¿Cuántos continentes hay?


El otro día recibí un correo electrónico de un lector desconcertado.

Quería resolver una disputa con su hija que surgió mientras le ayudaba con la tarea. Era una pregunta sencilla pero con grandes implicaciones para una estudiante que aspira a tener una educación integral: ¿cuántos continentes existen en el mundo?

Ella decía siete. Él cinco. Me preguntó cuál era mi opinión.

En juego estaba nada menos que una buena calificación en la tarea.

Generalmente evito meterme en disputas ajenas, y más cuando se trata de un desacuerdo entre un padre y su hija. Pero no podía dejar pasar la oportunidad. Ésta era una disputa que significaba mucho más que una diferencia de opinión. Ésta era una diferencia cultural que simbolizaba en parte por qué los inmigrantes latinos y los que se criaron en los Estados Unidos, o los anglosajones para simplificar, ven el mundo tan diferente.

Este caso en particular trataba de un padre que creció hablando español y asistiendo a escuelas mexicanas, y su hija que está creciendo hablando inglés y aprendiendo geografía en escuelas estadounidenses.

A él, como a muchos inmigrantes provenientes de Latinoamérica, le enseñaron que hay cinco continentes: América, Eurasia, África, Oceanía y Antártica. A ella le han enseñado que hay siete: Norteamérica, Sudamérica, Europa, Asia, África, Australia y Antártica.

Esta diferencia en la enseñanza académica de los jóvenes explica por qué los estadounidenses llaman a su país América, mientras que para mexicanos y otros latinoamericanos América es un continente (o un equipo no muy bueno de futbol, o como lo llaman aquí, soccer).

Por alguna razón, los latinos y los anglosajones tendemos a ponerle diferentes nombres a la misma cosa.//

El otro día le pregunté a un primo cocinero qué haría si su jefe le pidiera que fuera al supermercado de manera urgente a comprar un saco de limones. ¿Traería limas o limones? De inmediato me dijo que compraría limones, pero después de pensarlo más que un momento, dijo que mejor traería limas.

Como si el idioma no fuera suficiente barrera entre ambas culturas, se da el caso peculiar de que en los Estados Unidos las limas son limones y los limones son los que en México se conocen como limas.

Me imagino que habrá más de un cocinero mexicano que ha tenido que regresar al supermercado.

¿Será por eso que más allá de las diferencias del idioma, a veces simplemente no nos entendemos? ¿Es por eso que en Arizona, por ejemplo, aprobaron una ley que básicamente prohíbe la enseñanza de estudios chicanos? ¿Piensan que los muchachos crecerán pensando que sólo hay cinco continentes?

¿Será que la ley antiinmigrantes de Arizona es simplemente un malentendido de grandes proporciones?

O quizá verdaderamente vemos el mundo diferente.

Me pregunto qué haré cuando llegue mi turno de ayudarle a mi hija con la tarea. ¿Pensará que no sé nada si le digo que hay cinco continentes? ¿O debo olvidar lo que aprendí en la escuela en México y mejor adoptar el modelo de siete continentes?

Probablemente lo mejor sería enseñarle los dos puntos de vista para así enriquecer aún más su educación, y para que sea un puente entre estas dos culturas que a veces parecen ser dos continentes en lados opuestos del mundo.

Pero para eso tengo que prepararme mejor en la geografía y otros temas académicos básicos. Tendré que desempolvar un mapa viejo del mundo para prepararme para el capítulo de lagos y ríos, porque mi hija seguramente me preguntará sobre ese río que sirve como frontera natural en Texas, conocido como Río Grande al norte de la frontera, y Río Bravo al sur.//

Si me pregunta por qué tiene un nombre diferente a pesar de que es el mismo río, y que además los dos nombres están en español, le explicaré que los mexicanos y los estadounidenses a veces vemos las cosas un poco diferente.

En este caso es evidente que unos observaron una masa de agua que se movía con gran rapidez y que era tan peligroso como un caballo salvaje, y por eso le pusieron Río Bravo. Pero otros aprecian que el río era muy, muy grande.

Tendré que preparar una buena respuesta para explicarle por qué la masa de agua en la península de Baja California se llama Golfo de California en los Estados Unidos, mientras que en México se llama Mar de Cortés.

No soy ningún experto en geografía, pero haré mi mejor esfuerzo por aprender.

A mi querido lector le sugeriría que en la tarea le ponga que hay siete continentes, aunque todos sabemos que en realidad hay cinco. No vaya a ser que la tarea regrese con una tachita.

El otro día recibí un correo electrónico de un lector desconcertado.

Quería resolver una disputa con su hija que surgió mientras le ayudaba con la tarea. Era una pregunta sencilla pero con grandes implicaciones para una estudiante que aspira a tener una educación integral: ¿cuántos continentes existen en el mundo?

Ella decía siete. Él cinco. Me preguntó cuál era mi opinión.

En juego estaba nada menos que una buena calificación en la tarea.

Generalmente evito meterme en disputas ajenas, y más cuando se trata de un desacuerdo entre un padre y su hija. Pero no podía dejar pasar la oportunidad. Ésta era una disputa que significaba mucho más que una diferencia de opinión. Ésta era una diferencia cultural que simbolizaba en parte por qué los inmigrantes latinos y los que se criaron en los Estados Unidos, o los anglosajones para simplificar, ven el mundo tan diferente.

Este caso en particular trataba de un padre que creció hablando español y asistiendo a escuelas mexicanas, y su hija que está creciendo hablando inglés y aprendiendo geografía en escuelas estadounidenses.

A él, como a muchos inmigrantes provenientes de Latinoamérica, le enseñaron que hay cinco continentes: América, Eurasia, África, Oceanía y Antártica. A ella le han enseñado que hay siete: Norteamérica, Sudamérica, Europa, Asia, África, Australia y Antártica.

Esta diferencia en la enseñanza académica de los jóvenes explica por qué los estadounidenses llaman a su país América, mientras que para mexicanos y otros latinoamericanos América es un continente (o un equipo no muy bueno de futbol, o como lo llaman aquí, soccer).

Por alguna razón, los latinos y los anglosajones tendemos a ponerle diferentes nombres a la misma cosa.//

El otro día le pregunté a un primo cocinero qué haría si su jefe le pidiera que fuera al supermercado de manera urgente a comprar un saco de limones. ¿Traería limas o limones? De inmediato me dijo que compraría limones, pero después de pensarlo más que un momento, dijo que mejor traería limas.

Como si el idioma no fuera suficiente barrera entre ambas culturas, se da el caso peculiar de que en los Estados Unidos las limas son limones y los limones son los que en México se conocen como limas.

Me imagino que habrá más de un cocinero mexicano que ha tenido que regresar al supermercado.

¿Será por eso que más allá de las diferencias del idioma, a veces simplemente no nos entendemos? ¿Es por eso que en Arizona, por ejemplo, aprobaron una ley que básicamente prohíbe la enseñanza de estudios chicanos? ¿Piensan que los muchachos crecerán pensando que sólo hay cinco continentes?

¿Será que la ley antiinmigrantes de Arizona es simplemente un malentendido de grandes proporciones?

O quizá verdaderamente vemos el mundo diferente.

Me pregunto qué haré cuando llegue mi turno de ayudarle a mi hija con la tarea. ¿Pensará que no sé nada si le digo que hay cinco continentes? ¿O debo olvidar lo que aprendí en la escuela en México y mejor adoptar el modelo de siete continentes?

Probablemente lo mejor sería enseñarle los dos puntos de vista para así enriquecer aún más su educación, y para que sea un puente entre estas dos culturas que a veces parecen ser dos continentes en lados opuestos del mundo.

Pero para eso tengo que prepararme mejor en la geografía y otros temas académicos básicos. Tendré que desempolvar un mapa viejo del mundo para prepararme para el capítulo de lagos y ríos, porque mi hija seguramente me preguntará sobre ese río que sirve como frontera natural en Texas, conocido como Río Grande al norte de la frontera, y Río Bravo al sur.//

Si me pregunta por qué tiene un nombre diferente a pesar de que es el mismo río, y que además los dos nombres están en español, le explicaré que los mexicanos y los estadounidenses a veces vemos las cosas un poco diferente.

En este caso es evidente que unos observaron una masa de agua que se movía con gran rapidez y que era tan peligroso como un caballo salvaje, y por eso le pusieron Río Bravo. Pero otros aprecian que el río era muy, muy grande.

Tendré que preparar una buena respuesta para explicarle por qué la masa de agua en la península de Baja California se llama Golfo de California en los Estados Unidos, mientras que en México se llama Mar de Cortés.

No soy ningún experto en geografía, pero haré mi mejor esfuerzo por aprender.

A mi querido lector le sugeriría que en la tarea le ponga que hay siete continentes, aunque todos sabemos que en realidad hay cinco. No vaya a ser que la tarea regrese con una tachita.

La ley de Arizona debe hacernos reflexionar


Una de las razones principales por la que la controversial ley antiinmigrante de Arizona ha sido criticada por tantos es porque otorga poderes a la policía de interrogar y detener a personas que se sospecha están en el país ilegalmente.

Es fácil entender por qué muchos consideran que esta ley es discriminatoria y hasta racista, especialmente si tienes el pelo negro, los ojos cafés, la piel morena y un acento, atributos que para un policía pudieran significar que estás en el país ilegalmente.

¿Pero qué pasaría si los latinos estuvieran del otro lado? ¿Cómo reaccionaríamos si nosotros fuéramos los anglosajones de esta película, y se nos hiciera fácil otorgarle a la policía poderes extraordinarios para combatir algún otro tipo de delito?

El ataque terrorista fallido en Nueva York me dio la oportunidad perfecta para averiguarlo.

El individuo que intentó explotar un coche-bomba en Times Square, Faisal Shahzad, era un inmigrante legal originario de Pakistán que recientemente había obtenido la ciudadanía estadounidense. Al tipo lo arrestaron sentado cómodamente en un avión a punto de huir a su país de origen.

Durante una reunión familiar reciente pedí que levantaran la mano quienes pensaran que debería existir una ley que permitiera a las autoridades detener e interrogar a individuos árabes en los aeropuertos del país como una forma de combatir el terrorismo.

Unos días antes yo mismo me había sorprendido pensando que no sería mala idea, cegado por la rabia de que los extremistas musulmanes no desisten en su lucha por atacar a nuestro país. A fin de cuentas, yo he caminado las calles icónicas de Times Square, y tengo familia que vive en la Gran Manzana.

Quizá por eso no me sorprendí de ver muchas manos en el aire, levantadas por las mismas personas que momentos antes habían opinado con dureza en contra de la ley SB 1070. Después de analizar la propuesta antiterrorista con más detenimiento, todos finalmente cambiaron de opinión.

Fue entonces que comencé a entender por qué 64 por ciento de la población en general apoya esta ley, según una encuesta del Wall Street Journal y NBC News. El mismo sondeo revela que siete de cada 10 latinos se oponen a esta legislación.

¿Tú hubieras levantado la mano en respuesta a la hipotética pregunta sobre la ley antiterrorista si por un momento te hubieras olvidado de la ley de Arizona?

¿Cuántas veces te has sorprendido señalando peyorativamente a un afroamericano por el color de su piel, o añadiendo un expletivo antes de la palabra güero en referencia a un anglosajón? ¿O quizá has usado la palabra indio para insultar a alguien de ascendencia indígena?

Más que quizá otros grupos étnicos, nosotros tenemos la responsabilidad primera de respetar otras culturas precisamente porque sabemos lo que es el prejuicio y la discriminación. Y compartimos también la responsabilidad de defender los derechos de otros grupos que se encuentran en una situación similar a la nuestra, aunque en este caso se trate de la comunidad árabe.

El reverendo afroamericano y activista de derechos civiles, Al Sharpton, es una de varias figuras de otras razas que han estado marchando con los latinos en Arizona.

A pesar de que la mayoría del público estadounidense apoye esta ley, por lo menos según el sondeo anteriormente mencionado, es admirable observar el repudio público que han recibido los legisladores del estado de parte de gobiernos estatales y municipales.

Los concilios de varias ciudades grandes, incluyendo San Diego, Los Ángeles, Boston, San Francisco y más recientemente Seattle, han aprobado boicots de viajes y contratos con empresas de Arizona que han resultado en la pérdida de millones de dólares para ese estado. Incluso los equipos de primera división de América y Pachuca cancelaron su partido amistoso que tenían planeado para el 7 de julio.

Bravo.

Pero lo mejor que podemos hacer quienes estamos lejos de Arizona es aprovechar esta oportunidad para reflexionar sobre nuestras propias actitudes hacia la raza y la etnia. Es una oportunidad para enseñar a nuestros hijos que todas las personas merecen respeto y que deben ser iguales ante los ojos de la ley y la sociedad en general.

Así formaremos mejores ciudadanos del mundo, y pondremos el ejemplo de que una sociedad multicultural como la nuestra verdaderamente puede vivir en armonía.

Por lo visto con lo que está pasando en Arizona, estamos todavía muy lejos de lograrlo.

Los republicanos le hacen un favor a los latinos


Por lo general, dos es mejor que uno.

Por ejemplo, es mejor hablar dos idiomas que uno. También es mejor saber navegar entre dos culturas. Y quienes vivimos en la frontera sabemos que es muy padre tener dos pasaportes.

Pero a veces es malo tener más de una cosa.

Aquí en el Condado de San Diego, por ejemplo, tenemos a dos de dos congresistas cuyos nombres son sinónimos con la inmigración ilegal. Son, en esencia, las voces más extremistas del tema.

La semana pasada escribí sobre uno de estos políticos, el republicano Brian Bilbray, que por cierto es mi congresista. Es el político que dice que puede identificar a los indocumentados por su ropa.

Esta semana me toca hablar sobre el otro político republicano.

Se llama Duncan D. Hunter y representa el distrito 52, que abarca prácticamente todo el noreste del condado.

Ambos políticos han hecho encabezados en los últimos días por sus declaraciones desorbitadas en apoyo a la nueva ley de Arizona que otorgó a la policía poderes de detener y cuestionar a personas que parezcan ser indocumentados.

La semana pasada Hunter dijo ante una congregación de seguidores en Ramona que apoyaba anular la ciudadanía de estadunidenses de los hijos de indocumentados.

California se está yendo la bancarrota, dijo, y es por causa de la inmigración ilegal.

“Lo que estamos diciendo es que ser un ciudadano estadounidense significa más que cruza la frontera caminando”, dijo el político de 33 años de edad en respuesta a una pregunta sobre si apoyaba dicha idea.

Yo digo que adelante.

Que se pare ante las cámaras y presente su propuesta de ley. Que haga una gira por el país dándoles a los latinos más razones para mantenerse alejados del partido republicano. Espero que con su mensaje inspire a otra generación de activistas hispanos.

Aunque no parezca, son este tipo de políticos los que inspiran manifestaciones y movimiento en Washington D.C., donde tiene año estancado la reforma.

La ley de Arizona ha vuelto a revivir las esperanzas de que pueda finalmente avanzar.

Su nombre, y sus argumentos miopes, podría sonarte familiar.

Hunter es el hijo de Duncan Hunter, quien ocupó el escaño luego de representar a este mismo distrito por 17 años. El renunció a su puesto en el 2008 para enfocarse en su fallida candidatura presidencial.

Su hijo ganó la elección para reemplazarlo.

En 1994, Hunter, el padre, legisló la construcción de 14 millas de cerco en la frontera entre San Diego y Tijuana, empujando el tráfico de personas al desierto. Ahora parece que el hijo ha aprendido bien del padre.

Lástima que no se dejó influir por su tío, John Hunter, un activista humanitario que con galones de agua ha buscado contrarrestar los efectos letales del cerco que construyó su hermano.

Una cosa es construir cercos para impedir que la gente pase, y otra es quitarles la ciudadanía a individuos que por ley constitucional son ciudadanos estadounidenses. Lo dice la decimocuarta enmienda.

Pero para Hunter, la inmigración ilegal es más importante que la constitución.

Durante un programa de radio hace unos días dijo que su plan no era cambiar la constitución, sino presentar una ley que solucionara el problema. Dijo que contaba con el apoyo de cerca de 100 congresistas.

Mucha suerte a él y al resto de su banda de políticos oportunistas.

Sus voces, por más radicales que parezcan, son importantes y me atrevo a decir que hasta son esenciales.

Y desde ese punto de vista, tener dos de estas voces en el Condado de San Diego es definitivamente es mejor que tener sólo una.