Hola, soy Hiram Soto y tengo un rifle en el clóset


hiramsotoSí, me llamo Hiram Soto y tengo un rifle de alto calibre de 1942 en el clóset. Está debajo de un montón de zapatos que no uso. A veces lo saco a pasear al desierto, donde juego a que soy un soldado que salva al mundo de un ejército invasor de latas vacías de frijoles.

Comparto esto porque es algo que le sorprendería a la mayoría de las personas que me conocen. Y puesto que Enlace extendió su circulación al suroeste del condado de Riverside, ¿por qué no compartir lo más sorpresivo de mí a lectores nuevos como tú? Las trivialidades a veces son la mejor forma de conocer a alguien.

Si estás en Riverside y lees esta columna por primera vez, lo ideal sería que tú y yo nos sentáramos a tomar un café. Así podríamos conocernos mejor, compartir nuestras inquietudes, las cosas que nos inspiran, nuestras familias y trabajos. Pasaríamos horas hablando sobre cómo los republicanos perdieron la cabeza y cómo el mundo es mejor porque las parejas homosexuales ahora tienen los mismos derechos que el resto de nosotros. Criticaríamos a Obama por ser un presidente pasivo que no sabe negociar, y hablaríamos mal del FC América.

Pero será difícil que nos reunamos para un cafecito, en parte porque prefiero tomar cerveza. Por lo tanto, dedicaré estos párrafos para platicarte un poco sobre quién soy. Espero que esto le dé contexto a las palabras que escribo aquí semana tras semana.

Este periódico es mi hogar.

Aquí escribí mis primeras notas como periodista en el año 2000. La editora fundadora, Aída García, me contrató para escribir un calendario de eventos. Fue el segundo mejor trabajo que tuve en la vida (el primero fue trabajar en la cocina de un restaurante de Carl’s Jr.).

Como periodista conocí a mis cantantes favoritos, jugadores de futbol y a otras personalidades. Pero pronto concluí que eran personas mortales como tú y yo, y dejaron de interesarme. Cambié de especialidad y me enfoqué en asuntos locales de política y en reportajes de investigación. Era gratificante recibir cartas de amenazas de abogados de las personas que investigaba, algo que tomaba como una indicación de que hacía bien mi trabajo.

Escribí sobre temas nacionales de inmigración, donde hice crónicas de los intentos fallidos de aprobar una reforma migratoria. En más de una ocasión me puse el cuaderno en la bolsa trasera del pantalón, la pluma en la camisa y un tapabocas y viví varias aventuras cubriendo los incendios forestales de la región.

Estuve con los rescatistas del grupo Ángeles del Desierto cuando encontraron los restos de un inmigrante que murió asfixiado durante los incendios de 2007 en la punta de la montaña Tecate Peak, a 4000 pies de altura. Acompañé al grupo a los desiertos de California y Arizona junto con mi padre, donde encontramos los restos de otros inmigrantes y les dimos a sus familias la oportunidad de enterrarlos con dignidad.

Ver los restos secos y descompuestos de la gente que murió intentando cruzar la frontera me hizo ver la urgencia de una reforma migratoria. Los recuerdos de los difuntos aún me acompañan cuando atravieso por momentos difíciles en mi vida. No sé por qué, pero me dan fortaleza para seguir adelante.

En 2009 dejé de ser un reportero de tiempo completo y pasé a ser columnista. Durante los últimos años he trabajado bajo la dirección editorial de Lilia O’Hara, una periodista de gran trayectoria y la persona a cargo de que no use yo este espacio para escribir ridiculeces.

Mientras todo esto sucedía, en mi casa empezaron a llover niñas. Tres, para ser exacto. “Puro producto para caballero”, como me dijo una cajera en una ocasión, recordándome que aún vivimos en un mundo machista que por suerte a mis hijas les tocará cambiar.

En fin, esto es un poco de mi historia. Espero que esto nos ayude a conocernos un poco. No dudes en mandarme un correo electrónico cuando quieras decir algo. Te prometo que te contestaré. Se aceptan todo tipo de comentarios, buenos y malos.

No te preocupes por el rifle. Siempre está desarmado.

Cruzar la frontera en exceso es nocivo para la salud


ImageAdvertencia: la siguiente actividad es nociva para la salud. Puede ocasionar problemas respiratorios, cardiovasculares y cáncer. También puede generar problemas de nacimiento y aumentar el riesgo de la diabetes.

Podría sonar como la advertencia de una cajetilla de cigarros o una botella de alcohol, pero este mensaje es para todas las personas que cruzan con frecuencia la frontera entre Tijuana y San Diego.

Resulta que cruzar la frontera es malo para la salud, de acuerdo con un estudio de San Diego State University que culpa principalmente a las emisiones de gasolina y diesel de los autos parados en fila. Según el estudio, las personas que cruzan a pie absorben estos químicos cancerígenos a un nivel siete veces mayores al de una persona que vive en San Ysidro.

Así que la próxima vez que hagas tres o cuatro horas para cruzar la frontera y que te encuentres aguantándote las ganas de ir al baño en la comodidad de tu carro, o aguantándote las ganas de ir al baño en la incomodidad de la fila de peatones, acuérdate que la espera también podría matarte.

El cinismo suele ser la única defensa para quienes toda la vida hemos soportado este ridículo ritual de esperar horas para ir de Tijuana a San Diego. Los veteranos de la frontera sabemos que en esta frontera solamente los fuertes perduran. Si Charles Darwin estuviera vivo seguro aplicaría su teoría de la evolución por selección natural para estudiar a esta comunidad fronteriza.

No necesitamos un estudio para saber que cruzar la frontera es nocivo para la salud, aún para lossentrificados, que aunque suelen esperar menos tiempo para cruzar, de cualquier forma deben esperar su turno, el cual cada toma cada vez más tiempo.

Puedo pensar en muchas otras formas en que cruzar la frontera es malo para la salud. Por ejemplo, aguantarse las ganas de orinar. ¿Sabías que esto podría dañar tu vejiga y causar todo tipo de enfermedades? Yo conozco a papás que tienen botellas vacías de agua en el auto en caso de que sus hijos pequeños necesiten ir al baño. O bueno, dicen que es para los niños.

Cruzar puede ser estresante por muchos otros motivos.

Lo peor es estar atorado en la fila sabiendo que vas a llegar tarde a una cita en San Diego, o cuando te toca ir a revisión secundaria en un tan día caluroso que tu camisa se queda pegada al asiento del carro cuando te ordenan bajar del auto.

Es estresante esperar sin poder revisar tu correo electrónico o leer las noticias en tu teléfono porque el dueño de la recepción de tu celular es una compañía llamada Telcel, y si te atreves a navegar internet o mandar una foto te llegará una factura con cargos tan largos como la fila que acabas de hacer.

Encima de eso, yo suelo ir a Tijuana cuando hay fiestas o eventos, lo cual me expone más al consumo de bebidas alcohólicas que dañan el hígado, cigarros que afectan los pulmones y postres que dan diabetes. El otro día comí un callo de hacha porque quería comer algo saludable y terminé con una infección estomacal que duró más de una semana.

No estoy seguro por qué los investigadores decidieron hacer un estudio sobre la salud del cruce fronterizo. Todos sabemos que no es una actividad saludable, especialmente cuando recibes un trato despectivo por parte de un agente malhumorado por pasar el día inhalando gases cancerígenos.

Si el estudio es para presionar a los funcionarios a que agilicen el paso fronterizo, mucha suerte.

El Congreso aún no ha aprobado los cientos de millones de dólares necesarios para terminar la expansión del cruce de la garita de San Ysidro. No lo han hecho a pesar de las pérdidas multimillonarias que generan las largas esperas. Y típicamente les importa más eso que la salud de nuestra vejiga, corazón, pulmones, riñones e hígado.

Lo bueno es que hay doctores buenos en Tijuana. Las medicinas también son más baratas.

El apagón evocó aquella vida sin pantallas


Cuando era niño en Tijuana, los apagones eran el menor de los disturbios urbanos que ocurrían en mi querida metrópolis fronteriza.

Más miedo le tenía a las avalanchas de rocas que descendían por las calles cuando llovía excesivamente, que en ocasiones terminaban convirtiendo a los autos en lanchas. Un mayor inconveniente era cuando se iba el agua, ya que solía suceder cuando me daba un baño y justo después de aplicar champú en el cabello.

¿Pero un apagón? Ésos eran hasta divertidos.

Sacábamos velitas, contábamos historias de miedo y caminábamos por todos lados con linterna en mano, como si estuviéramos acampando.

Quizás por eso no me preocupé cuando se fue la luz el otro día en un apagón histórico de varias horas que dejó a 1.4 millones de personas sin electricidad en el Condado de San Diego, generando congestionamientos, rescates en elevadores y vuelos retrasados.

Lo primero que hice durante el apagón fue sentarme en la oficina a comer un durazno delicioso mientras escuchaba a mis colegas del trabajo especular sobre las razones de apagón. Otros actualizaban ferozmente Facebook en sus teléfonos móviles o monitoreaban Twitter obsesivamente.

Ya con mis años de reportero en el pasado, disfruté no tener que preocuparme de pasar aquella calurosa tarde llamando a autoridades malhumoradas y escribiendo notas contra reloj.

El único pensamiento que ocupaban mi mente era llegar a casa y que mis cervezas aún estuvieran frías.

Lo mejor de todo es que mi teléfono celular ya estaba bajo en baterías y sabía que pronto no tendría ni una sola pantalla que ver, ni computadoras, ni televisiones, ni cualquier otro aparato electrónico a los que tanto estamos acostumbrados. Y aparentemente no era el único que ya se estaba haciendo a la idea de pasar una tarde desconectado.

La abrupta interrupción a nuestro adictivo estilo de vida digital nos hizo a muchos darnos cuenta de que mientras nuestros aparatos nos acercan a la gente que está lejos, también suelen alejarnos de la gente que está cerca.

En mi vecindad la gente salió a socializar sin tener a Facebook como intermediario. Niños que bajo situaciones normales estarían frente a un televisor perfeccionando sus habilidades de jugar videojuegos se paseaban en bicicleta, reencontrándose con el aire fresco de un atardecer apagado.

Algunos amigos me contarían después que pasaron el día en el parque, bajo un árbol, platicando con la viejita que se sienta en el mismo banco siempre, caminando entre la vegetación o jugando futbol con extraños. Escuché historias de vecinos que tenían años viviendo juntos y que más allá de un saludo, jamás habían intercambiado palabras hasta que fueron unidos por el apagón.

En casa saqué mi guitarra acústica y me eché un desconectado con mis hijas. Sacamos limones del refrigerador oscuro e hicimos una limonada sin hielo y con agua de la llave que sabía mejor que la que venden en la feria.

Entre tanto, la televisión permanecía oscura y silenciosa en un rincón de la casa, como si estuviera castigada. Tuve suerte que tenía linternas a la mano, porque de otra forma hubiera prendido las velas del bautizo de mis hijas, que estaban diseñadas para mostrarnos el camino de la luz.

En la noche contamos historias de fantasmas, aunque temo que asusté de más a mis dos niñas pequeñas, quienes seguramente se durmieron pensando que tarde o temprano La Llorona entraría por la ventana de su cuarto.

Las calles estaban vacías y la vecindad estaba callada. Coloqué mi cabeza sobre la almohada y me dormí entre el silencio y la oscuridad. Alrededor de la una de la mañana las luces se prendieron de la misma forma abrupta en la que se habían apagado unas 10 horas antes.

San Diego tenía nuevamente luz.

Un grupo de sandieguinos idealistas creó una página de Facebook para proponer “apagones” mensuales en San Diego, para así repetir aquella experiencia que nos hizo sentirnos humanos otra vez.

Extrañé aquella vida sencilla y desconectada que teníamos en otros años, cuando no existían teléfonos móviles más poderosos que las computadoras, cuando solamente teníamos 13 canales de televisión y cuando los apagones eran el menor de los disturbios urbanos.

No me importaría si se fuera la luz otra vez.

Vicente Fox usa la legalización drogas para construir biblioteca


El ex presidente de México Vicente Fox no ha olvidado lo que es andar en campaña.

El otro día vino a San Diego a recabar fondos para su biblioteca presidencial, y repitió unas declaraciones controversiales que hizo hace unos meses en México: que las drogas deberían ser legalizadas porque la guerra contra el narcotráfico, por lo menos como se ha estado peleando hasta ahora, está perdida.

“Estamos hablando de la última frontera de la prohibición”, dijo la semana pasada durante una rueda de prensa en la Universidad de San Diego. “El aborto está permitido. El matrimonio entre personas del mismo sexo es ahora permitido. Fumar cigarros, consumir alcohol”.

No estoy seguro si el ex mandatario simplemente busca publicidad para acaparar atención y dinero para su proyecto o enmendar un poco el legado de desilusión que dejó su presidencia con ideas como legalizar las drogas. Finalmente se trata de un político cuyo partido tiende a imponer el idealismo de derecha por encima del pragmatismo.

Sin embargo, hay muchas razones para considerar sus ideas.

Han muerto unas 34,000 personas desde que su sucesor, Felipe Calderón, decidió encarar a los narcotraficantes de México hace cuatro años. Y no estamos hablando de personas que murieron pacíficamente rodeados de sus familiares, sino víctimas de una brutalidad nunca antes vista en México. La producción, el transporte y el consumo de las drogas parecen no tener fin, en ambos lados de la frontera, independientemente de su legalidad.

Pero lo cierto es que como sociedad, estamos muy lejos de legalizar las drogas. Y es irónico que el ex mandatario haya hecho sus comentarios en San Diego, un lugar donde las autoridades locales han hecho todo lo posible por sabotear el consumo legal de la marihuana con fines medicinales.

El Concilio de San Diego recientemente aprobó nuevas regulaciones que obligarían a los más de 160 dispensarios de marihuana medicinal a cerrar sus puertas temporalmente y solicitar un permiso que costaría decenas de miles de dólares y cuyo proceso podría durar un año, dependiendo de la oposición que enfrentan de las personas que viven en los alrededores.

Qué importa si miles de pacientes pierden acceso a su medicina, a la cual tienen derecho a comprar bajo la proposición 215, que legalizó la marihuana medicinal en California en 1996. Muchas personas con enfermedades como cáncer consumen la mariguana para estimular el apetito y para mitigar los efectos colaterales de la quimioterapia, como el vómito y los mareos.

Aunque han pasado 15 años desde que se aprobó esta medida, la ley está lejos de lograr su objetivo.

Varios condados del estado han prohibido los dispensarios de marihuana medicinal y más de 130 ciudades han hecho lo mismo, incluyendo El Cajón, Escondido, San Marcos y Vista. Otras ciudades han implementado moratorios mientras consideran si regulan o prohíben la marihuana medicinal.

Y si la guerra a nivel local contra el cannabis no fuera suficiente, también está la confusión y contradicción que genera el hecho de que el gobierno federal considera que esta esta droga es ilegal.

Para ser claros, hay tanto pacientes como doctores que abusan de las intenciones de la ley y que venden y consumen mariguana con fines recreacionales. Pero esto no es suficiente razón para negarles acceso a aquellas personas que verdaderamente lo necesitan y que además están amparadas por la ley.

Esto es tan sólo un pequeño panorama de lo que ocurre cuando una sociedad quiere legalizar una droga, en este caso la mariguana, la considerada más inocua de entre las drogas. Mejor no pensar qué sucedería si se tratara de legalizar otras drogas como la cocaína.

El ex presidente Fox ha sido reprochado por sus declaraciones. La universidad cristiana Point Loma Nazarene de San Diego rescindió hace poco una invitación al mandatario a hablar en el campus. Pero poco ha de importarle a alguien como Fox que va de podio en podio, y que siempre será presentado ante las audiencias como la persona que rompió la racha de más de 70 años de poder que tenía el PRI, algo que en realidad fue mérito del electorado y la maduración del país.

Es una pena que no expresó estas mismas posturas cuando era presidente de México y verdaderamente tenía el poder y la capacidad de hacer algo. Ahora nos sale con esto porque necesita algo cuando en su momento lo único que hizo fue apoyar las políticas antidrogas que promueve Estados Unidos en México y Latinoamérica.

Aprender inglés tiene que ver más con perder el miedo de hablar


Yo le debo mucho a las caricaturas.

Aparte de ser los superhéroes y maestros del universo que me entretuvieron por horas sin fin cuando era pequeño, fueron también mis mejores maestros de inglés.

Crecer en Tijuana en los 1980 significaba recibir al aire libre los canales en inglés de San Diego, y en contraste con mis hermanos que preferían jugar en la calle, para mí no había nada mejor que encerrarme a ver televisión.

Es algo que recordaría años después, sentado frente a una profesora en la universidad. La maestra acababa de entregar un ensayo que escribimos de tarea y me pidió que la acompañara a su despacho después de la clase.

No sabía el motivo de la cita, pero sospechaba que tenía que ver con la tarea.

“Hiram, ¿dónde estudiaste la preparatoria?”, me preguntó en un tono amable.

“En Tijuana”, contesté.

“¿Y dónde aprendiste inglés, ahí en la preparatoria?”

“En realidad no”, le contesté, “más bien viendo caricaturas cuando era niño”.

Ella sonrió, y me contestó que debía tomar más clases de inglés porque mi ensayo estaba muy por abajo del nivel de una redacción universitaria. Salí desilusionado y más consciente que nunca de que realmente nunca tuve clases formales de inglés.

En la escuela en Tijuana nos enseñaban que gato era cat y que casa era house. Para mí no había mucha diferencia entre una clase de inglés de primaria y una de preparatoria. De repente corría el riesgo de no terminar la universidad por no saber hablar bien inglés.

Habían pasado apenas unos meses desde que salí de Tijuana luego de que mis padres emigraron a los Estados Unidos por la crisis económica de los 1990. En poco tiempo pasé de ser un chico seguro de sí mismo a un estudiante tímido e inseguro que aprendió inglés viendo dibujos animados.

Podía tener una conversación en inglés y escribir frases, aunque con obvios errores ortográficos. Me daba pena equivocarme al hablar y socializaba poco con los anglosajones. Prefería asociarme con los latinos y hablar español.

Tomé más clases, hice los ejercicios y practiqué inglés con los estudiantes asiáticos, que estaban peor que yo. Pero pronto descubrí que aprender inglés tenía más que ver con vencer mis miedos que con leer un libro y repetir frases.

Hablar inglés se había convertido en el equivalente a tener una pésima voz y tener que subirse a un escenario a cantar karaoke.

Mis inseguridades eran fácilmente captadas por otros.

Notaba que mis colegas estudiantes perdían la paciencia rápidamente cuando detectaban mi acento o cuando veían que tenía dificultad comunicando algo. Era difícil hacer amigos. En las tiendas sentía que los empleados no me daban buen servicio cuando me escuchaban hablar.

Pero luego sucedió algo que cambió todo.

Un día la compañía que preparaba la comida en la cafetería universitaria prohibió que sus empleados hablaran español.

Era alrededor de 1996, cuando el ambiente antiinmigrante en California había llegado a su cúspide con la fallida proposición 187 que prohibía los servicios públicos a indocumentados.

Los empleados de la cafetería eran mis amigos. Todos los días me detenía a platicar con ellos mientras llenaba el plato de comida. Hablamos de futbol, platicábamos de lo que pasaba en México y Latinoamérica, y compartíamos nuestras experiencias como inmigrantes.

La nueva regla nos impediría hablar español.

Como miembro de la organización estudiantil MEChA decidí hacer algo.

Escribí cartas de protesta a la empresa, me reuní con el chef ejecutivo de la cafetería, con quien tuve discusiones profundas sobre el tema, y junto con otros estudiantes latinos hablé con los administradores universitarios.

La compañía de comida finalmente permitió que el español regresara a la cocina.

No fue sino hasta después que me di cuenta que no me importó equivocarme.

Levantaba la voz, movía las manos, convencía a la gente, y todo en inglés.

Había perdido el miedo de subirme al escenario y cantar karaoke.

Me pregunto cuántas personas que están aprendiendo inglés le tienen miedo al micrófono, a equivocarse, a hacer el ridículo.

Unos años después terminé los estudios y aunque mi inglés estaba lejos de ser perfecto, nunca jamás podría dejarme intimidar por mi acento o mis limitaciones.

Le doy gracias a esa maestra por mandarme a tomar clases de inglés, y a las caricaturas por entretenerme y educarme, por más extraño que suene.

Why I Am Not Afraid of Getting a Pat-Down


By Hiram Soto

I’ll be getting on a plane in the next few days, but I feel that something is wrong with me.

For some reason I’m not afraid of getting a pat-down at the airport.

From what I’ve been seeing in the news lately, federal officials have been touching passengers’ inner thighs, waistlines and even in between and around women’s breasts. Following the logic of this media narrative, I’m next.

Coincidentally enough this controversy started at the San Diego International Airport, where I plan to board my flight. An Oceanside resident named John Tyner declined to go through the airport’s body scanners and also refused to be patted down. The confrontation with officials was recorded on his cell phone and it didn’t take long before the video went viral.

“If you touch my junk I’m going to have you arrested,” was the now famous line from the video.

The ACLU sent out a release saying that it had received hundreds of complaints from passengers who were “humiliated and traumatized” when they felt the hands of a stranger touching their bodies.

Perhaps I’m not afraid of getting a pat-down because 99% of passengers go through security without getting one. Or maybe it’s because I’m not afraid of a little physical contact, even if it’s from a stranger.

One of the first cultural lessons I learned when I came to the United States 15 years ago was that many people here, primarily Anglos, just don’t like to be touched. That is, unless they’re falling and you grab them halfway to the floor.

It was a big contrast to Mexico where I was used to shaking hands with strangers, kissing women on the cheek and doing the traditional shake hands-hug-shake hands Mexican greeting.

But I quickly realized that over here you rarely shake hands, unless you’re closing a deal on a new car. In that case, I’ve never seen anybody who wanted to shake my hand more.

I also learned that you don’t kiss women in the cheek when you say hello or goodbye, especially if their boyfriends are there. It’s just awkward and borderline dangerous. It was here that I first learned the concept of “personal space.” People protect it like a country protects its national airspace.

In other words, the complete opposite of what goes on in my family, where the best way to get someone’s attention is by touching them lightly in the arm if you’re standing up, or leg if you’re sitting down.

I’m used to being surprised by someone giving me a light massage on my shoulders for a second or two. It is not uncommon for me to be walking with someone with my hand over their shoulder. I always kiss women on the cheek when I say goodbye, even if they’re wearing lots of makeup and perfume, which is not as attractive as women think.

About a year ago a Nigerian man named Umar Farouk Abdulmutallab decided to place explosives in his underwear and tried to blow up a plane midflight. He would have gotten away with it if it wasn’t for the vigilance and heroism of nearby passengers.

That was the catalyst for the new security measures at the country’s airports.

Ideologues on the left complain their civil rights are being violated. Ideologues on the right, always obsessed of government meddling in their lives, can now complain about government fondling on their bodies.

Perhaps they would feel better if they spent a few days in Latin America, where I’m sure they’ll quickly realize that physical contact is not all that bad. Or maybe they can spend a few carnes asadas with a Latino family and rediscover the power of human touch.

I do have some beef with airline travel, though.

The seats in the plane seem to be getting smaller. Or maybe people are getting bigger. Or both. I don’t like the fact that I have to pay more just to bring my luggage, or that I have to pay extra to get a bite to eat while we we’re flying.

But the thing that bothers me the most is the thought that another lunatic like Abdulmutallab is constantly looking for ways to blow up an airliner midair.

That’s scary.

More so than a pat-down.

Políticos anti-inmigrantes regresan al poder en Escondido


Por Hiram Soto

En Escondido, las elecciones han dejado una sensación que oscila entre el suspenso y el déjà vu.

Mientras que el resto del país deja atrás una campaña electoral que culminó en el resurgimiento del Partido Republicano, en el norte del Condado de San Diego aún no terminan de contar las boletas.

Sólo unos cuantos votos separan al ex regidor Ed Gallo de retomar su viejo puesto en el concilio de esta ciudad famosa por sus retenes policiacos y ordenanzas antiinmigrantes. A principios de esta semana, Gallo estaba 33 votos por encima de su contrincante, la alcaldesa Lori Holt Pfeiler.

De ganar, Gallo se uniría a la regidora Marie Waldron y al recién elegido alcalde Sam Abed, completando así el regreso al poder del trío de funcionarios responsable de hacerle la vida de cuadritos a la comunidad latina.

Fueron estos tres quienes en 2006 impulsaron una ordenanza que hubiera prohibido a propietarios rentar viviendas a inmigrantes indocumentados, entre otras medidas controversiales.

Es difícil predecir cómo este trío utilizaría su mayoría en el concilio en cuanto al tema de la inmigración ilegal. Abed en campaña atacó a su contrincante Dick Daniels por no tener una postura suficientemente dura contra la inmigración ilegal.

Pero algunos ya están imaginándose un futuro complicado para la comunidad latina, que irónicamente este año se convirtió en el grupo mayoritario de la ciudad.

“Los siguientes dos años van a ser de dar miedo para todos los latinos, no sólo para los inmigrantes indocumentados”, dijo Carmen Miranda, quien junto con otros seis candidatos se postuló sin éxito para una de las dos plazas disponibles en el concilio.

Algunos observadores políticos concluyeron que los candidatos más moderados como Pfeiler fueron afectados negativamente por la gran cantidad de personas que se postularon al puesto y que terminaron diluyendo el voto progresista. Otros dicen que este trío se benefició de la ola conservadora que salió en grandes números a votar por candidatos republicanos a lo largo del país.

Yo sospecho que los dos fueron factores importantes.

Sin embargo, debo preguntarme lo siguiente: ¿cómo es posible que los integrantes del grupo mayoritario de una ciudad no pueda elegir candidatos que simpaticen con ellos? Con los grandes números que representa la población latina en Escondido, los candidatos deberían estar compitiendo con intensidad por resolver sus problemas, no por atacarlos.

Pero de nuevo regresamos al viejo problema de que los latinos no votan.

La situación en Escondido es tan sólo un ejemplo más de que el voto importa y que además puede tener un gran impacto, especialmente en elecciones cerradas.

Espero que esté leyendo ese latino residente de Escondido que por flojera, desidia o indiferencia decidió quedarse en casa el día de las elecciones. Aunque tengo que ser sincero conmigo mismo: si no votó, seguramente tampoco estará leyendo el periódico. Si tú conoces a esta persona, por favor pásale el periódico y dile que me mande un correo electrónico. O mejor aun, dile que me hable. Me gustaría escuchar su argumento para no votar.

Mientras tanto, el regreso de Gallo no está firmado pero parece ser inminente.

A principios de esta semana, el Registro de Votantes aún estaba contando unas 80 mil boletas a lo largo del condado que fueron enviadas por correo o entregadas en sobres el día de la elección. Se especula que unas tres mil son de votantes en Escondido.

Aunque 33 votos pudieran parecer pocos, Pfeiler ya felicitó a Gallo y ha dicho que de confirmarse su derrota no solicitaría un recuento de votos. En parte no la culpo. A mí tampoco me gustaría tener colegas tercos y de mente cerrada como Abed o Waldron.

Gallo, por su parte, regresaría al concilio luego de haber sido derrotado por Olga Díaz en 2008. Díaz ganó su puesto precisamente protestando contra las redadas policiacas y las ordenanzas antiinmigrantes.

Miranda, por su parte, espera regresar como candidata en dos años. Y espera que para entonces la comunidad latina finalmente demuestre su poderío en las urnas, que como en muchas partes del país es sólo cuestión de tiempo.

“Espero que nos unamos y nos hagamos más poderosos. No es justo que nosotros como ciudadanos estadounidenses seamos tratados como ciudadanos de segunda clase en nuestro propio país. Los latinos necesitan entender que necesitamos ser parte del proceso político si queremos ser tratados bien.”

En Escondido, la policía prefiere que no sepas tus derechos


Por Hiram Soto

Cuando las autoridades de educación del Condado de San Diego decidieron repartir folletos a maestros y estudiantes con información sobre sus derechos en caso de enfrentarse a una redada migratoria, era de esperarse que desatara controversia.

Hoy en día el ambiente en el país es tal que es imposible tener una conversación franca sobre la inmigración ilegal y su impacto en la vida de las familias afectadas sin ser controversial.

En esta ocasión una de las quejas principales vino de Jim Maher, jefe de la policía de Escondido, y uno de los autores intelectuales de la práctica de utilizar retenes vehiculares como herramienta para intimidar y expulsar a la comunidad indocumentada de la ciudad.

A Maher no le pareció que los folletos incluyeran dibujos de policías con lentes oscuros y cara de malos arrestando a un inmigrante asustado que se rehusaba a dar información a las autoridades. Tampoco le gustó la idea de que una persona ejerciera sus derechos legales.

“Es inapropiado. No creo que las imágenes que utilizaron en esos folletos sean apropiadas”, dijo Maher al periódico San Diego Union-Tribune.

“Es asombroso que otra dependencia gubernamental, la Oficina de Educación, esté dando información que no cuenta toda la historia. Es un ejemplo de lo que es no decir toda la verdad”, dijo. Sus comentarios me dejaron rascándome la cabeza.

Yo entiendo que a veces los policías se molestan cuando alguien ejerce sus derechos, lo que incluye guardar silencio. Seguramente es una inconveniencia para ellos porque no pueden cerrar el caso en ese momento, y probablemente significa más papeleo.

Pero los derechos legales o civiles no están ahí para que los policías puedan irse temprano a casa; están ahí para garantizar un trato justo a todas las personas en suelo estadounidense, incluso a aquellas que se sospecha pudieran haber violado alguna ley.

Decidí hablarle a Maher para pedirle una aclaración.

Finalmente estos folletos habían sido diseminados entre estudiantes en riesgo cuyos padres se encuentran en el país ilegalmente y que tienen dificultades concentrándose en la escuela porque temen que algún día lleguen a casa y descubran que sus papás fueron deportados.

Quizás Maher no entendió bien esta parte de la ecuación.

Maher, sin embargo, dijo que los inmigrantes que no cooperen con las autoridades pueden meterse en más problemas porque pudieran despertar sospechas de haber violado alguna ley. Particularmente le molestó que los folletos recomendaran a los inmigrantes no abrir la puerta a las autoridades, y que solicitaran que los oficiales pasaran por debajo de la puerta cualquier orden de arresto.

“El no cooperar no te va a salvar de una orden de arresto”, dijo.

¿Y eso qué tiene que ver con ejercer tus derechos?, le pregunté. ¿Qué no son los policías los primeros en leer los derechos Miranda a las personas que son arrestadas? El hecho de que les lean sus derechos tampoco los salvará si en verdad son culpables. Los policías, sin embargo, de todas formas lo hacen porque es parte de los derechos legales de las personas arrestadas.

Maher contestó que eso era diferente de recomendar lo que se debe o no hacer al recibir una visita de oficiales de migración en el hogar o en el trabajo. Por cierto, la primera recomendación, le recordé, es no mentir. Otra de ellas es decirle al oficial: “quiero hablar con mi abogado”.

Colgué el teléfono y seguí sin entender su punto de vista, y más aún cuando las propias autoridades de migración apoyan el informar a las personas sobre sus derechos legales.

Lauren Mack, portavoz de la Oficina de Control de Inmigración y Aduanas, dijo hace unos días al Union-Tribune que los panfletos ofrecían información “práctica y correcta” sobre el proceso de deportación.

Me pregunto cuánto tiempo más durará esta mala leche entre las autoridades de Escondido y la comunidad latina, si el mismo jefe de policía protesta cuando alguien quiere informar a los ciudadanos sobre sus derechos legales, documentados o no.

En los últimos años Escondido ha intentado sin éxito imponer ordenanzas consideradas antiinmigrantes, y los controversiales retenes siguen formando parte de la vida cotidiana de los más de 67 mil residentes latinos.

Hace unos días se dio a conocer que Escondido ahora tiene más latinos que anglosajones, la culminación de una transformación demográfica asombrosa que se ha venido dando en los últimos 20 años.

Los tiempos cambian, y a algunos les cuesta más trabajo adaptarse que otros.

Quizás Maher es uno de ellos.

No pasará mucho tiempo para que los cambios demográficos en las calles traigan también más diversidad al gobierno de esta ciudad, incluyendo a los altos mandos del Departamento de Policía.

En un futuro no muy lejano, gente como Maher se jubilará, y en su lugar probablemente entrará a alguien con una mente un poco más abierta.

Hoy, se escribe la crónica de un cambio anunciado.

Padres deben hablar con sus hijos sobre la deportación


A veces es difícil hablar con los niños, especialmente cuando son muy preguntones.

Quieren saber de dónde vienen los niños, por qué no pueden ver a Dios o por qué hay personas malas en el mundo. Son preguntas normales, particularmente para niños de cuatro años, como los gemelos de Anastasio Hernández, el inmigrante que murió a manos de la Patrulla Fronteriza el 31 de mayo durante un altercado mientras era deportado a México.

Seguramente esos pequeños ahora se estarán preguntando por qué a veces se mueren los papás prematuramente.

La muerte de Hernández se presta también para un par de preguntas dirigidas a padres de familia que por cualquier razón no tienen documentos para residir legalmente en los Estados Unidos: ¿Ya hablaron con sus hijos sobre la posibilidad de una deportación? ¿Tienen un plan en caso de ser deportados?

No soy psicólogo, y no tengo idea sobre cuál es la edad apropiada para hablar con los hijos sobre temas tan complicados, en especial si son pequeños. Pero es evidente que muchos niños están conscientes de la situación precaria de sus padres.

Quizá el caso más famoso se dio hace algunas semanas durante la visita del presidente mexicano Felipe Calderón a los Estados Unidos. La primera dama, Michelle Obama, se encontraba de visita en una primaria en Maryland cuando una niña de segundo grado le dijo que su mamá le había dicho que el presidente Barack Obama se estaba “llevando” a todas las personas que no tenían papeles.

Las cámaras capturaron el momento cuando la primera dama intentó explicarle a la niña que se tenía que arreglar la situación para que su mamá tuviera los papeles adecuados, para lo que la niña contestó: “Pero mi mamá no tiene ningún tipo de papeles.”

Lo que está claro es que, mínimo, los padres indocumentados deben tener un plan de qué hacer en caso de ser deportados.

Me viene a la mente un caso famoso en San Diego en 2007 cuando tres niños menores de 16 años se quedaron solos y a cargo de una casa de dos pisos luego de que sus padres fueron deportados a Tijuana.

Por varias semanas la mayor estuvo a cargo de pagar la hipoteca de la casa, vender los carros de los padres y los muebles y cuidar a sus hermanos pequeños mientras intentaban preparar todo para reunirse con sus padres en Tijuana.

Regresando al tema de Hernández, desconozco si la familia había platicado con sus hijos sobre la posibilidad de que él fuera deportado, o si tenía un plan de contingencia en caso de que algo pasara. Solicité hablar con la familia pero como es entendible, en estos momentos prefieren no hablar con los medios.

En muchos casos es normal que los padres deportados regresen al país ilegalmente para reunirse con sus hijos. Aparentemente es lo que estaba haciendo Hernández cuando tuvo un altercado con agentes de la Patrulla Fronteriza al momento de su deportación y recibió una descarga eléctrica. Después quedó en un estado de coma y murió de un paro cardiaco. Su muerte fue catalogada como homicidio por el médico forense, y la policía de San Diego está investigando el caso.

Pero los padres necesitan tener un plan que vaya más allá de esperar que ellos regresen ilegalmente al país, especialmente dadas las dificultades y los peligros de cruzar la frontera por las montañas y desiertos.

“Siempre hay que estar preparados”, dijo Pedro Ríos, del Comité de Amigos Americanos, que a lo largo de los años ha visto de cerca cómo las deportaciones de padres han dejado vulnerables a los hijos que dejan atrás.

Ríos dijo que los padres indocumentados corren el riesgo de que cualquier contacto con las autoridades pueda resultar en su deportación, y sugirió tomar las siguientes precauciones:

  • Tener designada a una persona que pueda hacerse cargo de los niños, por lo menos de manera temporal. Esto puede incluir su cuidado diario pero también una persona a cargo de transportarlos del hogar a la escuela.
  • Tener un plan sobre qué hacer con las responsabilidades de la familia, como deudas inmediatas que pongan en riesgo los bienes de los deportados.
  • Anticipar si el plan es que la familia se reúna finalmente en su país de origen o si van a permanecer separados permanentemente. Además, tener organizados documentos importantes como actas de nacimiento y papeles de la escuela.

“Igual como se prepara uno para un incendio, hay que prepararse para una deportación”, dijo Ríos.

Es una pena que niños tan pequeños tengan que pasar por eventos traumáticos como la deportación de sus padres, o en el caso de Hernández, la muerte de su padre. Se supone que la reforma migratoria integral resolvería muchos de estos problemas, pero sigue estancada en el Congreso.

Mientras tanto, los padres indocumentados deben estar preparados con un plan. Quizá igual de crítico, deben tener listas las respuestas para esos niños preguntones, que sin duda van a querer saber por qué hombres uniformados se llevaron a papá.

Los republicanos le hacen un favor a los latinos


Por lo general, dos es mejor que uno.

Por ejemplo, es mejor hablar dos idiomas que uno. También es mejor saber navegar entre dos culturas. Y quienes vivimos en la frontera sabemos que es muy padre tener dos pasaportes.

Pero a veces es malo tener más de una cosa.

Aquí en el Condado de San Diego, por ejemplo, tenemos a dos de dos congresistas cuyos nombres son sinónimos con la inmigración ilegal. Son, en esencia, las voces más extremistas del tema.

La semana pasada escribí sobre uno de estos políticos, el republicano Brian Bilbray, que por cierto es mi congresista. Es el político que dice que puede identificar a los indocumentados por su ropa.

Esta semana me toca hablar sobre el otro político republicano.

Se llama Duncan D. Hunter y representa el distrito 52, que abarca prácticamente todo el noreste del condado.

Ambos políticos han hecho encabezados en los últimos días por sus declaraciones desorbitadas en apoyo a la nueva ley de Arizona que otorgó a la policía poderes de detener y cuestionar a personas que parezcan ser indocumentados.

La semana pasada Hunter dijo ante una congregación de seguidores en Ramona que apoyaba anular la ciudadanía de estadunidenses de los hijos de indocumentados.

California se está yendo la bancarrota, dijo, y es por causa de la inmigración ilegal.

“Lo que estamos diciendo es que ser un ciudadano estadounidense significa más que cruza la frontera caminando”, dijo el político de 33 años de edad en respuesta a una pregunta sobre si apoyaba dicha idea.

Yo digo que adelante.

Que se pare ante las cámaras y presente su propuesta de ley. Que haga una gira por el país dándoles a los latinos más razones para mantenerse alejados del partido republicano. Espero que con su mensaje inspire a otra generación de activistas hispanos.

Aunque no parezca, son este tipo de políticos los que inspiran manifestaciones y movimiento en Washington D.C., donde tiene año estancado la reforma.

La ley de Arizona ha vuelto a revivir las esperanzas de que pueda finalmente avanzar.

Su nombre, y sus argumentos miopes, podría sonarte familiar.

Hunter es el hijo de Duncan Hunter, quien ocupó el escaño luego de representar a este mismo distrito por 17 años. El renunció a su puesto en el 2008 para enfocarse en su fallida candidatura presidencial.

Su hijo ganó la elección para reemplazarlo.

En 1994, Hunter, el padre, legisló la construcción de 14 millas de cerco en la frontera entre San Diego y Tijuana, empujando el tráfico de personas al desierto. Ahora parece que el hijo ha aprendido bien del padre.

Lástima que no se dejó influir por su tío, John Hunter, un activista humanitario que con galones de agua ha buscado contrarrestar los efectos letales del cerco que construyó su hermano.

Una cosa es construir cercos para impedir que la gente pase, y otra es quitarles la ciudadanía a individuos que por ley constitucional son ciudadanos estadounidenses. Lo dice la decimocuarta enmienda.

Pero para Hunter, la inmigración ilegal es más importante que la constitución.

Durante un programa de radio hace unos días dijo que su plan no era cambiar la constitución, sino presentar una ley que solucionara el problema. Dijo que contaba con el apoyo de cerca de 100 congresistas.

Mucha suerte a él y al resto de su banda de políticos oportunistas.

Sus voces, por más radicales que parezcan, son importantes y me atrevo a decir que hasta son esenciales.

Y desde ese punto de vista, tener dos de estas voces en el Condado de San Diego es definitivamente es mejor que tener sólo una.