El ‘Chapo’ da para 59 películas, 6 novelas y 301 narcocorridos


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Jack Black es otro candidato para el papel del Chapo.

Mientras aún nos hacíamos la idea de que Joaquín El Chapo Guzmán, el líder del Cartel de Sinaloa, estaba finalmente tras las rejas, Entertainment Weekly hacia una encuesta en su sitio web sobre quién podría protagonizar en una película al capo más poderoso del mundo.

¿Benicio Del Toro? ¿Demián Bichir? ¿Diego Luna?

Todos son excelentes candidatos, aunque tengo una ligera preferencia por Del Toro, quien hizo un muy buen papel en Traffic, donde interpretó a un policía que hace un trato con la DEA para desenmascarar a oficiales mexicanos de alto rango inmiscuidos en el narcotráfico.

Hollywood es lo primero que me viene a la mente cuando pienso en Joaquín “El Chapo” Guzmán, quien fue arrestado la semana pasada por soldados de la marina mexicana en un edificio de departamentos en Mazatlán, Sinaloa.

No es por trivializar el tema, pero esta es una película que ya vimos: las autoridades arrestan, matan o dan con un narcotraficante de alto rango (véase Pablo Escobar, Amado Carrillo Fuentes, Ramón Arellano Félix, los hermanos Beltrán Leyva, etc.), pero el flujo de drogas jamás se interrumpe.

Los productores siguen cultivando o procesando droga, los distribuidores siguen transportándola de un lugar a otro a escondidas y los chicos en las esquinas de las calles de Los Ángeles, Chicago y Nueva York siguen vendiéndola en bolsas de plástico diseñadas para conservar la frescura de un sándwich. Por su parte, las células de los carteles continúan con sus campañas de extorsión, secuestro, asesinatos, corrupción y tráfico de drogas.

En otras palabras, para lo único que sirven estos arrestos es para darle un poco de entretenimiento a nuestras vidas aburridas. Y qué mejor que un personaje como Joaquín El Chapo Guzmán, quien escapó de una prisión hace más de 13 años en un carrito de ropa sucia.

Un guionista talentoso de Hollywood podría hacer una película solamente sobre su fuga de una prisión de máxima seguridad en México, y sobre los niveles de corrupción en los diferentes niveles del gobierno mexicano que permitieron que se escapara.

La revista de televisión, 60 Minutes, por ejemplo, podría hacer un documental sobre las narco modelo de México, incluyendo la esposa de Guzmán, Emma Coronel, quien fue una reina de belleza local en Sinaloa. CNN podría salir con un programa de una hora en donde se detalle con gráficas sofisticadas al estilo Osama bin Laden los túneles que conectaban las siete propiedades de Guzmán, los cuales utilizó para escapar por lo menos una vez de las autoridades mexicanas en Culiacán.

Algún hijo de Guzmán podría publicar un libro sobre la experiencia de ser el hijo del mítico capo mexicano, de la misma forma que Juan Pablo Escobar hizo el documental Pecados de mi padre sobre el mítico y desaparecido narcotraficante colombiano Pablo Escobar.

Univisión el mes pasado anunció la compra de los derechos de transmisión de una serie de televisión llamada El varón de la droga, que se inspira en la vida de Guzmán para darle competencia a Telemundo y a su exitosa telenovela La reina del Sur con Kate del Castillo.

Yo no soy mucho de películas, de Hollywood y de todo eso, pero consideraría seriamente la invitación a un rol en alguna de estas películas, digo, por si algún guionista está leyendo esto.

Me gustaría, por ejemplo, ser uno de los soldados de la marina que aparecen con el rostro tapado mientras suben a Guzmán a un helicóptero militar, pero no el que lo agarra del cuello porque no quiero ser el blanco de represalias. Siempre me ha gustado la idea de portar un uniforme y tener un arma larga, como en las películas de acción, especialmente cuando hay un helicóptero cerca.

Pero quizá sea mejor dejarles ese trabajo a los actores profesionales. No sé tú, pero Benicio Del Toro podría sacarse un Óscar. Sería justo dado que se lo robaron con Traffic.

Para AMLO, las buenas intenciones no son suficientes


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Siempre con buenas intenciones.

La sangre parecía aún fresca en la camisa blanca de rayas de Andrés Manuel López Obrador. Su mirada fija denotaba indiferencia al descalabro que sufrió durante las manifestaciones en contra de Pemex en su natal Tabasco. Sus brazos cruzados revelaban la personalidad desafiante que muchos conocemos.

Así aparecía en la portada de la revista Proceso en 1996, cuando lideró un bloqueo de los pozos de Pemex exigiendo, entre otras cosas, indemnización a los indígenas y residentes de la región que habían sido afectados por la contaminación de la ineficiente y corrompida petrolera mexicana.

Es difícil cuestionar el carácter de una persona que pone su seguridad en riesgo por el bien de otros, y que durante su vida política ha demostrado estar del lado de los desprotegidos, los que tienen menos dinero, oportunidades, educación y menos acceso a la justicia.

Sin embargo, es fácil cuestionar los objetivos que propone para el país y los métodos que planea usar para lograrlos. En el caso de AMLO, sus buenas intenciones se quedan cortas a las realidades del mundo moderno y globalizado.

Tomemos como ejemplo su campaña y su comunicación con el público. Su portal de internet parece un blog amateur. En ningún lugar aparecen sus propuestas claramente trazadas y explicadas en una forma fácil de entender, como debería tener un candidato de categoría. Es algo extraño que alguien que se queja constantemente de la desinformación no pueda establecer una plataforma digital para comunicar su mensaje y promover sus proyectos. ¿Así se comunicaría Presidencia bajo AMLO?

A veces, sin embargo, el problema no es cómo comunica un mensaje, sino el mensaje mismo.

Su negativa de privatizar a Pemex es una opción falsa entre el nacionalismo y el progreso. Los gobiernos no deben estar sacando petróleo del fondo del mar. Ése no es su trabajo. Su labor es regular a las empresas que se especializan en hacerlo para que lo hagan de una forma responsable, tanto social como ecológicamente. Pemex necesita alianzas y acuerdos con sector privado que promuevan la eficiencia, transparencia y que generen un lucro que beneficie a todos. Eso sí sería un gran acto de nacionalismo.

AMLO frecuentemente habla de la independencia alimentaria.

Suena bonito soñar que México pueda algún día ser autosuficiente en la producción de alimentos. ¿Pero en realidad es necesario? En un mundo globalizado, los mercados son los que dictan la oferta y la demanda de productos y establecen el precio de los mismos. El papel del gobierno es asegurarse de que todos sigan las reglas del juego para que unos no se aprovechen de los otros, e intervenir selectivamente cuando las fuerzas ciegas del capitalismo amenacen con el bien colectivo.

No tiene caso producir alimentos si los vas a producir de manera ineficiente y costosa simplemente para decir que el país es autosuficiente o para emplear gente en industrias que tarde o temprano serán consumidas por las fuerzas globales del capitalismo.

Por otro lado, AMLO tiene propuestas interesantes para reactivar la economía, incluyendo inversiones multimillonarias en la construcción de proyectos masivos, incluyendo presas, refinerías, aeropuertos, carreteras, y trenes de alta velocidad que conecten al país. Es la misma estrategia que propone el presidente Barack Obama en Estados Unidos para generar actividad económica, y el mismo que exitosamente utilizó el presidente estadounidense Roosevelt para sacar adelante al país durante una época de recesión global y guerra durante la primera parte del siglo pasado.

Tiene sentido matar dos pájaros de un tiro en momentos de incertidumbre global: generar empleo y reactivar la economía. Pero estas son soluciones temporales. No hay que poner demasiada fe en lo que puede hacer el gobierno. Al final, es la industria privada la que generará trabajos bien pagados y duraderos. Es el trabajo del gobierno asegurarse que todos tengan acceso a la educación y que las escuelas enseñen las habilidades del mañana.

Faltan tan solo unas semanas para las elecciones en México, y las encuestas muestran que AMLO continúa acercándose al puntero, Enrique Peña Nieto del PRI. Sin duda se ha beneficiado de las manifestaciones de los estudiantes en contra del regreso del PRI.

AMLO es un luchador admirable por los intereses de los pobres, y México es un país que tiene muchos pobres. El electorado tendrá que decidir si sus propuestas podrán convertirse en más que buenas intenciones.

Los 4 motivos por los que el PAN perderá las elecciones


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Tendrá suerte si no pierde por mucho más.

Hace unos meses, el ex presidente de México Vicente Fox dijo que sería “un milagro” que el PAN retuviera la presidencia de México en las elecciones del 1 de julio. Si esto no fuera suficiente para hacer hervir la sangre de los panistas, Fox aparentemente se estaba guardando lo mejor para el último. Hace unos días pidió “cerrar filas” con el eventual ganador, en una clara referencia al puntero de las elecciones, Enrique Peña Nieto, del PRI.

El comentario de Fox, un tipo siempre afligido por el síndrome de la metida de pata, es tan solo un reflejo del desastre que ha sido la campaña de la candidata panista Josefina Vásquez Mota por mantener al PAN en los Pinos por seis años más.

Pero la falta de unidad es solo uno de los motivos por los que el PAN probablemente terminará el reinado de 12 años que tiene en el poder. A continuación están el resto:

Guerra contra las drogas. Como la guerra contra el narcotráfico, la campaña de Vázquez Mota, se perdió antes de que empezara. El presidente Felipe Calderón lanzó una guerra contra los carteles de droga sin los recursos necesarios, sin visión o estrategia a largo plazo. El resultado fueron unos 50 000 muertos en cinco años, incluyendo miles de personas inocentes. Los mexicanos vivieron niveles de inseguridad y brutalidad nunca antes vistos. Los carteles, lejos de atrincherarse, redoblaron sus esfuerzos y se echaron a la ofensiva contra el gobierno y contra ellos mismos. El próximo presidente de México debe entender que los carteles existirán siempre y cuando exista un mercado listo para comprar sus productos al norte de la frontera. El PAN nunca entendió eso.

Economía estancada. Por muchos años, los mexicanos temían los cambios de poder por las crisis económicas y devaluaciones que los acompañaban. El PAN logró evitar esto cuando llegó al poder y para su crédito, la economía mexicana no se ha colapsado. Sin embargo, permanece estancada o en un ritmo crecimiento flojo con duopolios o cuasi monopolios en industrias vitales como telefonía y medios de comunicación, que resultan en costos estratosféricos para servicios tan sencillos como hablar por teléfono o tener acceso a internet. Los pocos puntos buenos que ha tenido México en el ámbito económico han sido eclipsados por las recesiones globales y la ultra dependencia hacia la economía estadounidense.

Campaña débil. Vásquez Mota entró a estas elecciones como una candidata débil y con poco apoyo institucional, a pesar de ser la primera mujer candidata con la más alta posibilidad de ser presidente. Sin embargo, los planetas políticos no estaban alineados a su favor. El propio presidente Calderón quería a alguien más (el ex secretario de hacienda, Ernesto Cordero), y otros personajes importantes del partido no la han apoyado como deberían. Sus ideas derechistas salpicadas con populismo son poco llamativas, y su campaña carece de visión. Como candidata no inspira a las masas. Su presencia en línea es quizás la más pobre de los principales candidatos. Ha habido rumores que en ocasiones no han tenido suficiente dinero para pagar la nómina de su campaña. Todo esto la ha dejado sumida en tercer lugar, según las últimas encuestas.

Electorado harto. Si bien el PAN ha tenido logros importantes como la reforma al ineficiente sistema judicial, que aún continúa en desarrollo, no tuvo un solo acto legislativo o ejecutivo que haya mejorado dramáticamente o de forma significativa la vida cotidiana de los mexicanos. Al contrario. La guerra contra las drogas sembró miedo y temor y resultó en la pérdida incontable de trabajos en el área de turismo, uno de los principales sectores económicos de México. El electorado lo sabe. Tanto que está a punto de regresar al poder al PRI, el partido que la mayoría de los mexicanos sacaron a patadas de Los Pinos hace apenas 12 años.

Si el PAN pierde las elecciones, será por su propia culpa. Sin embargo, esa es la belleza de la democracia, independientemente de si gana el PRI o el PRD.

Regreso del PRI trae malos recuerdos


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Un voto por el más bonito.

En México se empieza a sentir el regreso del PRI a Los Pinos. Faltan unas cinco semanas para las elecciones, y su candidato Enrique Peña Nieto tiene una cómoda ventaja de 20 puntos o más en las encuestas. Es el tipo de ventaja que generalmente culmina en triunfos contundentes que dan poca cabida a controversias legítimas de fraude electoral, como las que existieron en 2006.

De ganar, regresaría a la presidencia una organización política que por más de 70 años borró las líneas entre lo que es un partido y un estado, y que dejó un legado de represión, asesinatos y corrupción tan negro como el petróleo de Pemex, la paraestatal que por décadas fue como un banco privado para muchos de sus políticos.

Éste es el partido de los dedazos, de las elecciones compradas con intimidación y bolsas de comida, de los contratos públicos para los bien conectados; éste es el partido que tiene la patente de la frase “enriquecimiento ilícito”.

A pesar de su historia sucia, no sería del todo malo si el PRI regresara al poder. O por lo menos así lo racionaliza el argumento de la alternancia, que dice que la democracia naciente de un país como México se fortalece cuando hay cambio de poder; argumenta que cuando existe una alternancia política legítima, los partidos y sus políticos actúan más por los intereses del país porque saben que de otra forma el electorado los echará en las próximas elecciones.

Es una lógica que tiene sentido a nivel macro, pero que no debe usarse como argumento para votar por un candidato como Peña Nieto, un político que no lee, con carencias intelectuales, con propuestas poco ambiciosas, que no habla bien inglés y cuya popularidad se debe en gran parte a su cara bonita, pelo perfecto, esposa famosa y a una maquinaria de publicidad financiada por medios cuestionables del gobierno.

Muchos ya hicimos un voto por la alternancia en 2000 cuando elegimos al expresidente panista Vicente Fox, quien se convirtió en una figura histórica al botar al PRI de Los Pinos pero que dejó mucho que desear como presidente, especialmente en cuanto a sus habilidades políticas.

De ganar, ¿será Peña Nieto un presidente cuyo mayor logro es formar parte de una alternancia política? ¿Será un presidente comprometido a dejar atrás las épocas de corrupción y abuso de poder de su partido? Sus respuestas no son muy convincentes:

“El PRI ha sido señalado más en su larga historia por sus errores y desaciertos que por sus logros y la contribución que hizo al desarrollo de México”, dijo en la Ciudad de México en abril durante una sesión de preguntas luego de presentar un libro.

“Lamentablemente, los errores personales de algunos representantes del partido han manchado la historia del instituto político al que pertenezco. Donde está claro que el compromiso es ser una opción de cambio para dar resultados a México”, dijo.

Éstas no son las palabras de un político que reconoce el gran daño que ha hecho su partido a México y que está dispuesto a empezar desde cero. El decir que solo “algunos” miembros de su partido fueron responsables del legado de corrupción del PRI es como decir que solo había un par de manzanas podridas en la canasta cuando en verdad era toda la canasta la que estaba podrida.

Por su parte, el PAN no ha demostrado ser la solución que México necesita, y las encuestas lo respaldan.

Su candidata Josefina Vázquez Mota va tercera en las encuestas más recientes y apenas un milagro político podría resucitar su campaña desorganizada.

La guerra contra el narcotráfico ha sido un desastre, aunque apenas ahora, cinco años después de que empezó la ofensiva, se está viendo un declive en el número de asesinatos a nivel nacional. Pero la economía sigue ultra dependiente de Estados Unidos y carece de la diversificación económica que tienen países como Brasil. Es una economía destinada al estancamiento.

Votar por la alternancia con el PRI es votar por el conformismo. El partido de la “dictadura perfecta” que saqueó al país por 71 años piensa que ya pagó su penitencia por haber estado 12 años fuera de Los Pinos.

Y el electorado aparentemente está de acuerdo.

Difícil decidir por quién votar en México


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¿Cuál será el menos peor?

Por primera vez desde que tengo memoria, no sé por quién votar en las elecciones presidenciales de México.

He seguido las elecciones políticas desde que era adolescente, incluso años antes de que pudiera votar. Conocía el nombre de los candidatos, sabía lo que significaban las siglas de los partidos y quizá más importante, sabía quién quería que ganara. Ya de adulto y viviendo en San Diego, no me he perdido una elección mexicana. Siempre he hecho el viaje a Tijuana para votar. Y el 1 de julio no será una excepción.

Sin embargo, no he podido decidir a quién darle mi voto. No soy un ideólogo, así que podría votar por cualquiera.

En su momento voté por el PRI de Ernesto Zedillo. Después por el PAN de Vicente Fox. Luego por el PRD de Andrés Manuel López Obrador. También he votado por candidatos a otros puestos políticos de partidos como el PT y el PV. Un poquito de todo.

Pero en estas elecciones, quizás por cuestiones de la vida, ha habido otras cosas que han estado compitiendo por mi atención. El otro día, por ejemplo, tuve que escoger entre el primer debate presidencial de México y un partido de semifinales de futbol.

Escogí el futbol.

Cuando me puse a buscar videos del debate presidencial un día después, me encontré con historias de que la estrella del debate fue una edecán ex modelo de Playboy que apareció con un vestido provocativo que dejó a todos boca abiertos.

Quizás la edecán estaba tratando de llamar la atención del carita de la contienda: Enrique Peña Nieto del PRI. Peña Nieto es el favorito en parte porque tiene una sonrisa irresistible y una esposa bella y famosa. He escuchado a más de una mujer decir que votarán por él solo porque es guapo. Él no promete cambios radicales, o por lo menos no los ha especificado, y su campaña se centra en promesas relativamente modestas y generales que giran en torno al crecimiento económico y la seguridad. Si gana el PRI regresaría al poder después de 12 años. Hmmmm…No sé que pienso de eso.

Pero la mujer que verdaderamente debió haber llamado la atención durante el debate era Josefina Vázquez Mota del PAN, quien busca convertirse en la primera mujer presidenta de México. Es una ironía que en un país machista como México la competencia por el voto de la mujer esté dividida entre una mujer y un hombre guapo y sus seguidoras.

Su campaña ha sido un desastre, desde la perspectiva organizativa, de mensaje y su propio desempeño como candidata. Y las encuestas lo demuestran: está a 15 o 20 puntos por debajo de Peña Nieto.

En México parece no haber mucho interés en darle un tercer mandato presidencial al PAN después de la desastrosa guerra contra el narcotráfico, el poco crecimiento económico y los millones de personas que siguen viviendo en la pobreza.

México sigue estancado a pesar del gran crecimiento económico en lugares como Colombia y Brasil, y tiene monopolios o casi monopolios en las industrias de telefonía y televisión, por lo que los consumidores pagan algunas de las tarifas más altas del mundo por hablar al teléfono o acceder a internet.

El más controversial de los candidatos principales es Andrés Manuel López Obrador, quien perdió la presidencia por la diferencia más mínima en 2006 contra el actual presidente, Felipe Calderón. López Obrador es el populista de esta película, amado por los pobres y jóvenes y odiado por las corporaciones y la gente de dinero o que se cree de dinero.

Aunque podría ser un buen presidente, es difícil olvidar el berrinche político que hizo cuando se declaró el presidente legítimo de México después de perder las elecciones. Lo último que necesita México es un presidente payaso. Su visión del país es una combinación de proteccionismo laboral e industrial, y de equidad social. Pero sin duda sería una figura divisoria entre los mexicanos.

Todavía tengo tiempo para decidir. Hay un segundo debate programado a principios de junio. Espero que no sea tan rígido en su formato, y que no anuncien las preguntas por adelantado, como lo hicieron en esta ocasión. Eso hace que los candidatos lleguen con sus respuestas ya programadas, y hablan como robots y con ese repugnante tono formal que usan los políticos mexicanos.

Espero también que no coincida con un partido de futbol, porque esa sí será una decisión fácil de tomar.

Visita al consulado mexicano de San Diego puede ser divertida


El costo de obtenerlo va más allá de pagar dinero

Desde antes de entrar al edificio alcancé a ver a mi conocido adversario. Estaba a un lado del detector de metales, revisando las pertenencias de los paisanos que hacían fila para entrar al consulado de México en San Diego.

Era un guardia de seguridad mexicano, o de ascendencia mexicana, armado, bigotudo, corpulento y de gran altura. Nos conocimos unas semanas antes cuando intenté pasarme de listo con él mientras pasaba por seguridad.

“Apague su teléfono, por favor”, me ordenó aquella vez. Ya está apagado, le contesté, suponiendo que recibiría el beneficio de la duda.

“Déjeme revisar su teléfono entonces”, dijo ante mi consternación.

El aparato parecía diminuto en sus manos grandes, y le tomó una fracción de segundo exponer mi mentira.

“Apague su teléfono, por favor”, me dijo nuevamente con un cierto enfado, como diciendo: “¿Crees que eres el primer paisano que me quiere ver la cara de tonto?”

Para mi más reciente visita apagué el celular antes de entrar al edificio. Iba a solicitar la renovación de mi pasaporte. Creo que me reconoció, porque cuando llegó mi turno revisó que el teléfono estuviera pagado.

“¿Sabes que una vez que entre puedo presionar un botón para encender el teléfono, no?”, le pregunté, intentando pasarme de listo otra vez. “Señor, está prohibido usar los teléfonos en el consulado, es por cuestiones de seguridad”, dijo.

Algunos pensarán que estoy loco, pero es entretenido ir al consulado. Siento que una visita ahí me acerca más a mi país que comprar provisiones en Northgate González.

Es un lugar lleno de drama y suspenso, donde siempre se te habla de usted, donde los llantos de niños se convierten rápidamente en ruido de trasfondo, donde los empleados pasan la mitad del tiempo ordenando a la gente en dónde pararse o sentarse, y en donde, a pesar de haber revisado todos los documentos varias veces, siempre existe la posibilidad de que algo te falte y tengas que regresar otro día a terminar tu trámite.

Voy aunque no tengo que ir. Soy un ciudadano estadounidense naturalizado. Tengo mi librito de pasaporte azul. Vivo de este lado, trabajo acá, tengo mi vida y mi familia en San Diego. Pero insisto en mantener lazos con mi país natal.

Lo hago porque para mí siempre ha sido importante tener un pasaporte mexicano, tanto por cuestiones culturales como de trabajo o incluso para ser propietario en México. Además, no me agrada la idea de entrar como turista a mi país natal cuando viajo al interior. Aunque tampoco tengo necesidad de hacerlo, a mis tres hijas les he tramitado la ciudadanía mexicana. Quiero que la tengan por si algún día la necesitan. En estos tiempos de incertidumbre, uno nunca sabe a dónde lo lleva la vida.

Pero para eso hay que pagar un precio, no solamente monetario ($101 dólares para un pasaporte de seis años), sino también debe apartarse medio día para hacer el trámite. Hay que pasar horas en una sala que a veces parece la central camionera de Tijuana, con la televisión apagada y con el teléfono encendido pero escondido, como si estuviera viendo un partido de futbol en misa.

No es que sea un rebelde sin causa.

Lo que pasa es que no uso un reloj y cuento con mi teléfono para saber la hora. Mi celular me da la tranquilidad de saber que mis hijas están bien en la escuela, es mi calendario y mi libreta de apuntes donde escribo ideas y cosas que son importantes para mí.

Después de tres horas de espera y de hacer fila en siete ocasiones diferentes, era solo cuestión de minutos para finalmente recibir el pasaporte. El trámite había tomado más tiempo de lo esperado y ya iba tarde a mi siguiente cita. Me urgía mandar un mensaje de texto para justificar mi falta de respeto a la persona que me esperaba.

Apenas empecé a escribirlo cuando sentí la presencia imponente de un hombre uniformado frente a mí, que seguramente me había estado observando desde la esquina opuesta de la sala.

“¡Señor!”, me dijo con dureza. “Hágase un favor y apague su celular”.

“Claro que sí, señor”, le dije mientras apagaba el aparato.

“Muchas gracias, señor”, dijo.

“De nada, al contrario. Gracias a usted”, le contesté, mordiéndome la lengua.

La impuntualidad mexicana es un defecto curable


Es mejor no llegar tarde nunca.

Es raro ver a un político ser regañado, y más cuando lo regañan como si fuera un niño.

Quizás por eso fue tan entretenido ver el otro día un video de un general del ejército mexicano en el que reprende a Cuauhtémoc Cardona Benavides, el secretario general de Baja California, enfrente de su jefe, el gobernador del estado, José Guadalupe Osuna Millán.

“No lo quiero ver en ninguna instalación militar”, dijo visiblemente molesto el general Alfonso Duarte Mújica al gobernador mientras Cardona escuchaba a un lado con la cabeza medio agachada.

“Es un grosero, borracho, irrespetuoso y un conflictivo”, concluyó el general mientras una cámara atrás grababa la inusual pero cándida jalada de orejas.

La fricción se propició cuando Cardona llegó tarde a un evento del ejército en donde lo esperaban para que diera un discurso. Los militares, con la disciplina que los caracteriza, no lo esperaron y siguieron con el evento. Cuando Cardona finalmente llegó, le negaron el micrófono, y él decidió abandonar el recinto.

Bien por el ejército. Y bien por el general.

La impuntualidad es una de las cosas que nunca he entendido de mi cultura.

¿Por qué nos cuesta tanto a los mexicanos, y a los latinoamericanos en general, llegar a tiempo a una cita? ¿Dónde comenzó esta terrible tradición de abusar del tiempo de otras personas, ya sean colegas, profesionistas o amigos? ¿Será cuando todos andábamos en burros y no había carreteras?

Puedo entender que en nuestra cultura se llegue tarde cuando se trata de una fiesta o una reunión social; a nadie le gusta llegar primero, aunque irónicamente el anfitrión siempre espera con gran ansiedad al primer invitado.

¿Pero a una reunión de negocios? ¿A una clase? ¿A una cita telefónica para hablar sobre algún asunto importante? ¿A una cita médica? Aunque ahora vivo en Estados Unidos, donde la gente es generalmente puntual, en ocasiones me toca ser víctima de los contratiempos de los impuntuales, de aquellas personas que poco les importa el tiempo de otros.

No recuerdo en qué momento de mi vida me convertí en una persona que llega a tiempo a sus compromisos. Quizá porque de chico tuve muchas citas con el dentista, y aprendí que nunca debes hacer enojar a una persona que mete cosas filosas a tu boca.

Hoy en día yo suelo llegar por lo menos 10 minutos antes a cualquier cita, y llegó con aún más antelación cuando voy a hablar ante un grupo de personas. Quizá esto refleje mi americanización o expongo un poco mi personalidad compulsiva, pero siempre preferiré llegar a tiempo.

La impuntualidad es una costumbre que debemos dejar en el pasado, junto con el uso de caballos como medio principal de transporte. No solamente es una falta de respeto para la persona que nos ha dado el privilegio de reunirse con nosotros, sino que también es una pérdida de tiempo y de dinero para todos.

¿Cuánto dinero se tira a la basura en México cada año en tiempo muerto cuando un grupo de personas está esperando a un impuntual? No es por nada que en México se dan bonos de puntualidad, como en la escuela se dan estrellitas a los niños que no faltan a clases. ¿Qué tal si mejor dieran bonos de productividad, algo que beneficiaría a todos los empleados de una compañía?

Yo tengo poca tolerancia a la impuntualidad. Y me molesta aún más cuando alguien esconde su irresponsabilidad detrás de una costumbre de orígenes desconocidos que en realidad debería darnos vergüenza. ¿Mexican time? Por favor.

Espero que el secretario de gobierno haya aprendido su lección y que sea la última vez que llegue tarde a cualquier evento, por el bien suyo y de quienes lo rodean, y por el bien de las personas que ya no tendrán que esperarlo. Será un mejor servidor público y un ejemplo a seguir para todos aquellos que insisten en ser impuntuales.

Yo en lo particular, jamás hubiera llegado tarde a un evento de hombres uniformados con armas de fuego a sus costados. Pero como hemos visto, a veces los militares son más peligrosos con sus palabras que con sus armas.

 

Portero Tim Howard jugó sucio al criticar el uso del español


De todas las jugadas sucias que se dieron en la Copa Oro, hubo una que destacó por su mal gusto.

Sucedió al finalizar el último partido del torneo, el sábado 25, cuando la selección de México se coronó campeón al vencer a los Estados Unidos ante más de 90 mil aficionados en el histórico Rose Bowl de Pasadena.

El portero estadounidense Tim Howard, que recibió cuatro goles durante el partido, explotó contra los organizadores luego de que la ceremonia de entrega de medallas fuera conducida en ambos idiomas, aunque principalmente en español.

“Deberían sentirse avergonzados de sí mismos”, dijo a Sporting News, un portal de noticias deportivas. “Yo creo que fue una #$@!^ desgracia que toda la ceremonia después del partido fue en español. Te apuesto que si estuviéramos en la Ciudad de México no sería todo en inglés”.

Yo puedo entender que después de una derrota dolorosa uno ande un poco calientito, especialmente si el delantero del equipo contrario hizo que te arrastraras unos metros frente a tu portería antes de meterte el gol del torneo, como lo hizo Giovanni dos Santos para así dejar un marcador de 4-2.

Lo que no puedo entender es por qué evocó el asunto del idioma, sabiendo que es un tema que despierta más pasión que el futbol, especialmente entre la gente que le gusta atacar a los latinos y acusarlos de que no se asimilan a su nuevo país.

Como era de esperarse, inmediatamente después de su declaración, los comentarios racistas y antiinmigrantes comenzaron a aparecer en la sección de comentarios de cualquier nota sobre el partido que apareciera en internet. De un momento a otro, el tema pasó de ser sobre un evento deportivo a una cacería virtual de latinos.

Quizá tenga razón Howard de que el maestro de ceremonias y conductor del programa República Deportiva, Fernando Fiore, debió haber mezclado más los dos idiomas. Quizá no lo hizo por sus limitaciones del inglés. Pero aquí el idioma era lo de menos. La mayoría del público en el estadio era hispano, y alrededor de 8 millones de personas siguieron el partido a través de Univisión, un canal que transmite su programación en español.

En cuanto al inglés, el partido aparentemente no fue lo suficientemente importante para las cadenas de mayor audiencia nacional como ESPN, NBC, ABC o CBS. Los únicos que se interesaron en transmitirlo fueron la gente de Fox Sports Channel, un canal de paga que se especializa en deportes.

Pero los comentarios de Howard invitan a reflexionar un poco más sobre el tema.

No faltó quien repitiera la gastada frase: “estás en los Estados Unidos, y aquí se habla inglés”, para argumentar que la ceremonia debió haber sido presentada en el idioma de Shakespeare. Yo actualizaría esta frase añadiendo lo siguiente: “Estás en los Estados Unidos, y aquí se habla inglés y español.”

Hoy en día hay 45 millones de hispanos cuya lengua principal o secundaria es el español, lo que representa el grupo hispanohablante más grande después de México. Y sobre las personas que dicen que los hispanos hablan el español a costa del inglés, alrededor de la mitad de los hispanohablantes en Estados Unidos hablan inglés “muy bien” de acuerdo con el Censo.

El español se ha convertido en el otro idioma oficial de este país. Sólo tienes que encender la televisión para darte cuenta de que cada vez es más común ver anuncios en español durante la programación en inglés.

Algunos partidos de futbol americano tienen anuncios en español en el campo; la liga de basquetbol estadounidense tiene un portal que mezcla el inglés y el español que se llama Ene Be A (NBA); y el beisbol, el supuesto deporte nacional estadounidense, está repleto de jugadores de Latinoamérica. Además, en mi cafetería favorita hay un letrero que se enorgullece en decirme cada vez que voy que “se habla español”.

No es una desgracia que la ceremonia haya sido celebrada en ambos idiomas, señor Howard. De hecho, es lo normal hoy en día. Además, los organizadores se aseguraron de hablar inglés durante la parte cuando se entregaron las medallas de plata, para aquellos que obtuvieron el segundo lugar, como tú.

México tuvo un triunfo merecido, y no solamente se llevó el trofeo y el pase a la Copa Confederaciones Brasil 2013, sino que también ganó el premio fair play del torneo por haber sido el equipo que jugó más limpio.

EU debe recibir a más periodistas exiliados


En México, los periodistas deberían escribir en tinta roja color sangre.

Sería una protesta apropiada en honor a las docenas de reporteros que han sido asesinados a sangre fría en los últimos años como resultado de la guerra contra los carteles de las drogas.

Por si fuera poca la impunidad con la que operan los agresores, que podrían ser tanto narcotraficantes como las mismas autoridades, los periodistas que buscan refugio al norte tienen que enfrentarse con un gran obstáculo: las pocas oportunidades de asilo político que hay en los Estados Unidos.

Desde que el gobierno de Felipe Calderón lanzó su guerra impulsiva y no planeada contra los carteles de las drogas, unos 50 periodistas han sido asesinados en México. Otros tantos fueron secuestrados, torturados e intimidados simplemente por ser los mensajeros de las malas noticias. Esta misma semana un columnista en Veracruz fue asesinado junto con su esposa e hijo cuando dormían en su casa, mientras que en ese mismo estado las autoridades encontraron el cuerpo de otro periodista que había desaparecido. A principios del mes un editor de noticias fue secuestrado en Acapulco.

A pesar de esto, solamente a un periodista, Jorge Luis Aguirre, del portal de noticias LaPolaka.com de Ciudad Juárez, le ha sido otorgado el asilo político en los Estados Unidos.

El tema del asilo político tomó fuerza hace unos días durante el congreso anual de la Asociación Nacional de Periodistas Hispanos que se celebró en la ciudad de Orlando, Florida. Fue ahí donde tres periodistas que buscan asilo político en este país recibieron un reconocimiento por su trabajo.

Ellos son Emilio Gutiérrez Soto, un reportero de Ciudad Juárez que recibió incontables amenazas después de investigar abusos por parte del ejército; Ricardo Chávez, conductor de un programa de radio que huyó de Ciudad Juárez luego del asesinato de dos de sus sobrinos; y Alejandro Hernández, un camarógrafo de televisión que fue secuestrado en Durango.

Para Gutiérrez ya han pasado alrededor de tres años desde que solicitó asilo político, mientras que Chávez tiene desde el 2009 que cruzó la frontera. Hernández, el camarógrafo, llegó a los Estados Unidos en octubre del año pasado.

Mientras sus casos son analizados por las autoridades estadounidenses, estos reporteros viven en el limbo; no pueden trabajar para alimentar a sus familias, ya sea porque no pueden encontrar trabajo o porque no tienen autorización para hacerlo, y tampoco pueden regresar a México por miedo de sufrir represalias.

“Salimos de nuestros países sufriendo y sin nada”, dijo Chávez, quien continúa transmitiendo su irreverente programa de radio sobre los asesinatos en Ciudad Juárez, pero desde la relativa seguridad de El Paso, Texas.

Ha llegado el momento para los Estados Unidos de asumir la responsabilidad que le corresponde como el consumidor de las drogas que pasan por México y otorgar más asilos políticos a periodistas y a otras víctimas de esta guerra.

Finalmente, el periodismo es el guardián de la democracia y la libertad, valores que Estados Unidos propaga por el mundo.

México es uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo. Y no estamos hablando necesariamente de periodismo de investigación en donde se exponen a políticos de alto rango ligados al crimen organizado. Muchos medios de comunicación han dejado de hacer eso desde hace mucho tiempo, con claras excepciones como el semanario Zeta de Tijuana o la revistaProceso.

Hoy en día, sin embargo, la situación es tal que muchos periodistas son agredidos simplemente por reportar cuántas personas murieron en un tiroteo y cuáles eran sus nombres. Es decir, información que a veces va un poco más allá de un boletín de prensa.

“Lo que más les duele a los narcos es que reportes los nombres de los muertos o de los involucrados porque ellos viven en el anonimato”, dijo Chávez. “No hay algo que los haga enojar más”.

El primer paso para ganar esta guerra es una prensa libre que pueda ejercer su función como el guardián de la democracia en México que tenga la capacidad de exponer asesinatos, casos de corrupción y abusos a los derechos humanos por parte del gobierno.

No olvidemos que toda esta sangre se ha derramado porque los consumidores en los Estados Unidos esperan con ansiedad las drogas que pasan por México. Lo mínimo que puede hacer este país es abrir sus puertas y arropar a quienes huyen de un problema que los Estados Unidos ayudó a regenerar.

La guerra contra el narco se perdió antes de que empezara


Como en una película de horror, los muertos están saliendo de la tierra en México.

Cada cuerpo que extraen las autoridades de fosas clandestinas en Tamaulipas, hasta ahora unos 217 posibles inmigrantes que iban rumbo a los Estados Unidos, son un recordatorio de que la guerra contra el narcotráfico en México ha sido nada menos que un desastre de monumentales proporciones.

Poco importa que las autoridades hayan arrestado a unas 45 personas supuestamente vinculadas a estos asesinatos a sangre fría, incluyendo al posible autor intelectual, Martín Omar Estrada El Kilo, un cabecilla del grupo de los Zetas. La historia nos dice que el impacto de este tipo de arrestos en la guerra contra el narcotráfico es efímero y superficial; justito detrás de los detenidos siempre hay otro grupo de personas listo para ocupar su lugar y repetir, y hasta abatir, cualquier récord de brutalidad.

Los inmigrantes mexicanos y extranjeros que pasan por México rumbo a los Estados Unidos son sólo las últimas víctimas de esta guerra mal pensada que desde el principio estaba destinada al fracaso. Esto está claro hoy más que nunca desde que el presidente mexicano Felipe Calderón inició hace cinco años una ofensiva militar que ha costado la vida a más de 34 mil personas y ha aterrorizado a todo un país.

Hay quienes acusan a Calderón y a su gobierno de usar la guerra contra el narcotráfico para fortalecer su debilitado estatus político, o para distraer a las masas mexicanas de problemas crónicos como la pobreza, la falta de oportunidades, la crisis económica y la inseguridad.

Si su intención era verdaderamente acabar con el narcotráfico en México, entonces su guerra la perdió desde un principio al carecer de los recursos, la planeación y la estrategia necesaria.

Está claro que los políticos que lanzaron esta ofensiva no tenían idea de en qué se estaban metiendo, nunca imaginaron los efectos de sus decisiones, las muertes colaterales, los asesinatos de periodistas, políticos y oficiales.

Todo lo que ha pasado hasta ahora muestra un gran distanciamiento entre sus objetivos y lo que está pasando en todos los frentes:

El tráfico de drogas ha aumentado.

El dominio y poder de los narcotraficantes se ha extendido a las zonas rurales.

Las extorsiones y los asesinatos siguen en aumento.

El consumo de drogas en México ha subido.

En los Estados Unidos se siguen consumiendo drogas mexicanas manchadas de sangre.

Y cada vez surgen nuevos efectos colaterales, como los ataques contra inmigrantes y también en este caso la incapacidad del gobierno de hacer algo al respecto.

La Comisión de Derechos Humanos de México declaró hace unos días que más de la mitad de los estados de México, 16, representan un peligro para los inmigrantes. Los secuestros, extorsiones y violaciones siempre han sido obstáculos para llegar a los Estados Unidos. Ahora los narcotraficantes se suman a la lista de peligros.

Todo esto representa los efectos de hacer las cosas sin pensar.

Me hubiera gustado escuchar la conversación cuando se decidió empezar esta guerra absurda: ¿Acaso no consideraron que las fuerzas policiacas no estaban preparadas para enfrentar este reto, y que es difícil o imposible ganar una guerra así cuando oficiales del orden público y hasta políticos están incluso del lado del crimen organizado? ¿A nadie en el gobierno se le ocurrió que una guerra contra el narcotráfico es una guerra perdida siempre y cuando continúe el consumo de drogas en los Estados Unidos?

Los narcotraficantes no se ven debilitados.

Al contrario, se ven fortalecidos. Su negocio es más lucrativo que nunca, y gracias a la cercanía con los Estados Unidos, siempre habrá armas disponibles capaces de repelar una ofensiva como la que lidera Calderón.

Ahora el gobierno tendrá que pensar en una manera de salir de esta situación, y hacerlo desde una posición más debilitada que antes de que empezara.

Ganar no parece ser algo factible. Salir de esta guerra debería ser el nuevo objetivo, y reconocer que siempre habrá narcotraficantes mientras que en los Estados Unidos haya consumidores.

Mientras tanto seguiremos atrapados en un ciclo vicioso de drogas, sangre y traición, atrapados en una película de terror, donde los muertos se resisten a ser olvidados en un hoyo en la tierra.