Cruzar la frontera en exceso es nocivo para la salud


ImageAdvertencia: la siguiente actividad es nociva para la salud. Puede ocasionar problemas respiratorios, cardiovasculares y cáncer. También puede generar problemas de nacimiento y aumentar el riesgo de la diabetes.

Podría sonar como la advertencia de una cajetilla de cigarros o una botella de alcohol, pero este mensaje es para todas las personas que cruzan con frecuencia la frontera entre Tijuana y San Diego.

Resulta que cruzar la frontera es malo para la salud, de acuerdo con un estudio de San Diego State University que culpa principalmente a las emisiones de gasolina y diesel de los autos parados en fila. Según el estudio, las personas que cruzan a pie absorben estos químicos cancerígenos a un nivel siete veces mayores al de una persona que vive en San Ysidro.

Así que la próxima vez que hagas tres o cuatro horas para cruzar la frontera y que te encuentres aguantándote las ganas de ir al baño en la comodidad de tu carro, o aguantándote las ganas de ir al baño en la incomodidad de la fila de peatones, acuérdate que la espera también podría matarte.

El cinismo suele ser la única defensa para quienes toda la vida hemos soportado este ridículo ritual de esperar horas para ir de Tijuana a San Diego. Los veteranos de la frontera sabemos que en esta frontera solamente los fuertes perduran. Si Charles Darwin estuviera vivo seguro aplicaría su teoría de la evolución por selección natural para estudiar a esta comunidad fronteriza.

No necesitamos un estudio para saber que cruzar la frontera es nocivo para la salud, aún para lossentrificados, que aunque suelen esperar menos tiempo para cruzar, de cualquier forma deben esperar su turno, el cual cada toma cada vez más tiempo.

Puedo pensar en muchas otras formas en que cruzar la frontera es malo para la salud. Por ejemplo, aguantarse las ganas de orinar. ¿Sabías que esto podría dañar tu vejiga y causar todo tipo de enfermedades? Yo conozco a papás que tienen botellas vacías de agua en el auto en caso de que sus hijos pequeños necesiten ir al baño. O bueno, dicen que es para los niños.

Cruzar puede ser estresante por muchos otros motivos.

Lo peor es estar atorado en la fila sabiendo que vas a llegar tarde a una cita en San Diego, o cuando te toca ir a revisión secundaria en un tan día caluroso que tu camisa se queda pegada al asiento del carro cuando te ordenan bajar del auto.

Es estresante esperar sin poder revisar tu correo electrónico o leer las noticias en tu teléfono porque el dueño de la recepción de tu celular es una compañía llamada Telcel, y si te atreves a navegar internet o mandar una foto te llegará una factura con cargos tan largos como la fila que acabas de hacer.

Encima de eso, yo suelo ir a Tijuana cuando hay fiestas o eventos, lo cual me expone más al consumo de bebidas alcohólicas que dañan el hígado, cigarros que afectan los pulmones y postres que dan diabetes. El otro día comí un callo de hacha porque quería comer algo saludable y terminé con una infección estomacal que duró más de una semana.

No estoy seguro por qué los investigadores decidieron hacer un estudio sobre la salud del cruce fronterizo. Todos sabemos que no es una actividad saludable, especialmente cuando recibes un trato despectivo por parte de un agente malhumorado por pasar el día inhalando gases cancerígenos.

Si el estudio es para presionar a los funcionarios a que agilicen el paso fronterizo, mucha suerte.

El Congreso aún no ha aprobado los cientos de millones de dólares necesarios para terminar la expansión del cruce de la garita de San Ysidro. No lo han hecho a pesar de las pérdidas multimillonarias que generan las largas esperas. Y típicamente les importa más eso que la salud de nuestra vejiga, corazón, pulmones, riñones e hígado.

Lo bueno es que hay doctores buenos en Tijuana. Las medicinas también son más baratas.

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Con el número 12, el Estadio Caliente…


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Joven xolofan.

Bajo cualquier medida, el Estado Caliente es un lugar tranquilo para ver un partido de futbol. Las familias llevan a sus hijos pequeños, los aficionados se ponen las camisetas de otros equipos sin ser acosados y el público ya dejó de lanzar cerveza al aire cuando el equipo anota gol.

Pero eso no quiere decir que el estadio no tiene chispa.

El ambiente está en la cabecera sur. Ahí están los chicos y chicas de la Masakr3, la barra más grande y apasionada del estadio, la que sigue a los Xoloitzcuintles de Tijuana al estadio Azteca, al Omnilife de Guadalajara o donde los lleve el avión.

Son unos ciento y tantos, pocos, comparados con los miles que conforman las porras de equipos “grandes” como Pumas, América, Chivas o Cruz Azul. Pero estos cientos representan a uno solo que hace sus mejores movidas no en el campo, sino en las gradas.

ImageAún es un grupo joven. No usan los mantos coloridos que  abarcan zonas enteras de las gradas de los estadios más grandes del mundo.

La Masakr3 tiene sus orígenes en 1998, cuando Tijuana tenía un equipo filial de las Chivas de Guadalajara y el sueño de jugar en la primera división era tan remoto como tener un estadio profesional de futbol como lo es ahora el Estadio Caliente, donde caben más de 20,000 almas.

Pero como lo han demostrado los Xolos desde que subieron a primera división en 2011, la pasión compensa por la falta de historia. Aunque el equipo apenas fue fundado en el 2007, hoy en día se ha convertido en el equipo sensación del futbol mexicano y de paso en el orgullo de Tijuana y San Diego.

Esta es su segunda liguilla consecutiva, lo cual ha brindado a los fronterizos la satisfacción que no han podido dar en los últimos años los Chargers ni los Padres.

ImageTerminaron la temporada en segundo lugar, los cual les asegura un lugar en la legendaria Copa Libertadores de Sudamérica. Esto quiere decir que el Estadio Caliente podría ser la sede de partidos con algunos de los grandes del continente, como Boca Juniors, Sao Paulo o Flamengo.

El ambiente estará más prendido que nunca este domingo 18 cuando los Xolos reciban al Monterrey en el partido de vuelta de cuartos de final. Hicieron historia al vencer a Monterrey en el partido de ida, y ahora intentarán hacerlo de nuevo en casa.

Las gradas que más aplauden

Los chicos y chicas de la Masakr3 ven con escepticismo las preguntas de un reportero, quien indaga sobre lo que es formar parte de la porra más grande de la frontera. Le dicen que mejor hable con KBurro, el líder oficial del grupo. Él es un tipo agradable, rapado y robusto, vestido de rojo y negro, los colores del equipo. Suele tener la garganta áspera de tanto gritar.

“Nosotros apoyamos el equipo en las buenas y en las malas, jamás lo abandonaremos”, dijo, reconociendo entrelíneas que el fútbol se conforma de alegrías y sufrimientos. “Afortunadamente ahorita estamos viviendo una época muy especial”.

ImageSi no fuera por la Masakr3, los partidos de futbol en Tijuana serían tan apagados como un partido de los Padres de San Diego en Petco Park. Son ellos quienes ponen el ritmo del partido con sus cánticos, convirtiendo el campo en una pista de baile de futbol.

La fiesta comienza unos 15 minutos antes del partido, cuando la porra hace su entrada a las gradas con tambores, trompetas y cánticos que ensayan durante la semana. La mayoría de las canciones son originales, y a veces escriben canciones para apoyar a miembros específicos del club. Hace unas semanas, por ejemplo, hicieron un cántico en apoyo al técnico Antonio Mohamed, que está contemplando regresar a su natal Argentina después de esta temporada.

La Masakr3 tiene una sección exclusiva en la cabecera sur, desde donde animan al equipo por 90 minutos sin parar, y desde donde lanzan insultos personalizados a los jugadores contrarios que pisan el pasto sintético del estadio, el único de su tipo en México.

ImageEn esta zona las butacas no tienen respaldos. No los necesitan. Está prohibido sentarse. Contrario a lo que uno podría pensar, nadie bebe cerveza. Todos ya están borrachos de pasión y adrenalina. La constante ondeada de banderas provee sombra en los días más calurosos, pero no hay manera de esconderse de las miradas de desaprobación si no cantas o brincas con el resto del grupo.

Es difícil saber qué impacto tienen las porras en el resultado de un partido, si en verdad los jugadores contrarios se intimidan y fallan goles. Pero en septiembre de 2011 la Masakr3 tuvo un problema de seguridad y no se le permitió la entrada al estadio. La cabecera sur estuvo vacía a pesar del lleno del estadio.

El resultado: Tijuana perdió 2-0 contra Estudiantes, y el equipo cayó a la penúltima posición de la tabla general.

Hoy en día el Estadio Caliente se ha convertido en una auténtica fortaleza. En esta temporada ningún equipo logró vencer a los Xolos en casa. Monterrey intentará hacerlo, pero Tijuana tiene la ventaja porque, en el Estadio Caliente, no son 11 contra 11. Son 11 contra 12.

A todos nos cae bien un baño de cerveza de vez en cuando


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La cerveza: un líquido que tiene por lo menos tres usos

Según yo, la cerveza tiene solamente dos usos: te la puedes tomar o puedes usarla para darle un poco de sabor a la carne asada.

No fue sino hasta que empecé a ir a los partidos de los Xolos al Estadio Caliente de Tijuana que descubrí que la cerveza podía tener un tercer uso: lanzarla al aire en una expresión eufórica de celebración cuando tu equipo anota un gol.

Fue una sensación extraña la primera vez que experimenté un baño de cerveza. El equipo acababa de anotar y casi todos a mi alrededor lanzaron la cerveza al aire, la cual apagó mi grito de gol como una cubeta de agua apaga una fogata en una noche fría y seca.

Sabía que los aficionados celebraban los goles aventando la cerveza, pero nada me pudo preparar para la experiencia de sentir una cerveza ajena escurriéndome en el cabello y la cara, e impregnando mi ropa con el olor a alcohol.

Es un poco estresante cruzar la frontera después del partido y tener que explicarle al oficial de inmigración que el olor a cerveza que escapa de tu cuerpo era de un aficionado que estaba sentado tres filas abajo de ti.

Pero todo esto llegó a un sorpresivo e irreal fin el viernes 20 de julio en el juego inaugural de la Apertura 2012 entre Xolos y Puebla.

Mientras el mediocampista tijuanense Fernando Arce se preparaba para cobrar un tiro directo cerca de la portería contraria, yo me preparaba para un posible gol y baño de cerveza. Me ajusté la gorra para taparme el rostro lo más que pudiera, y con una mano tapé mi vaso de cerveza.

Arce tomó su tiempo. Se acomodó, apuntó y cobró un tiro feroz que pasó con chanfle por encima de la barrera y se incrustó en las redes de la portería de Puebla.

Golazo.

El estadio explotó en euforia pero extrañamente ningún aficionado a mí alrededor se atrevió a lanzar su cerveza al aire. Mientras celebraban el gol, algunos volteaban a los lados sorprendidos de que seguían secos, con sus cachuchas bien ajustadas y con una mano tapando su cerveza.

Unas semanas antes el club había advertido en las redes sociales y en las noticias que sancionaría a los aficionados que vaciaran su cerveza en otras personas. Esto para fomentar un ambiente familiar dentro del estadio. Quienes violaran esta ley serían echados del partido e incluso podrían perder su xolopass, o pase de la temporada.

Aunque desde siempre he expresado mi molestia ante esta tradición, debo confesar que extrañé el espectáculo de ver a cientos de personas lanzar su cerveza al aire al mismo tiempo. De hecho, el gol se sintió apagado a pesar de haber sido el primero de la temporada.

Ahora que me pongo a pensar en ello, hacía varios juegos que habían dejado de molestarme los baños de cerveza.

Por lo general llevaba un cambio de ropa en el auto en caso de que saliera mojado, y en los últimos partidos de la temporada pasada hasta yo mismo había apartado un poco de cerveza caliente para lanzarla al aire.

Era divertido ver a alguien que me acompañaba por primera vez al estadio ser bautizado por un vaso de cerveza Tecate o con un clamato con todo y almejas, chile y limón. En más de una ocasión tuve que defender a mi acompañante que fue acusado de vaciar la cerveza en la cabeza de alguien más grandote que los dos juntos. Bueno, nuestra defensa consistió en echarle la culpa a alguien más.

Recientemente mi única inconformidad con lanzar cerveza al aire era que después había que gastar otros seis dólares para llenar el vaso de 24 onzas, y además había que hacer una fila larga con otros aficionados desconsiderados.

Yo no voy a ser el aficionado que le escriba una carta a los directivos del equipo para pedirles que nos dejen tirar cerveza otra vez. Pero si seré el primero en admitir que extrañaré esta celebración irracional. La verdad es que a todos nos cae bien un baño de cerveza de vez en cuando.

Xolos tiene todo que ganar, nada que perder


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Xolos sigue haciendo historia.

Antes de comenzar cada partido, después de presentar a cada uno de los 11 jugadores titulares del Club Tijuana Xoloitzcuintles de Caliente, la voz detrás del micrófono proclama: “¡Y con el número 12, el Estadio Caliente!”. En ese instante explota una bomba de decibeles, encendida por los aplausos y gritos eufóricos de los más de 16 mil aficionados que durante toda la temporada llenaron por completo cada partido.

Su lealtad, cariño y determinación ha sido más que compensada, así como toda la cerveza que desperdiciaron arrojándola al aire cada vez que el equipo anotó un gol: Tijuana tiene apenas un año en Primera División, y ya está entre los ocho mejores del futbol mexicano. Gracias al gran desempeño del equipo en la cancha, el equipo tiene asegurado por lo menos otro año más en Primera.

El miércoles, el equipo de Tijuana juega su primer partido de octavos de final en su historia contra el poderoso Monterrey, un equipo que tiene a algunos de los jugadores más destacados de la liga, incluyendo a los internacionales Humberto Chupete Suazo y Aldo de Nigris. El sábado, los Xolos juegan el partido de vuelta en el Estadio Tecnológico de Monterrey, donde ningún equipo logró salir con el triunfo durante la temporada.

La razón nos dice que Xolos tiene pocas probabilidades de pasar esta dura prueba. El equipo, finalmente, estaba diseñado para mantenerse en Primera División y no para ganar campeonatos. Además, en el futbol, la historia a veces pesa más que la determinación propia de los jugadores.

Monterrey es actualmente bicampeón de la CONCACAF, y ganador de varios títulos del futbol mexicano. Su técnico fue finalista para dirigir la selección mexicana. Por su parte, Tijuana es un equipo que apenas está marcando su historia, partido tras partido, gol tras gol, baño de cerveza por baño de cerveza.

Su estadio está en plena construcción. Las varillas y barras de acero son todavía más grandes que los muros de concreto que algún día reforzarán. Afuera, la mayor parte del terreno sigue sin pavimentar. La gente levanta el polvo cuando entra y sale del recinto, y los baños con ventanas de rejas parecen ser más propicios para un reclusorio que para un estadio de futbol.

Los palcos temporales de los ricos delatan su fragilidad, y dan la sensación de que podrían derrumbarse con la emoción descontrolada de un gol. La tienda del estadio, donde se venden las camisetas oficiales del equipo por unos 70 dólares, no tiene todavía la capacidad de aceptar tarjetas de banco o crédito.

También tiene carencias en la cancha. Su propio técnico, Antonio Mohamed, lo reconoce.

“No tenemos el juego que tienen otros equipos, pero tenemos otras fuerzas, y nosotros tenemos que potenciar la fortalezas que tenemos y tratar de disimular las carencias que tenemos. Sabemos que no somos para nadie favoritos, pero para nosotros somos favoritos”, dijo hace unos días.

Xolos entra a los cuartos de final como la mejor defensiva del torneo. Monterrey, como la segunda mejor ofensiva del torneo. La serie promete estar llena de emociones, especialmente si Tijuana saca un buen resultado el miércoles, como un empate o incluso un triunfo.

¿Por qué no? Tijuana ya venció 1-0 a Monterrey a principio de la temporada en el Estadio Caliente, aunque después salió goleado 4-2 en el Tec.

Tijuana tiene mucho que celebrar ya conque su equipo ha llegado tan lejos. Y también San Diego. Finalmente, Xolos tiene entre sus filas a tres jugadores estadounidenses de ascendencia mexicana, incluyendo al internacional Joe Corona, un graduado de la preparatoria Sweetwater.

En Tijuana la gente se pone con orgullo las camisetas del equipo, y los carros compiten por pegarle la calcomanía más grande del equipo en sus ventanas. En San Diego comienzan a verse cada vez más autos con calcomanías del equipo.

En esos momentos, es difícil pensar en alguna otra cosa que unifique más a San Diego y Tijuana.

Xolos bien podría quedar fuera de la liguilla este sábado. Incluso podría salir goleado por uno los equipos más fuertes y consistentes de la liga. Pero pase lo que pase, no estarán solos. Siempre podrán contar con el jugador que porta el número 12.

¡Vamos, Xolos!

Los Xoloitzcuintles cuentan con un aficionado más


La primera vez que escuché el nombre de este equipo de futbol de Tijuana, tuve que pedir que repitieran el nombre por lo menos dos veces, la segunda vez más lenta que la primera.

Xoloitzcuintles.

¿Cholos qué?

Xo-loitz-cuint-les.

Ah qué bueno, dije sin poder evitar el impulso de rascarme la cabeza.

¿Y qué significa eso?

Además de ser un equipo recién ascendido a la primera división del futbol mexicano, resulta que los xoloitzcuintles son unos perros generalmente lampiños que, para no decir que son feos, digamos que no son muy agradables a la vista.

Así ocurrió mi primer acercamiento con este club que unas temporadas después sudebiría al máximo circuito del futbol de México y que le daría tanto orgullo a mi ciudad natal de Tijuana, que por tantos años ha visto su reputación caer tan rápido como los castillos de bala de un cuerno de chivo endiablado.

Incluso para un aficionado del futbol tan apasionado como yo, cuyos puntos de referencia en la vida son los mundiales de futbol, su ascenso fue una sorpresa total.

Admito que desde hacía muchos años me había hecho a la idea de que Tijuana jamás tendría un equipo de futbol de primera división. Sólo así podía justificar mi deambulación por los equipos de la primera división: unas veces apoyaba a los Pumas de la UNAM, otras a las Chivas de Guadalajara, y en ocasiones a Santos de Torreón o incluso al Cruz Azul; una temporada le iba al Monterrey, y en la siguiente podría apoyar a sus acérrimos rivales, los Tigres. Lo único coherente de mis preferencias ha sido un profundo desdén por el América, una institución que aún hoy en día piensa que puede comprar el amor.

Mis amigos aficionados que habían nacido o vivido en ciudades futboleras con equipos de primera división, y que tuvieron la fortuna de crecer asistiendo a partidos en los estadios, no podían entender cómo era que podía irle a más de un equipo.

Soy de Tijuana, les explicaba. Nosotros no tenemos equipo de primera división. Por lo tanto tenemos el derecho de irle a quien queramos y por el tiempo que se nos antoje. Y para probarlo les contaba de la extensa variedad de camisetas de diferentes equipos que tenía en mi clóset, y que usaba dependiendo de cómo me sentía el día que quisiera ponerme una.

A lo largo de los años vi cómo muchos equipos de Tijuana intentaron sin éxito subir al máximo circuito: Dorados de Tijuana, Chivas de Tijuana, Nacional de Tijuana y Trotamundos de Tijuana. Recuerdo con cariño especial al Inter de Tijuana, un equipo de segunda división de finales de los 1980 y considerado el primer proyecto serio de la ciudad.

Muchos de los jugadores vivían en el mismo edificio donde vivía mi abuela, en Colinas de Agua Caliente. Ella tenía un departamento en el primer piso, y los jugadores, que vivían en los pisos de arriba, la consideraban prácticamente parte del equipo.

Era común visitar a mi abuela y encontrar a varios jugadores sentados en sala viendo televisión mientras ella cocinaba alguna cosa. Siento decir que no era un equipo muy bueno. Dudo incluso que hubieran sacado mejores resultados si mi abuela les hubiera puesto clembuterol en la comida.

Como otros tijuanenses, la falta de un equipo local me obligó a formar alianzas con otros equipos del interior de México. Y yo era feliz siendo un aficionado ambulante. Bueno, hasta que los Xoloitzcuintles subieron a la primera.

Ahora me siento algo confundido, como si estuviera por entrar en un matrimonio hindú en donde conozco poco o nada de mi nueva pareja. Y el sábado 23 será como una boda en el estadio Caliente cuando los Xoloitzcuintles se enfrenten contra los Monarcas de Morelia en su primer partido en primera división.

Qué importa que tenga un nombre poco común, tan feo, o bueno, tan poco amable a la vista, como los perros del mismo nombre. Qué importa que su dueño sea una figura controversial. Qué importa cuánto tiempo duren en primera división.

Esto es futbol, y puedo decir que finalmente tengo un equipo.

Y ahí estaré en las gradas para verlo por primera vez.

EU debe recibir a más periodistas exiliados


En México, los periodistas deberían escribir en tinta roja color sangre.

Sería una protesta apropiada en honor a las docenas de reporteros que han sido asesinados a sangre fría en los últimos años como resultado de la guerra contra los carteles de las drogas.

Por si fuera poca la impunidad con la que operan los agresores, que podrían ser tanto narcotraficantes como las mismas autoridades, los periodistas que buscan refugio al norte tienen que enfrentarse con un gran obstáculo: las pocas oportunidades de asilo político que hay en los Estados Unidos.

Desde que el gobierno de Felipe Calderón lanzó su guerra impulsiva y no planeada contra los carteles de las drogas, unos 50 periodistas han sido asesinados en México. Otros tantos fueron secuestrados, torturados e intimidados simplemente por ser los mensajeros de las malas noticias. Esta misma semana un columnista en Veracruz fue asesinado junto con su esposa e hijo cuando dormían en su casa, mientras que en ese mismo estado las autoridades encontraron el cuerpo de otro periodista que había desaparecido. A principios del mes un editor de noticias fue secuestrado en Acapulco.

A pesar de esto, solamente a un periodista, Jorge Luis Aguirre, del portal de noticias LaPolaka.com de Ciudad Juárez, le ha sido otorgado el asilo político en los Estados Unidos.

El tema del asilo político tomó fuerza hace unos días durante el congreso anual de la Asociación Nacional de Periodistas Hispanos que se celebró en la ciudad de Orlando, Florida. Fue ahí donde tres periodistas que buscan asilo político en este país recibieron un reconocimiento por su trabajo.

Ellos son Emilio Gutiérrez Soto, un reportero de Ciudad Juárez que recibió incontables amenazas después de investigar abusos por parte del ejército; Ricardo Chávez, conductor de un programa de radio que huyó de Ciudad Juárez luego del asesinato de dos de sus sobrinos; y Alejandro Hernández, un camarógrafo de televisión que fue secuestrado en Durango.

Para Gutiérrez ya han pasado alrededor de tres años desde que solicitó asilo político, mientras que Chávez tiene desde el 2009 que cruzó la frontera. Hernández, el camarógrafo, llegó a los Estados Unidos en octubre del año pasado.

Mientras sus casos son analizados por las autoridades estadounidenses, estos reporteros viven en el limbo; no pueden trabajar para alimentar a sus familias, ya sea porque no pueden encontrar trabajo o porque no tienen autorización para hacerlo, y tampoco pueden regresar a México por miedo de sufrir represalias.

“Salimos de nuestros países sufriendo y sin nada”, dijo Chávez, quien continúa transmitiendo su irreverente programa de radio sobre los asesinatos en Ciudad Juárez, pero desde la relativa seguridad de El Paso, Texas.

Ha llegado el momento para los Estados Unidos de asumir la responsabilidad que le corresponde como el consumidor de las drogas que pasan por México y otorgar más asilos políticos a periodistas y a otras víctimas de esta guerra.

Finalmente, el periodismo es el guardián de la democracia y la libertad, valores que Estados Unidos propaga por el mundo.

México es uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo. Y no estamos hablando necesariamente de periodismo de investigación en donde se exponen a políticos de alto rango ligados al crimen organizado. Muchos medios de comunicación han dejado de hacer eso desde hace mucho tiempo, con claras excepciones como el semanario Zeta de Tijuana o la revistaProceso.

Hoy en día, sin embargo, la situación es tal que muchos periodistas son agredidos simplemente por reportar cuántas personas murieron en un tiroteo y cuáles eran sus nombres. Es decir, información que a veces va un poco más allá de un boletín de prensa.

“Lo que más les duele a los narcos es que reportes los nombres de los muertos o de los involucrados porque ellos viven en el anonimato”, dijo Chávez. “No hay algo que los haga enojar más”.

El primer paso para ganar esta guerra es una prensa libre que pueda ejercer su función como el guardián de la democracia en México que tenga la capacidad de exponer asesinatos, casos de corrupción y abusos a los derechos humanos por parte del gobierno.

No olvidemos que toda esta sangre se ha derramado porque los consumidores en los Estados Unidos esperan con ansiedad las drogas que pasan por México. Lo mínimo que puede hacer este país es abrir sus puertas y arropar a quienes huyen de un problema que los Estados Unidos ayudó a regenerar.

Aprender inglés tiene que ver más con perder el miedo de hablar


Yo le debo mucho a las caricaturas.

Aparte de ser los superhéroes y maestros del universo que me entretuvieron por horas sin fin cuando era pequeño, fueron también mis mejores maestros de inglés.

Crecer en Tijuana en los 1980 significaba recibir al aire libre los canales en inglés de San Diego, y en contraste con mis hermanos que preferían jugar en la calle, para mí no había nada mejor que encerrarme a ver televisión.

Es algo que recordaría años después, sentado frente a una profesora en la universidad. La maestra acababa de entregar un ensayo que escribimos de tarea y me pidió que la acompañara a su despacho después de la clase.

No sabía el motivo de la cita, pero sospechaba que tenía que ver con la tarea.

“Hiram, ¿dónde estudiaste la preparatoria?”, me preguntó en un tono amable.

“En Tijuana”, contesté.

“¿Y dónde aprendiste inglés, ahí en la preparatoria?”

“En realidad no”, le contesté, “más bien viendo caricaturas cuando era niño”.

Ella sonrió, y me contestó que debía tomar más clases de inglés porque mi ensayo estaba muy por abajo del nivel de una redacción universitaria. Salí desilusionado y más consciente que nunca de que realmente nunca tuve clases formales de inglés.

En la escuela en Tijuana nos enseñaban que gato era cat y que casa era house. Para mí no había mucha diferencia entre una clase de inglés de primaria y una de preparatoria. De repente corría el riesgo de no terminar la universidad por no saber hablar bien inglés.

Habían pasado apenas unos meses desde que salí de Tijuana luego de que mis padres emigraron a los Estados Unidos por la crisis económica de los 1990. En poco tiempo pasé de ser un chico seguro de sí mismo a un estudiante tímido e inseguro que aprendió inglés viendo dibujos animados.

Podía tener una conversación en inglés y escribir frases, aunque con obvios errores ortográficos. Me daba pena equivocarme al hablar y socializaba poco con los anglosajones. Prefería asociarme con los latinos y hablar español.

Tomé más clases, hice los ejercicios y practiqué inglés con los estudiantes asiáticos, que estaban peor que yo. Pero pronto descubrí que aprender inglés tenía más que ver con vencer mis miedos que con leer un libro y repetir frases.

Hablar inglés se había convertido en el equivalente a tener una pésima voz y tener que subirse a un escenario a cantar karaoke.

Mis inseguridades eran fácilmente captadas por otros.

Notaba que mis colegas estudiantes perdían la paciencia rápidamente cuando detectaban mi acento o cuando veían que tenía dificultad comunicando algo. Era difícil hacer amigos. En las tiendas sentía que los empleados no me daban buen servicio cuando me escuchaban hablar.

Pero luego sucedió algo que cambió todo.

Un día la compañía que preparaba la comida en la cafetería universitaria prohibió que sus empleados hablaran español.

Era alrededor de 1996, cuando el ambiente antiinmigrante en California había llegado a su cúspide con la fallida proposición 187 que prohibía los servicios públicos a indocumentados.

Los empleados de la cafetería eran mis amigos. Todos los días me detenía a platicar con ellos mientras llenaba el plato de comida. Hablamos de futbol, platicábamos de lo que pasaba en México y Latinoamérica, y compartíamos nuestras experiencias como inmigrantes.

La nueva regla nos impediría hablar español.

Como miembro de la organización estudiantil MEChA decidí hacer algo.

Escribí cartas de protesta a la empresa, me reuní con el chef ejecutivo de la cafetería, con quien tuve discusiones profundas sobre el tema, y junto con otros estudiantes latinos hablé con los administradores universitarios.

La compañía de comida finalmente permitió que el español regresara a la cocina.

No fue sino hasta después que me di cuenta que no me importó equivocarme.

Levantaba la voz, movía las manos, convencía a la gente, y todo en inglés.

Había perdido el miedo de subirme al escenario y cantar karaoke.

Me pregunto cuántas personas que están aprendiendo inglés le tienen miedo al micrófono, a equivocarse, a hacer el ridículo.

Unos años después terminé los estudios y aunque mi inglés estaba lejos de ser perfecto, nunca jamás podría dejarme intimidar por mi acento o mis limitaciones.

Le doy gracias a esa maestra por mandarme a tomar clases de inglés, y a las caricaturas por entretenerme y educarme, por más extraño que suene.

Dejar Tijuana no fue fácil


Por Hiram Soto

Hace 15 años empaqué mis maletas y dejé Tijuana.

La casa donde crecí ya no tenía muebles, con excepción de una cama inflable donde dormía. Los cuartos de mis hermanos estaban vacíos, esperando la llegada de otra familia. La cocina estaba silenciosa y fría, como una fábrica abandonada.

La crisis económica había obligado a mis padres a dejar su vida atrás y emigrar a San Diego, como muchas familias lo han hecho hoy escapando la violencia y el narcotráfico. Yo era el único que se rehusaba a dar el paso al norte, por más cerca que estuviera de Tijuana.

Siempre me había gustado vivir ahí, aunque para muchos era sólo una ciudad de paso, un lugar extraño que tenía poco de México, un depósito de carros viejos del “otro lado”. Yo prosperaba en el caos ordenado de la ciudad, donde operaba básicamente bajo una regla: no meterse con los narcos.

Mis padres habían hecho el sacrificio de inscribirnos en escuelas privadas, y coincidentemente compartí escritorios con la primera generación de los llamados narco juniors, o hijos de gente adinerada cuya única aspiración era convertirse en narcotraficantes.

Era la época en que el cartel de los hermanos Arellano Félix estaba en ascenso, y en donde lo último que esperaban estos padres ricos de los narco juniors era que sus hijos movieran droga y mataran gente. Eso era algo que hacía la gente de pocos recursos que buscaban un camino rápido a la riqueza. Nunca se dieron cuenta de que sus hijos también buscaban fama y respeto, como cualquier otro adolescente.

Las lecciones eran severas para quienes no respetaban esta regla.

Un pleito a golpes en la escuela o una fiesta podía terminar a balazos, como sucedió con varios amigos o conocidos. O peor aún, podía culminar en una desaparición. No sabías con quién te metías, no sabías qué podía enfurecer a un joven armado con mucho que probar. Por eso era importante evitar problemas, aunque a veces los problemas lo encontraban a uno.

Un día me tocó agarrarme a golpes, y para mi mala fortuna mi contrincante era un aspirante a narco que andaba buscando probarse. Nunca supe con certeza qué tipo de peligro corría mi vida, pero recibí amenazas por varios días. Llegaba tarde a la preparatoria y me iba temprano, o al revés. Durante la hora del receso no salía del salón. Me encerré en mi casa por varias semanas.

Fue durante ese tiempo que el inseparable amigo de mi hermano menor había desaparecido junto con otro muchacho. Todos sabíamos que le pudo haber tocado a mi hermano si hubiera andado con ellos. Nunca se supo más de estos chicos.

A pesar de que esta violencia naciente era tan sólo un preludio a la brutalidad que veríamos años después, Tijuana para mí no era sinónimo de narcotráfico; era simplemente una ciudad situada accidentalmente a un lado del país más poderoso del mundo. Aún con los problemas que siempre ha tenido, me sentía seguro caminando sus calles y manejando sus boulevards, y aún lo siento así. Disfrutaba el ritmo frenético de la ciudad. Tenía una novia, una banda de rock y muchos amigos. Al otro lado, sin embargo, no era nadie y no tenía nada.

Resentía que cuando cruzábamos a San Diego teníamos que ponernos los cinturones de seguridad, y me impresionaba cómo nos convertíamos en gente ordenada y cumplidora de la ley.

No entendía por qué en las zonas residenciales de San Diego rara vez había gente en la calle. En Tijuana parecía que siempre había alguien haciendo algo en cada esquina de la ciudad. Mi madre solía bromear que al principio las noches eran tan silenciosas de este lado que le costaba trabajo dormir.

Finalmente hice las paces con el destino y un día cruce la frontera con mis maletas y me uní a mi familia. Me convertí en un inmigrante más que tomaba la decisión de dejar a un país pobre por uno más rico, y por momentos me sentía como que me vendí al mejor postor.

Unos meses después recibiría un paquete en el correo de la Universidad de Redlands, una escuela cerca de San Bernardino, informándome que aceptaban mi solicitud para estudiar ahí.

Pronto tendría que empacar mis maletas una vez más y empezar uno de los retos más grandes de mi vida: ir a una universidad en Estados Unidos sin realmente saber escribir o hablar inglés.

Tijuana parecía más lejana que nunca.

Our border lifestyle is slowly dying


Other business owners would have given up a long time ago. But it’s hard to close a store your parents bought from the meager profits of selling cigarettes and sombreros in the streets of Tijuana.

Even though the last two years have been the hardest for Angie’s Place, a Mexican arts and crafts store on Revolution Ave., Angelina Velazquez refuses to give up. She is 77 and determined to turn around the store her parents sacrificed so much to buy.

Days go by without selling a single item, but she still manages to pull through. Some weeks she pays her employees only part of their salary.

The point is to stay open, she says.

“I do it to honor my parents.”

She reminded me of how much we’ve lost as border residents in the last 10 years.

It wasn’t long ago that I would go to Tijuana just to eat some street tacos, the best in Mexico. I used to go to restaurants, movies and I would cross at a moment’s notice to see friends and family.

The only downside was a long but tolerable wait to cross back into San Diego.

But now things are about to get even harder for people whose livelihood depend on tourists or visitors from north of the border, and generally for people who cross the border on a regular basis.

The long waits of late to cross into Mexico will become permanent in January when the Mexican government completes a port modernization that includes new security measures designed to stem the flow of weapons and money from the U.S.

The purpose is to weaken Mexican drug traffickers.

I wonder how effective these new measures will be given the U.S. spends billions of dollars more in border security, but only manages to intercept a small quantity of drugs and other contraband.

The long waits to cross into Mexico are just another blow to our border lifestyle, which has been slowly dying.

The new security measures put in place after the September 11 attacks made the long lines crossing north longer and slower. Then came the kidnappings and beheadings, which scared many away.

The recession took away our disposable income, and if that wasn’t enough, the U.S. government made us spend time and money getting a passport just to cross back to San Diego.

A passport to go to Revolución?

Now we’ve come full circle with long lines to cross into Mexico.

One more excuse not to visit Baja California.

I sympathize with the thousands of families that will now have to spend more time in their cars instead of with their families. It seems Mexico City, like Washington D.C., forgets that people work and live on both sides of the border.

Some, like Velazquez, refuse to give in.
Her store on 4th and Revolution has given her a comfortable lifestyle and helped finance the college education of several family memberS, some of whom live and work in San Diego.

These days, Velazquez says Europeans are keeping her store alive.

It seems they are the only one who still get excited about taking a photo in Mexico wearing a sombrero and sitting on a donkey dressed as a zebra.

I’m glad someone still has the luxury to cross to Tijuana just to have fun, even if they have to come from the other side of the Atlantic. And that’s a good enough reason for Velazquez to stay open.

“I wouldn’t like to see Europeans visiting Tijuana and nobody there to welcome them.”

Nuestro estilo de vida fronterizo está muriendo


Otros empresarios hubieran cerrado el negocio desde hacía tiempo. Pero es difícil clausurar una tienda que tus padres compraron vendiendo cigarros y sombreros a turistas en las calles de Tijuana.

A pesar de que los últimos dos años han sido los peores en la historia de Angie’s Place, un puesto de curiosidades en la avenida Revolución, Angelina Velázquez se rehúsa a darse por vencida.

A sus 77 años insiste en sacar adelante la tienda que tanto lucharon sus padres por comprar.

Qué importa si pasan días sin que la tienda venda un solo artículo o si tiene que pagar a sus empleados en abonos.

Lo importante es mantenerse abiertos.

“Lo hacemos por honrar a nuestros padres,” dijo Velásquez.

Su historia me hizo pensar en que tanto hemos perdido los residentes fronterizos durante los últimos 10 años.

No hace ni 10 años que yo solía ir a Tijuana simplemente a comer unos tacos. Iba a restaurantes, al cine y a fiestas con familiares o amigos. La única inconveniencia era hacer una fila larga pero tolerable para regresar a San Diego.

Las cosas prometen ponerse aún más difíciles para todos aquellos que dependen de los turistas o visitantes del norte de la frontera, y en general para todos los que cruzan cotidianamente.

En enero se harán permanentes las nuevas medidas de seguridad en la garita para cruzar a Tijuana, y con ello vienen dos situaciones inminentes: más demoras para cruzar a México, y para los turistas y viajeros recreativos, una excusa más para no visitar Baja California.

El gobierno mexicano está en proceso de modernizar sus garitas para combatir el tráfico ilícito de armas y dinero lavado proveniente del norte.

La idea es debilitar a los narcotraficantes privándolos de estos dos elementos esenciales para ellos.

Pero no estoy seguro de qué tan efectivas serán estas medidas.

Los Estados Unidos gasta miles de millones de dólares más en seguridad fronteriza y no es ningún secreto que sólo logran interceptar una pequeña parte del contrabando que estos mismos narcotraficantes mandan al norte a través de sistemas sofisticados de distribución

Lo más probable es que las demoras reduzcan aún más el número de personas que visitan Tijuana y la costa de Baja California, y que gastan los dólares que tanto necesitan empresarios y familias al otro lado de la frontera.

No deberíamos sorprendernos. La frontera se ha venido haciendo más chiquita desde hace varios años.

Primero los ataques del 11 de septiembre de 2001 propiciaron que se alargaran las filas para cruzar al norte.

Después los secuestros y decapitaciones en Tijuana se encargaron de asustar hasta a los turistas más tercos.

Después vino la recesión, y por si no fuera poco, el gobierno estadounidense nos hizo gastar dinero en un pasaporte para poder reingresar a San Diego.

Y el colmo es que ahora tenemos que hacer filas largas también para entrar a México.

Este nuevo obstáculo promete reducir la calidad de vida de miles de personas que viven o trabajan en uno u otro lado de la frontera ya que ahora pasarán más tiempo en sus carros en lugar de estar con sus familias.

A pesar de que casi no hay turistas en la avenida Revolución, Velázquez siente un gran apego a su tienda de curiosidades.

Gracias a ese puesto entre la calle Cuarta y Revolución, su familia logró mandar a sus hijos a universidades en México y los Estados Unidos.

Incluso algunos de ellos son profesionistas en San Diego.

No todos en su familia pudieron darse el lujo de permanecer abiertos.

Dos de sus hermanas también tenían negocios ahí, pero ellas ya desocuparon los puestos y ahora los locales están en renta.

Velázquez dijo que la tienda sobrevive prácticamente de los turistas europeos, que aún se emocionan por tomarse una foto en México con un burro pintado de cebra y un sombrero mexicano.

Parece que son los únicos que pueden darse el lujo.

Para nosotros los obstáculos son ya muchos para cruzar la frontera más transitada del mundo y es una pena que Tijuana tenga que depender de turistas del otro lado del Atlántico.

Para Velázquez, sin embargo, son su única esperanza.

“No me gustaría que vinieran los europeos y que no haya alguien que los reciba.”