Una carta abierta a Santa Claus


ImageQuerido Santa Claus,

Recuerdo la última vez que te escribí una carta. La lámpara de mi escritorio era la única luz en la casa. Todos estaban dormidos. Para mí era difícil dormir porque sentía que estaba listo para escribirte, y hasta la fecha, cuando estoy listo para escribir algo, no hay modo de hacerme esperar. Recuerdo haberte redactado un mensaje largo y detallado sobre por qué deberías traerme un videojuego, y lo justificaba con ejemplos de mi buen comportamiento. 

Han pasado décadas desde aquella vez, pero hoy me encuentro nuevamente escribiéndote una carta. La única luz aparte de la pantalla de mi computadora es la que viene de un árbol en la sala. Está tan grande y fresco que todo nuestro hogar huele a bosque. Es como si tuviéramos uno de esos ambientadores de autos de forma de pino, pero para la casa. Tiene esferas rojas y verdes, y luces pequeñas de varios colores. Cuatro guirnaldas plateadas abrazan el árbol, como una bufanda cubre un cuello en una noche fría.

Por muchos años la Navidad dejó de ser ese día festivo que anhelaba tanto como niño. Después de salir de la casa de mis padres, rara vez compré un árbol de Navidad. Las pocas decoraciones que tenía vivían en un baúl empolvado de recuerdos en la esquina más inaccesible de la cochera.

Sinceramente me molestaba ver decoraciones navideñas en todos lados, así como sentir la presión de comprar regalos a todo mundo. Los comerciales en televisión recreaban situaciones que buscaban persuadirnos de abrir la cartera, por lo que a veces prefería no ver televisión. No regalaba nada a nadie, y prefería que nadie me diera nada.

Esto continuó por un tiempo incluso después de que tuve a mis tres hijas. Seguro ya las conoces porque te han escrito varias cartas. Una de ellas incluso te redactó un mensaje largo y detallado sobre por qué deberías regalarle un videojuego, y lo justificó con ejemplos de su buen comportamiento.

Cuando mis hijas supieron de tu existencia hace algunos años, de mala gana desempolvé el baúl con decoraciones y cada Navidad puse algunas cosas en la pared. Compramos un árbol de plástico barato tan flaco y con pocas ramas que parecía que no lo robamos de un cerro después de un incendio forestal.  Por varios años ese fue nuestro escenario navideño.

Pero este año fue diferente. Las largas horas en la oficina pusieron en contexto lo mucho que extrañaba estar con mis hijas. El otro día estaban busca de una actividad para hacer con ellas, y por primera vez fui yo quien propuse apartar una tarde para decorar la casa.

Comenzamos con tirar el árbol viejo de plástico a la basura y pasamos una tarde en familia buscando el árbol perfecto. Después fuimos a la tienda y compramos esferas nuevas. La música navideña tocaba en la sala mientras colocábamos las esferas en el árbol.

Pusimos tantas decoraciones que alcancé a escuchar a mi esposa gritarnos desde la cocina que eran demasiadas y que no se nos olvidara que después teníamos que quitarlas. Pero para mis hijas no existe el concepto de poner demasiadas decoraciones. Y si a ellas no les importa, a mí tampoco.

Pasamos la tarde incluso hablando de ti. Sobre dónde vives, qué haces todos los días, cómo recibes las cartas de los niños, cómo sabes si los niños se portaron bien, por qué a veces no les puedes traer todos los regalos que piden los niños, etcétera.

Después se fueron a escribir sus cartas. Una de ellas te va a pedir que por favor no te olvides de las personas necesitadas, especialmente los niños. Yo no quise quedarme atrás, y fue entonces que también decidí escribirte.

Ahora entiendo que la Navidad no es sobre los regalos, los comerciales ni las tiendas. Si fuera más religioso, incluso encontraría un significado aún más grande. Pero no lo soy. Por ahora el solo hecho de que pasemos momentos especiales en familia es suficiente.

Por eso esta carta no fue escrita para pedirte algo. Es solamente para darte las gracias.

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