Visita al consulado mexicano de San Diego puede ser divertida


El costo de obtenerlo va más allá de pagar dinero

Desde antes de entrar al edificio alcancé a ver a mi conocido adversario. Estaba a un lado del detector de metales, revisando las pertenencias de los paisanos que hacían fila para entrar al consulado de México en San Diego.

Era un guardia de seguridad mexicano, o de ascendencia mexicana, armado, bigotudo, corpulento y de gran altura. Nos conocimos unas semanas antes cuando intenté pasarme de listo con él mientras pasaba por seguridad.

“Apague su teléfono, por favor”, me ordenó aquella vez. Ya está apagado, le contesté, suponiendo que recibiría el beneficio de la duda.

“Déjeme revisar su teléfono entonces”, dijo ante mi consternación.

El aparato parecía diminuto en sus manos grandes, y le tomó una fracción de segundo exponer mi mentira.

“Apague su teléfono, por favor”, me dijo nuevamente con un cierto enfado, como diciendo: “¿Crees que eres el primer paisano que me quiere ver la cara de tonto?”

Para mi más reciente visita apagué el celular antes de entrar al edificio. Iba a solicitar la renovación de mi pasaporte. Creo que me reconoció, porque cuando llegó mi turno revisó que el teléfono estuviera pagado.

“¿Sabes que una vez que entre puedo presionar un botón para encender el teléfono, no?”, le pregunté, intentando pasarme de listo otra vez. “Señor, está prohibido usar los teléfonos en el consulado, es por cuestiones de seguridad”, dijo.

Algunos pensarán que estoy loco, pero es entretenido ir al consulado. Siento que una visita ahí me acerca más a mi país que comprar provisiones en Northgate González.

Es un lugar lleno de drama y suspenso, donde siempre se te habla de usted, donde los llantos de niños se convierten rápidamente en ruido de trasfondo, donde los empleados pasan la mitad del tiempo ordenando a la gente en dónde pararse o sentarse, y en donde, a pesar de haber revisado todos los documentos varias veces, siempre existe la posibilidad de que algo te falte y tengas que regresar otro día a terminar tu trámite.

Voy aunque no tengo que ir. Soy un ciudadano estadounidense naturalizado. Tengo mi librito de pasaporte azul. Vivo de este lado, trabajo acá, tengo mi vida y mi familia en San Diego. Pero insisto en mantener lazos con mi país natal.

Lo hago porque para mí siempre ha sido importante tener un pasaporte mexicano, tanto por cuestiones culturales como de trabajo o incluso para ser propietario en México. Además, no me agrada la idea de entrar como turista a mi país natal cuando viajo al interior. Aunque tampoco tengo necesidad de hacerlo, a mis tres hijas les he tramitado la ciudadanía mexicana. Quiero que la tengan por si algún día la necesitan. En estos tiempos de incertidumbre, uno nunca sabe a dónde lo lleva la vida.

Pero para eso hay que pagar un precio, no solamente monetario ($101 dólares para un pasaporte de seis años), sino también debe apartarse medio día para hacer el trámite. Hay que pasar horas en una sala que a veces parece la central camionera de Tijuana, con la televisión apagada y con el teléfono encendido pero escondido, como si estuviera viendo un partido de futbol en misa.

No es que sea un rebelde sin causa.

Lo que pasa es que no uso un reloj y cuento con mi teléfono para saber la hora. Mi celular me da la tranquilidad de saber que mis hijas están bien en la escuela, es mi calendario y mi libreta de apuntes donde escribo ideas y cosas que son importantes para mí.

Después de tres horas de espera y de hacer fila en siete ocasiones diferentes, era solo cuestión de minutos para finalmente recibir el pasaporte. El trámite había tomado más tiempo de lo esperado y ya iba tarde a mi siguiente cita. Me urgía mandar un mensaje de texto para justificar mi falta de respeto a la persona que me esperaba.

Apenas empecé a escribirlo cuando sentí la presencia imponente de un hombre uniformado frente a mí, que seguramente me había estado observando desde la esquina opuesta de la sala.

“¡Señor!”, me dijo con dureza. “Hágase un favor y apague su celular”.

“Claro que sí, señor”, le dije mientras apagaba el aparato.

“Muchas gracias, señor”, dijo.

“De nada, al contrario. Gracias a usted”, le contesté, mordiéndome la lengua.

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