6 cosas que digo adiós al terminar la década


Con mucho gusto me despido del fax, mi amigo caprichoso.

Por Hiram Soto

La primera década del nuevo milenio terminó, y con ella también llegó o está llegando a su fin la era de artículos, costumbres y tecnologías que alguna vez formaron parte esencial de nuestras vidas, como los teléfonos fijos, las videocaseteras e incluso el tradicional noticiero de televisión.

Entre la nostalgia y el agradecimiento, quisiera tomar este espacio para escribir un breve epitafio para algunas de las cosas que diremos adiós junto con la década de los 2000.

Máquinas de fax: El otro día mandé un fax, pero de mi teléfono celular. No tuve que insertar un papel, marcar un número ni tratar de interpretar los ruidos de la máquina para saber si el mensaje urgente llegó a su destinatario. Simplemente tomé una foto del documento con el teléfono, edité la imagen (estaba algo oscura y la corté un poco) y la mandé al teléfono y correo electrónico de la otra persona. Más rápido, más ecológico y más seguro. Hasta luego, máquina de fax. En realidad nunca me caíste bien. Te tragaste más faxes de los que mandé.

El noticiero de las 6 p.m.: Ya sea de noticias o deportes, el noticiero de las 11 a.m, 12 p.m., 4, 5, 6, 10, 11 o el que sea, comenzó a ver su fin durante esta década, por lo menos para mí. Los tiempos de cortos promocionales como “40 heridos en un accidente en San Diego, todos los detalles a las 11” van quedado en el pasado. Si hay una noticia importante y quiero saber todos los detalles, voy a internet donde puedo encontrar la información de varias fuentes con fotos, videos y comentarios. ¿Ganó o perdió mi equipo de futbol? Qué esperanzas que me espere a las 11 p.m. Para esa hora ya estoy dormido. Simplemente reviso mis páginas de deporte en internet o leo lo que la gente está diciendo en Facebook y los goles en sitios como YouTube.

Anuncios de televisión: Nunca me han gustado los comerciales: son ruidosos (tienen un volumen más alto de lo que estabas viendo en caso de que no te hayas dado cuenta), suelen ser enfadosos, especialmente cuando incluyen payasos y dibujos animados, y siempre tienen la intención de venderte o convencerte de algo. Hoy, gracias a aparatos como DVR que graban la programación, simplemente no los veo. Tengo varios años utilizando esta tecnología y aún me sigue dando un gran placer adelantar todos los anuncios una vez que he grabado mi programa favorito. ¡Adiós anuncios!

Discos compactos (CD’s): Comencé mi carrera periodística escribiendo sobre música latina, y como consecuencia acumulé una gran cantidad de átomos comprimidos en la forma de discos compactos. Pero aparatos como el iPod o reproductores de MP3, que comenzaron a salir a principios de la década, han puesto prácticamente fin a esa era, y a mi colección de discos. Hoy en día mi música la tengo almacenada digitalmente y puedo tocarla casi donde quiera y cuando quiera. Lo que da más gusto de esta desaparición es que ya no veremos más discos compactos colgados del espejo retrovisor del auto.

Teléfonos fijos: El teléfono fijo está en sus últimos años. Aproximadamente el 27 por ciento de hogares en Estados Unidos solamente usan teléfonos celulares, y ese número está creciendo rápidamente, un crecimiento encabezado por personas mayores de 30 años y del grupo de jubilados, de acuerdo con cifras del gobierno. Aunque aún tengo un teléfono fijo en casa, rara vez lo uso. Y si suena, lo más probable es que sea alguien tratando de venderme algo. Resolución de año nuevo: cancelar mi teléfono fijo.

Hablar por teléfono: Parece que hablar con la gente por teléfono celular se está convirtiendo en algo de la década de los 2000. Podría parecer una exageración, pero la comunicación de hoy es más frecuente, rápida, corta, al grano e instantánea, y casi no involucra el hablar. Mi celular es una fábrica de mensajes de texto. Si quiero saber sobre alguien veo sus actualizaciones en Facebook o leo sobres sus intereses en Twitter. La ironía es que con la tecnología y el modo de comunicación de hoy se habla menos pero se conoce más a los amigos y a los seres queridos.

Anuncios

Perder la voz no es del todo malo


Perdí la voz el otro día.

Eso podría parecer una pequeña inconveniencia para cualquier otra persona, excepto que yo dependo de mi voz para vivir.

Hace varios años sufrí una debilitante tendinitis en ambos brazos que me impide teclear por largos periodos de tiempo. Para compensar utilizo un programa de dicción que convierte mis palabras en letras, enunciados y párrafos en la pantalla de la computadora.

Para recuperar mi voz pasé varios días refugiado en el exilio del silencio, algo difícil para alguien como yo que le gusta platicar con quien esté a un lado.

Pero de un momento a otro me convertí en la persona más antisocial. Por varios días dejé de contestar el teléfono, dejé de salir con los cuates y hasta evité tener discusiones con mi esposa que no pudieran resolverse con las señales de mis manos.

El silencio, sin embargo, no ha sido del todo malo. Es más, me ha ayudado a definir una de las resoluciones que tendré este Año Nuevo: hablar menos.

No poder hablar te permite vez el mundo diferente, como una persona sobria rodeada de borrachos locuaces. En mi caso he descubierto que como otras personas, hablo demasiado y no escucho lo suficiente.

El silencio me ha obligado a escuchar con más detenimiento a mis hijas, que en estos últimos días han podido expresarse libremente en casa sin la interrupción predecible de papá. Las reglas de la casa se han deteriorado temporalmente como mis cuerdas vocales: dulces entre comidas, películas después de la hora de dormir, juguetes en las tiendas.Todo con tal de no discutir.

Desde el exilio del silencio también reconocí que tenía razón aquella tía bocona que solía decir: “todos los problemas que tenemos en la vida los tenemos por haber abierto la boca”, aunque ella lo decía de una forma más vulgar. Ella solía meterse en infinidad de líos criticando a otros, chis moldeando con las comadres o simplemente diciendo la peor cosa en el peor momento.

¿Cuántas veces hubiéramos deseado haber callado esto o aquello? ¿Cuántas relaciones se han amargado por las indiscreciones de nuestras palabras? ¿Cuántos problemas hubiéramos evitado si simplemente hubiéramos cerrado la boca?

Durante este período silencioso me metí en menos problemas.

Sin embargo, entendí lo que se siente verdaderamente no tener voz.

Hace unos días el Senado dejó pasar la oportunidad de aprobar la propuesta de ley Dream Act, que hubiera legalizado a millones de jóvenes indocumentados que llegaron al país cuando eran niños. Fue triste ver en la televisión a los estudiantes lamentar en silencio mientras se contaban los votos.

Quise decirles muchas cosas a esos senadores que votaron en contra de una propuesta tan  prudente, y que se rehusaron a apoyarla porque querían castigar a los padres indocumentados a traés de sus hijos.

Qué vengativos, qué cerrados de mente, me dije mí mismo. Incluso llegué a pensar que más allá de las diferencias en filosofías políticas, éstas simplemente eran malas personas.

Sin embargo, mi silencio me ha enseñado que a veces es mejor no decir nada y alejarse de las críticas y el odio, que tanto malo hacen al alma y el corazón.

Espero no perder la voz de nuevo, pero me voy con muchas lecciones de esta experiencia que me ha traído más humildad, mesura e introspección.

No puedo pensar en una mejor manera de empezar el año nuevo.

La diferencia entre los demócratas y los republicanos


Dicen que la religión y la política son temas que son mejor no discutir con amigos o la familia. Pero el otro día mi mamá me hizo una pregunta irresistible: “Mijo, ¿me podrías decir cuál es la diferencia entre los demócratas y los republicanos?”

Estoy seguro que mi mamá estaba buscando una respuesta rápida, de uno o dos enunciados a lo mucho, para aclarar de una vez por todas cómo se diferencia un político de traje y corbata azul que practica la demagogia con un político de traje y corbata roja que practica la demagogia.

Es muy sencillo mamá, le dije evocando el tono maternal que ella usaba cuando respondía a las preguntas existenciales que yo hacía cuando era pequeño.

Los republicanos, le expliqué, son individualistas. Ellos creen en que un individuo realizado fortalece a la sociedad. Los demócratas, por su parte, son colectivos. Ellos creen que una sociedad realizada fortalece a los individuos que viven dentro de ella.

Mi mamá pareció quedar satisfecha con mi respuesta simplista, y yo agradecido de que no me preguntara más, especialmente porque íbamos llegando a un hotel vacacional donde me esperaba una alberca con calefacción y una cerveza fría.

Pero ahora siento que he defraudado a mi mamá.

Con el debate en Washington D.C. sobre si extender las rebajas de los impuestos a los millonarios, o si extender los beneficios a los trabajadores desempleados, siento que no hay mejor momento para resaltar las diferencias de los dos grupos políticos que gobiernan nuestro país.

Los republicanos, con su sabiduría individualista, buscaban extender a toda costa las rebajas de los impuestos a los millonarios implementadas bajo la administración de George W. Bush, aunque se tenga que pedir dinero prestado para financiarlo.

Los demócratas, con su sabiduría colectivista, buscaban extender los beneficios que perderían más de 2 millones de personas desempleadas al final de este mes, incluyendo alrededor de medio millón de individuos en California.

Que los republicanos aceptaron extender los beneficios de personas desempleadas solamente a cambio de extender las rebajas de impuestos dice mucho de su partido, cuyos miembros argumentan que las personas no buscan empleo cuando reciben beneficios. Su filosofía individualista tiene claramente a un tipo de individuo en mente: los millonarios como ellos, y más importante, los millonarios que pagan por sus campañas.

Que los demócratas hayan aceptado extender estos recortes de impuestos a los millonarios también dice mucho de ellos: que no saben o no quieren pelear por sus principios.

No es que tenga algo en contra de los millonarios. Es más, yo mismo aspiro a ser uno. Por eso cada jueves compro mi boleto de la lotería. Sólo que en estos momentos, me parece que los que más necesitan ayuda son las personas desempleadas y no quienes ganan más de 1 millón de dólares.

Los republicanos tienen otra peculiaridad que los hace diferentes. Les gusta que las cosas se hagan de su manera y le dicen no a todo. O por lo menos es todo lo que han demostrado desde que Barack Obama fue elegido presidente en el 2008.

No a la reforma de salud. No a la reforma bancaria. No a mayores protecciones para los consumidores con tarjetas de crédito. No a la reforma migratoria. No a esto. No a aquello. Y los demócratas no han hecho nada más que tratar de negociar con los republicanos recalcitrantes.

En este caso, los republicanos son como la muchacha guapa que no se deja querer, mientras que los demócratas son del tipo tonto que piensa que algún día conquistará a su amor platónico.

Por lo menos los republicanos saben pelear por lo que creen, aunque les importe un comino que la gente no pueda encontrar trabajo porque sus amigos ricos se rehúsan a contratar. Supongo que una vez que se extiendan estas rebajas tributarias finalmente empezará la gran ola de contrataciones. O supongo que no.

Los demócratas, por su parte, no saben pelear por su “colectivismo”. Por lo menos no lo han demostrado, ni con la reforma de salud que fue diluida inútilmente con la esperanza perdida de negociar con republicanos, ni con la reforma migratoria que tanto han prometido.

Así es mamá, el individualismo versus el colectivismo.

Tantas diferencias. Tantas decepciones.