¿Cómo se debe tratar a un niño que dice mentiras?


ImageMis hijas piensan que tengo ojos mágicos que saben descifrar cuando alguien está diciendo la verdad o la mentira. Todo comenzó como un juego cuando ellas estaban más pequeñas. Sin embargo, por ahora por lo menos, ellas sinceramente piensan que tengo poderes sobrenaturales.

– ¡Papá, mi hermana me quiere quitar la muñeca!

– ¿De quién es el juguete mija?

– ¡Mío! ¡Pero no me mires a los ojos!

– Regrésaselo ahora mismo.

Así es como resuelvo muchas de las disputas cotidianas del hogar. Ellas saben que cuando mienten para avanzar sus cínicas conspiraciones infantiles, es mejor no cruzar su mirada con la mía. No sé hasta cuándo voy a continuar fingiendo ser un polígrafo. Pero mientras tanto esto me está dando frutos.

Hace unos días mi hija de siete años se metió en problemas en la escuela, y le echó la culpa a un niño. Pero cuando empecé a hacerle más preguntas descubrí que su historia tenía demasiadas incongruencias. Le pedí que me viera a los ojos, y la verdad salió casi tan rápido como las lágrimas: fue ella la que había causado el problema.

Era la segunda mentira del mes. Unas semanas antes nos hizo pensar que no veía bien y la llevamos al oculista. Después descubrí que estaba fingiendo no ver las letras porque por alguna razón quería usar lentes.

La boca miente, los ojos no, le recordé.

Eso de mirar a los ojos para saber si una persona está diciendo la verdad no es del todo una fantasía. Nuestros movimientos corporales representan más del 50 por ciento de nuestra comunicación. Si no son los pies nerviosos los que nos delatan cuando decimos una mentira para avanzar nuestras cínicas conspiraciones de adultos, es la mano que rasca el cuello, que soba el otro brazo, o los ojos que se mueven como si estuvieran viendo un partido de tenis.

Después de sorprender a mi hija diciendo mentiras hice lo que cualquier padre moderno y preocupado haría: me puse a investigar en internet por qué los niños mienten y qué debo hacer al respecto. Y resulta que los niños que dicen mentiras no necesariamente van a crecer y convertirse en políticos mentirosos.

“Los padres no deben de asustarse si sus hijos dicen una mentira”, dijo un investigador canadiense de la Universidad de Toronto que realizó un estudio que ligaba la inteligencia de estos chamacos manipuladores con su capacidad de mentir.

Resulta que los niños más inteligentes mienten más porque pueden ocultar o justificar las mentiras con mayor facilidad. No estoy seguro si esto significa que debo sentirme orgulloso de que mi hija me dice mentiras.

Siempre hemos tenido, como sociedad, una obsesión por regular las mentiras, aunque todos mentimos de vez en cuando con diferentes grados de seriedad.

Es contra la ley, por ejemplo, mentir que has recibido la medalla militar Purple Heart; muchos de los políticos que van a la cárcel terminan siendo enjuiciados por perjurio y no necesariamente por los actos que cometieron; mentir a un oficial de la ley también es contra la ley. Y en Canadá, donde por lo menos un científico asegura que los niños mentirosos son más inteligentes, es ilegal decir mentiras en los medios de comunicación.

Aparentemente yo también comparto esta obsesión, al grado que miento para enseñarles a mis hijas a no mentir. Aunque bueno, sí se leer un poco los ojos y el lenguaje corporal de la gente. Fue una habilidad que desarrollé bien cuando era reportero de este periódico.

Mientras tanto, el castigo para mi hija fue lo que ella consideraría brutal: se le prohibió todo tipo de pantallas por cuatro días con opción a que sean siete, dependiendo de su comportamiento. Espero que aprenda su lección. Aunque creo que mis días de polígrafo están llegando a su fin.

El otro día la escuché diciéndole a su mamá que cuando crezca quiere hacer experimentos para saber si en verdad los ojos pueden detectar las mentiras. Sospecho que pronto tendré que confesar las limitaciones de mis poderes sobrenaturales.

Pero para entonces espero que ya esté acostumbrada a decir la verdad.

Anuncios

La longevidad de los latinos no debe ser tan sorprendente


Por Hiram Soto

Hace poco recibí un correo electrónico de un amigo anglosajón que tiene una manía de mandarme artículos interesantes sobre temas relacionados con los latinos, siempre acompañados de algún comentario cómico o sarcástico.

Ese día se había dado a conocer un estudio gubernamental sobre la llamada paradoja hispana: que los latinos que viven en los Estados Unidos, a pesar de sus bajos niveles de ingresos y educación, viven casi tres años más que el resto de la población.

“Ahora los latinos tienen una razón más para quedarse en los Estados Unidos”, decía el comentario de mi amigo con su típica dosis de sarcasmo.

Los científicos tienen años tratando de explicar este fenómeno.

¿Cómo es posible, se preguntan, que los latinos vivan más a pesar de que muchos no tienen seguro médico, van al doctor con menor frecuencia y reciben menos cuidado médico cuando se enferman? Las mujeres hispanas embarazadas reciben menos cuidados prenatales pero a la vez registran menores niveles de mortandad infantil que otros grupos.

Y a pesar de todo, los latinos viven en promedio 80.6 años, comparado con 77.7 del resto del país. Los hispanos incluso viven casi ocho años más que los afroamericanos, un grupo con el que comparten muchas similitudes en términos de pobreza.

Una teoría es que muchos latinos regresan a sus países de origen durante los últimos meses de sus vidas, lo cual empaña este estudio que se basa en certificados de defunción. Otra es que los estudios que han llegado a esta conclusión, que son varios, están equivocados. Otra más es que la longevidad de latinos pudiera deberse a sus lazos familiares y sociales.

Aunque no soy científico, yo quisiera añadir mi propia teoría sobre por qué los latinos somos más longevos.

Quizá nos enfermamos menos porque con dos o tres trabajos y una familia grande, hay poco tiempo para enfermarse. Quizá vamos con menor frecuencia el médico no tanto porque no tengamos seguro médico, sino por temor a que el doctor nos encuentre algo que cueste demasiado dinero tratar.

Tenemos brazos fuertes acostumbrados a cargar costales de cemento o a manejar maquinaria pesada.

Nuestras rodillas son de fierro de tanta loseta y alfombra que hemos instalado. Nuestros hombros tienen una gran flexibilidad por la cantidad de carros que hemos lavado.

Las piernas de algunos de nosotros han subido y bajado montañas, o recorrido largas distancias en el desierto, abriéndose paso hacia el norte. Caminamos y corremos más, no necesariamente por recreación, sino porque se nos va el camión.

Nuestros cuerpos, impuestos al constante movimiento, al parecer se rehúsan a la eterna inmovilidad de un ataúd.

De niños fortalecemos nuestros sistemas inmunológicos exponiéndolos a todo tipo de microbios y bacterias. Tenemos estómagos fuertes que sobrevivieron las taquerías más antihigiénicas de la ciudad, en las que siempre hubo duda si era carne de res lo que servían.

Vivimos más porque un plato de carne, arroz y frijoles es mejor que un macaroni and cheese, porque a veces es más saludable tener menos comida que tener comida de más, especialmente la que viene en cajitas.

De viejos, sabemos que tenemos altas probabilidades de vivir en la casa de nuestros hijos en lugar de desaparecer lentamente en un asilo de ancianos. Quizá la cama esté en la cochera, pero por lo menos estamos cerca de la familia, para bien o para mal.

Me agrada mucho saber que pudiera tener más años para disfrutar a mis padres, así como más años para disfrutar de mi esposa y mis hijas. ¡Tres años es mucho tiempo!

Tardé unos días en contestarle a mi amigo el anglosajón.

Hemos tenido una muy buena relación a lo largo de los años, siempre bromeando sobre cuestiones como la raza y la etnia. Lo conocí cuando recién emigré a los Estados Unidos, y para mí él siempre ha sido el gringo más gringo que he conocido. Y seguramente yo he sido el mexicano más mexicano que él ha conocido.

Le agradecí por mandarme el artículo que tanto me hizo reflexionar, y me despedí diciéndole: qué buena onda que voy a vivir más que tú.