Los papás y los niños se pelean por el nuevo juguete del hogar: el iPhone


Por Hiram Soto

Compartir es algo que trato de enseñarles a mis hijas.

Quisiera decir que lo hago porque compartir es un valor que nos ayuda a todos a ser mejores seres humanos. Pero la verdad es que tengo un motivo oculto: los niños que comparten pasan menos tiempo peleándose, gritando y haciendo berrinches, y eso me da tranquilidad.

El asunto es que ahora soy yo el que frecuentemente hace berrinches. Y todo por un aparatito que recientemente llego a casa: mi iPhone.

Esta mini computadora disfrazada de teléfono se ha convertido en el juguete más deseado en mi casa. Sus juegos y funciones vanguardistas tienen enajenado tanto a mis hijas como a mí, lo cual ha desatado una feroz competencia por tenerlo en la mano.

La batalla la he ido perdiendo poco a poco.

Al principio no dejaba que mis hijas se acercaran al teléfono, especialmente después de haber desembolsado más de 400 dólares para adquirirlo (el teléfono cuesta 200 con un contrato nuevo de dos años o el doble si eres como yo, y en un berrinche de gente grande decides romper tu contrato anterior).

Pero ahora ellas son parte dueñas de este juguete caro y frágil de papá.

Para mis hijas, la contraseña para acceder las funciones del teléfono fue tan sólo una pequeña inconveniencia en su misión de adueñarse del aparato. No solamente la aprendieron rápidamente observándome, sino que ahora la teclean más rápido que yo.

Con cada vez mayor frecuencia, los urgentes correos electrónicos del trabajo toman un segundo lugar tras el juego de un chango que devora plátanos o del maldito juego de estimulación de memoria que seguramente ayudó a mis hijas a grabarse mi contraseña.

Algunos papás incluso han sucumbido a la terquedad de sus hijos y ahora son ellos los que piden permiso: “¿Me lo prestas un poquitito? Nada más por cinco minutos. Por favor. Ahora mismo te lo regreso.”

Como otros padres con teléfonos inteligentes como Droids o Blackberrys, yo fui el causante de mi situación.

Más de una vez utilicé el teléfono para distraer o aplacar a mis pequeñas. Descubrí que ceder el teléfono trae paz y tranquilidad, en particular cuando estoy atorado en el tráfico o cuando en casa quiero ver por lo menos la mitad de un partido de fútbol.

Pero he conocido a padres que les ha salido caro el trueque.

El hijo de cuatro años de mi cuñado, haciendo un berrinche, lanzó el teléfono de un lado al otro de la sala, estrellando en mil pedazos su delicada pantalla. Ha habido casos de niños en edad preescolar que se sienten tan dueños de los teléfonos que los esconden de sus padres.

El periódico New York Times recientemente escribió un reportaje sobre el uso de iPhones por niños pequeños en donde expuso las diferentes filosofías que tienen los padres sobre el uso de este teléfono maravilla.

Unos papás se rehusaban a prestar sus teléfonos a sus hijos argumentando que limita su capacidad de jugar de una manera creativa. Otros papás dicen que es igualmente fácil distraer a un niño en edad preescolar con un libro, y que no hay necesidad de compartir su iPhone.

El debate también ha llegado a los círculos académicos, y por lo menos una educadora ha dicho que incluso los juegos más educativos del iPhone carecen de las propiedades para ayudar en el desarrollo del cerebro de un niño en edad preescolar.

“Los niños a esa edad necesitan movimientos corporales enteros, la manipulación de muchos objetos y no el uso de una tecnología opaca”, dijo la sicóloga Jane Healy al New York Times. “No están aprendiendo a leer si saben alinear las letras para escribir ‘gato’. Aprendes a leer entendiendo el idioma y escuchando”.

Yo concuerdo con ella, especialmente en cuanto al movimiento de sus cuerpos pequeños. Los niños deben hacer ejercicio, andar en bicicleta, jugar a las escondidas, que les pegue el sol, que jueguen con otros niños, que salgan al parque.

Además hacer ejercicio fomenta el desarrollo físico y mental, y es algo que voy enfatizar en mi casa de ahora en adelante.

De esta forma tendré niñas que sepan compartir, que les guste hacer ejercicio, y que a la vez dejen en paz el teléfono de papá.

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