despidió a la inmigrante indocumentada que le ayudó a criar a sus hijos y a mantener su casa en orden. Su candidatura pareció estar más preocupada por darle voz a los millonarios con promesas de bajar impuestos que con las personas comunes y corrientes como nosotros.

Quizás por eso no es de sorprenderse que a pocos días de las elecciones, Whitman esté abajo en las encuestas a pesar de haber gastado millones en su campaña.

La otra opción es usted, alguien que ya fue gobernador dos veces. Como le mencionaba anteriormente, no tengo una impresión muy favorable de ex gobernadores.

No me emociona el hecho de que los sindicatos han estado gastando millones en su campaña.

Me hace dudar que pueda usted cumplir su promesa de reformar el sistema de pensiones del estado, que permite que los trabajadores del gobierno se jubilen a los 50 y 55 años con beneficios exorbitantes y financiados por contribuyentes como yo.

Igualmente me pregunto cómo reaccionará cuando busque usted tomar una decisión que choque con los intereses de los sindicatos que lo apoyan. Algún impacto tendrán que tener los millones de dólares que los sindicatos han invertido en usted. ¿En dónde cederá?

Estamos tan cerca de concluir esta temporada de elecciones y aún no sabemos cómo usted o su contrincante planean cerrar el déficit de más de 20 mil millones de dólares.

¿Qué servicios más se cortarán? ¿Subirían impuestos? ¿O de plano tenemos que acostumbrarnos a que cada año tendremos miles de millones de dólares en recortes? De eso ustedes han hablado muy poco.

Eso sí, hemos visto los millones de dólares que han gastado en anuncios para desacreditarse, exagerar sus logros y manipular los hechos para hacer que las personas voten por ustedes a toda costa.

California no puede con otro mal gobernador. Ya hemos tenido suficientes. Pero el tiempo se termina y ahora hay que escoger entre usted y su contrincante, dos opciones, en mi opinión, malas.

Pero no hay de otra. Hay que votar. Así que Señor Brown, aquí tiene mi voto. Se lo voy a dar muy renuentemente porque en realidad no estoy convencido de que usted es lo que California necesita.

Pero eso sí, quiero recordarle una cosa: en California así como votamos para mandar a alguien en el Capitolio, también podemos usar nuestro voto para despojarlos del título de gobernador cuando de plano salen demasiado malos.