It’s the hotel that should change its name

WhittenI’ve always had mixed feelings about my name, Hiram.

It rarely went unnoticed when I lived in Mexico. It wasn’t like those conversations that began with something like “Hi, my name is Raul” followed by a natural change of topic.

With Hiram, there was always something.

Every time I needed a government document, bureaucrats would write my name without the H. Other times people will remind me that my name sounded like that of a famous female singer I never knew or cared about.

Now that I live here in the States, people often ask me if I am Arab, Jew or Turkish. Sometime people think my name is Iran, a country known for its wars and Muslim extremists.

Maybe that’s why I thought it wasn’t such a bad idea when I heard that a hotel owner in Taos, New Mexico, ordered some of his Latino employees to use the English equivalents of their names. He also forbid them to speak Spanish at work because he was afraid that they will talk behind his back, as if changing people’s names wouldn’t be something to talk about.

Larry Whitten, the owner of Whitten Inn, said it was common for hotel employees who work directly with the public to change their first names if these were difficult to pronounce.

Personally, I don’t remember meeting a Mary instead of Maria or a Joseph instead of José at the many hotels I’ve stayed in Rosarito, where the vast majority of guests come from the United States.

Witthen, who had turned around about 20 troubled hotels in Texas, said his managerial style has nothing to do with racism.

But neither his employees nor many in the Latino community believed him, and some protested in front of his business.

It’s ironic that it’s come to this because the hotel operates in a county where more than 50 percent of the population is Latino, and where more than 50 percent of residents speak Spanish, according to U.S. Census data.

But he doesn’t need to check governments statistics to understand his surroundings.

His hotel is located on a street called Paseo Del Pueblo; the name of the state includes the word Mexico, and Gov. Bill Richardson, a former presidential candidate, live part of his childhood in Mexico City.

If anything, the hotel should change its name from Whitten Inn to Brownie Inn.

Personally, it’s hard for me to understand the difference between Martín and Martin, or Marcos and Mark, the names of the employees who were rebaptized by their boss. I would understand if he had an employee named Petronilastacio Nacletaldo Furibundo answering the phones.

But nobody has that name.

If I was his employee, I would ask him to let me choose my own name because I’m not particularly fond of the English version of Hiram, HIGH-RUM.

But then I stop and think about the time I went to get a tire change and a Persian employee gave me a discount because he thought I was Arab. Or the time when a beautiful girl told me that my name was so different that it was unforgettable. Maybe she was trying to tell me I had a pretty name.

Hiram, through its derivatives, has become sort of like a chameleon.

I am Iran among Arabs, Iram with Latinos and HIGH-RUM with Anglos. In at least one birthday someone made a point of singling out my name by giving me a bottle of the not-so-famous whiskey Hiram Walker.

I tried to find a way to go around this complicated process, at least when I buy coffee. To save employees the hassle of asking me “What did you say your name was?,” I used to say my name was simply Soto.

But then one day a lady asked me: “Are you Japanese?”

Now that I think about it, it would be too boring if my name was Raúl. I think I’ll keep my rather imperfect but entertaining name.

Besides, that’s what my parents wanted people to call me.


El que debe cambiar de nombre es el hotel

Siempre he tenido sentimientos encontrados con mi nombre.

Cuando vivía en México mi nombre, Hiram, rara vez pasaba desapercibido.

No era como en conversaciones que comenzaban con algo así como “hola me llamo Raúl” y luego se pasaba al siguiente tema.

Siempre había algo.

Cuando tenía que tramitar un documento, los funcionarios solían escribir mi nombre sin hache. A veces la gente me recordaba que Hiram sonaba como el nombre de una cantante famosa que nunca me interesó conocer.

Me preguntaban si era árabe, judío o turco. O entendían que mi nombre era Irán, un país conocido por sus guerras y extremismo musulmán.

Quizás por eso se me hizo atractiva la regla que impuso el dueño de un hotel del pueblo de Taos, Nuevo México: le pidió a algunos de sus empleados latinos que usaran las versiones americanas de sus nombres. Además les prohibió hablar español por temor a que fueran a hablar detrás de sus espaldas, como si cambiarle el nombre a los empleados no fuera un tema de conversación.

Larry Witthen, el dueño del Witthen Inn, dijo que era común que los empleaWhittendos que trabajaban directamente con los huéspedes se cambiaran sus nombres si estos eran difíciles de pronunciar.

Yo no recuerdo que los empleados de los hoteles de Rosarito, donde una gran parte de los huéspedes vienen de Estados Unidos, hayan cambiado sus nombres de Maria a Mary o de José a Joseph.

Witthen, que le había dado la vuelta a unos 20 hoteles en Texas, dijo que su estilo gerencial no tenía nada que ver con el racismo.

Pero eso difícilmente se la creyeron los empleados o las organizaciones latinas que le dieron con todo, incluyendo manifestaciones enfrente del hotel.

La ironía es que el hotel está ubicado en un condado en donde más de 50 por ciento de la población es latina y más del 50 por ciento de la gente habla español, de acuerdo a datos es del censo.

Pero sólo tiene que poner un pie en la banqueta de su hotel para darse cuenta de que su negocio está ubicado en la calle Paseo del Pueblo; que el nombre del estado tiene la palabra México, y que el gobernador Bill Richarson vivió su niñez en nuestro vecino del sur.

Además, ya que estamos en esto de cambiar nombres, si le añades una “c” a Taos, la ciudad se llamaría Tacos. De hecho, la ciudad es tan latina, que el hotel bien podría llamarse Brownie Inn  en lugar de Whitten Inn.

A mí se me hace difícil entender la diferencia entre Martín y Martin, o Marcos y Mark, los nombres de los empleados que rebautizó unilateralmente su patrón. Lo entendería si quisiera cambiarle el nombre a un empleado que se llamara Petronilastacio Nacletaldo Furibundo.

Pero nadie si se llama así.

Si yo fuera su empleado, yo le pediría que por lo menos me dejara escoger un nombre, porque la versión americana de Hiram, Jairem, tampoco me agrada.

Sería la oportunidad que tanto había estado esperando.

Pero luego me pongo a pensar en aquella vez que fue cambiar la llanta de mi auto y que un empleado persa me dio un descuento porque pensó que yo era árabe. O una vez que una muchacha linda me dijo que mi nombre era tan diferente que era inolvidable.

Poco a poco mi nombre se ha ido convirtiendo como en un camaleón.

Me llamo Irán entre los árabes, Iram con los latinos, Jairem o Jiram con los anglos, y en por lo menos un cumpleaños alguien me ha regalado una botella del no tan famoso whisky marca Hiram Walker.

En las cafeterías, para evitarles a los empleados la molestia de preguntar de nuevo “¿cómo dijiste que te llamabas?” cuando escriben mi nombre en el vaso, les digo que me llamo Soto.

Pensé finalmente haberle sacado la vuelta a mi nombre tan complicado hasta que un día la empleada me preguntó: ¿Oye, eres japonés?

Qué risa.

Creo que sería demasiado aburrido llamarme Raúl.

Pensándola bien, prefiero quedarme con mi nombre imperfecto pero divertido.

Además, así es como me pusieron mis papás.