Cuando se trata de legados, el apellido es lo de menos


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Mi apellido es también una salida de una autopista.

Me encanta mi apellido, Soto. Es corto, sencillo de escribir y fácil de pronunciar. Tanto así que hasta el barista menos apto para las letras y las lenguas de Starbucks pronuncia mi apellido a la perfección cada vez que mi café está listo.  

No puedo decir lo mismo de mi nombre, Irán, digo Hernán, perdón, quiero decir Iván, digo, Harim… Bueno, tú me entiendes.

He estado pensando mucho en el significado de los nombres desde que un buen amigo me contó que pensaba cambiar su apellido paterno por su apellido materno.

Resulta que, por cuestiones de las reglas machistas de nuestra sociedad, su apellido materno está en riesgo de desaparecer debido a que no hay otro varón en la familia que le dé continuidad. Él está por tener su primer hijo, y de cambiarse de apellido, su hijo podría ser la persona que reviva el apellido.

Hay algo muy noble en heredar un apellido, de pasarlo de generación a generación, como si fuera un objeto en una carrera de relevos. Podría ser fascinante imaginarse que un bisnieto algún día desempolve una caja adentro del baúl más viejo de la casa, guardado en la esquina más oscura del sótano y se encuentre con fotos y documentos de ancestros con el mismo apellido. Quizá se encuentren con el nombre de uno, y le pregunten a alguien si alguna vez nos conoció, como éramos, qué pensábamos, qué hicimos de nuestra vida.

Hace tiempo, sin embargo, empecé a cuestionar el lazo entre los apellidos y los legados. En parte porque soy padre de tres hijas, y sé que el apellido Soto tarde o temprano desaparecerá de su linaje familiar. Ellas, cuando se casen, seguramente terminarán dándole continuidad a otros apellidos como Smith, Sadowsky o Sánchez.

Quizás fue un método de autodefensa existencial, pero dejó de importarme mi apellido. En parte porque mi abuelo materno, a quien nunca conocí, y del cual no llevo su apellido, fue una de las personas que mayor impacto tuvieron en mi vida. Era una persona culta que alguna vez fue periodista y que tenía una gran apreciación por la música. Él le inculcó el amor a la música a mi mamá, y ella nos inculcó la música a mí y a mis hermanos a través de clases de piano, flauta, violín, violonchelo y trompeta.

Podría decir que cambió la trayectoria de nuestra familia, porque la música es parte indispensable de nuestras vidas. Mi hermano mayor, por ejemplo, es el concertino de la Orquesta de Baja California. Yo, por mi parte, me cuelgo la guitarra casi diario y me aviento unas dos o tres canciones a pulmón abierto, como si en verdad quisiera ganarme la propina. Mis hijas, por cierto, están en clases de música.

Una vez que me convertí en padre descubrí que más que el apellido, nuestro verdadero legado está en los valores que les pasamos a nuestros hijos y en los buenos hábitos que les ayudamos a cultivar. Nuestro legado se pasa momento a momento; en la forma en que los tratamos, si les tenemos paciencia o si perdemos la cabeza, si les hablamos golpeado o suavemente, si los disciplinamos o los dejamos hacer lo que quieran, si les inculcamos un amor por las artes, un deseo de superación tanto académico como personal.

A final de cuentas, ellas van a encontrar parejas con esos mismos tipos de valores con quien buscarán formar una familia. De la misma forma que los tratamos nosotros ellos tratarán a nuestros nietos, y el círculo se repite con los nietos, los bisnietos, etcétera.

Quizás uno de esos bisnietos algún día desempolve una caja adentro del baúl más viejo de la casa, guardado en la esquina más oscura del sótano, y se encuentre con fotos y documentos de sus ancestros, de un tipo que se llamaba Irán, Hernán, Iván, Harim o Hiram o algo así. Quizás se entretenga unos minutos, pero para entonces nada de eso importará. Quizás cuando termine subirá las escaleras y se irá a su sala, donde sacará su instrumento y se pondrá a practicar, aunque sea por unos momentos.

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El que debe cambiar de nombre es el hotel


Siempre he tenido sentimientos encontrados con mi nombre.

Cuando vivía en México mi nombre, Hiram, rara vez pasaba desapercibido.

No era como en conversaciones que comenzaban con algo así como “hola me llamo Raúl” y luego se pasaba al siguiente tema.

Siempre había algo.

Cuando tenía que tramitar un documento, los funcionarios solían escribir mi nombre sin hache. A veces la gente me recordaba que Hiram sonaba como el nombre de una cantante famosa que nunca me interesó conocer.

Me preguntaban si era árabe, judío o turco. O entendían que mi nombre era Irán, un país conocido por sus guerras y extremismo musulmán.

Quizás por eso se me hizo atractiva la regla que impuso el dueño de un hotel del pueblo de Taos, Nuevo México: le pidió a algunos de sus empleados latinos que usaran las versiones americanas de sus nombres. Además les prohibió hablar español por temor a que fueran a hablar detrás de sus espaldas, como si cambiarle el nombre a los empleados no fuera un tema de conversación.

Larry Witthen, el dueño del Witthen Inn, dijo que era común que los empleaWhittendos que trabajaban directamente con los huéspedes se cambiaran sus nombres si estos eran difíciles de pronunciar.

Yo no recuerdo que los empleados de los hoteles de Rosarito, donde una gran parte de los huéspedes vienen de Estados Unidos, hayan cambiado sus nombres de Maria a Mary o de José a Joseph.

Witthen, que le había dado la vuelta a unos 20 hoteles en Texas, dijo que su estilo gerencial no tenía nada que ver con el racismo.

Pero eso difícilmente se la creyeron los empleados o las organizaciones latinas que le dieron con todo, incluyendo manifestaciones enfrente del hotel.

La ironía es que el hotel está ubicado en un condado en donde más de 50 por ciento de la población es latina y más del 50 por ciento de la gente habla español, de acuerdo a datos es del censo.

Pero sólo tiene que poner un pie en la banqueta de su hotel para darse cuenta de que su negocio está ubicado en la calle Paseo del Pueblo; que el nombre del estado tiene la palabra México, y que el gobernador Bill Richarson vivió su niñez en nuestro vecino del sur.

Además, ya que estamos en esto de cambiar nombres, si le añades una “c” a Taos, la ciudad se llamaría Tacos. De hecho, la ciudad es tan latina, que el hotel bien podría llamarse Brownie Inn  en lugar de Whitten Inn.

A mí se me hace difícil entender la diferencia entre Martín y Martin, o Marcos y Mark, los nombres de los empleados que rebautizó unilateralmente su patrón. Lo entendería si quisiera cambiarle el nombre a un empleado que se llamara Petronilastacio Nacletaldo Furibundo.

Pero nadie si se llama así.

Si yo fuera su empleado, yo le pediría que por lo menos me dejara escoger un nombre, porque la versión americana de Hiram, Jairem, tampoco me agrada.

Sería la oportunidad que tanto había estado esperando.

Pero luego me pongo a pensar en aquella vez que fue cambiar la llanta de mi auto y que un empleado persa me dio un descuento porque pensó que yo era árabe. O una vez que una muchacha linda me dijo que mi nombre era tan diferente que era inolvidable.

Poco a poco mi nombre se ha ido convirtiendo como en un camaleón.

Me llamo Irán entre los árabes, Iram con los latinos, Jairem o Jiram con los anglos, y en por lo menos un cumpleaños alguien me ha regalado una botella del no tan famoso whisky marca Hiram Walker.

En las cafeterías, para evitarles a los empleados la molestia de preguntar de nuevo “¿cómo dijiste que te llamabas?” cuando escriben mi nombre en el vaso, les digo que me llamo Soto.

Pensé finalmente haberle sacado la vuelta a mi nombre tan complicado hasta que un día la empleada me preguntó: ¿Oye, eres japonés?

Qué risa.

Creo que sería demasiado aburrido llamarme Raúl.

Pensándola bien, prefiero quedarme con mi nombre imperfecto pero divertido.

Además, así es como me pusieron mis papás.

Why I’m leaving journalism (for now, anyway)


notebooks

It was only until I started to empty my drawers and began to throw away the piles of papers and dozens of notebooks with undecipherable, handwritten notes that I began to realize the magnitude of my decision to leave journalism.

It was a cop in Tijuana who predicted I was going to be a journalist. A friend of mine with an uncontrollable temper got into a scuffle with a couple of cops after they stopped our vehicle for supposedly driving suspiciously. We knew it was just an excuse to empty our pockets.

After the altercation in which the cops beat up my friend, we were all taken to the police station where I requested to speak with a judge.  My friend had bruises on his face and arms, and so did the cop for that matter.

I don’t recall what I said, but I actually convinced the judge that the cops had abused their authority and stopped us only because they wanted our money (we had none because ironically we had been mugged the night before).

Angry because the judge had sided with us, one of the cops turned and said: “This guy is going to be a lawyer.”

“No,” replied the other as we left  the police station. “He’s going to be a journalist.”

Thank you for the suggestion, cop.  I did become a journalist, and it has been the biggest honor of my life.

I have been privileged to chronicle stories about the everyday struggles of immigrants, from those who die trying to cross the border, to those who take on two or three jobs so they can give their children a better life.

Occasionally I got the chance to expose a crook or two, and I’m proud to have received letters threatening me with lawsuits.  It was unpleasant to get hate mail virtually every time I wrote a story about Latinos.  But I must’ve been doing something right.

Yes, overworked and underpaid. And proud of it. I don’t think you can say that about many professions.  Although that Tijuana cop would probably disagree.

Who else but journalists put their life on the line covering the drug wars, wildfires or prison riots for so little pay?  I take my sombrero off to those who decide to stay while our industry evolves into, well, something.

But for now I have to go.

I guess I haven’t really answered why I’m leaving a full-time job as a reporter at a major metropolitan newspaper, and doing it voluntarily. Yes my new job at a marketing company pays more, seems more stable, and offers me a chance to learn new and valuable skills.

Maybe I don’t want to hear any more about furloughs, layoffs, and shrinking pages.  Maybe it’s because I didn’t see any newspaper come out with a successful model to follow.  Or perhaps because something just doesn’t sound right what I hear newspapers are focusing their resources on  diminishing, rather than expanding markets.

Maybe it would have been different if newspapers didn’t have to shrink to the point where their sustainability depended on an online business model.  If that’s the case, there’s still a long way to go as far as shrinking.

Or maybe it’s me.  Perhaps I’m just ‘Pulling a Palin’ — or quitting in the face of adversity.

I don’t know.  I’m still trying to figure this out.

Maybe I’ll find the answers in one of the overstuffed drawers I need to clear.