Tener acento no significa que eres tonto


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Quienes tenemos acento a veces nos cuesta trabajo decir 'beach' sin decir una vulgaridad.

Nos ha pasado a muchos de nosotros: entendemos a la perfección el problema o la situación, pero por alguna razón nos cuesta trabajo hacernos entender en inglés, nuestro segundo idioma. Movemos los labios pero las palabras salen equivocadas o fuera de orden, y nuestro mensaje accidentado se estrella ante el rostro confuso y frustrado de nuestro receptor.

He estado pensando mucho en esto de los acentos desde que escribí hace un par de semanas un comentario sobre cómo la candidata Alejandrina Cabrera no merecía ser regidora de San Luis, Arizona por no saber hablar inglés. Su nombre fue excluido de la boleta electoral por un juez luego de que se le hizo una prueba básica del lenguaje de Shakespeare que Cabrera reprobó catastróficamente.

Un lector leyó aquella columna en línea e hizo un comentario que me gustó tanto que decidí utilizarlo como el encabezado de la columna de esta semana. Su comentario me hizo preguntarme algo que ha estado en mi mente por muchos años: ¿qué impacto tiene nuestro acento en nuestras vidas?

Todos nacemos con un acento, incluso los recién nacidos. Un estudio reciente reveló que los niños que tienen apenas una semana de edad lloran con la melodía y el tono que caracteriza la lengua de sus padres. Los nenes alemanes, por ejemplo, lloran con gran intensidad al principio, y después lo cortan de la misma forma que sus padres terminan los enunciados. Los recién nacidos de Francia tienden a finalizar sus lloridos con las variaciones suaves que caracterizan al idioma francés.

Hasta los chivos tienen acento. Sí, los animales que usamos para hacer birria.

Hace poco investigadores ingleses descubrieron que los chivos criados en un determinado grupo hacen llamados vocales similares al resto del grupo al cual pertenecen. También está comprobado que los delfines, elefantes, ballenas y murciélagos tienen la capacidad de adoptar acentos.

El primate semi inteligente autor de esta columna siempre ha tenido un acento, aunque no tan marcado como otras personas que conozco. Llegué a Estados Unidos a los 20 años y por lo tanto era inevitable que tuviera una manera algo chistosa de hablar el inglés.

Al principio sentía que mi acento me daba muchos problemas, especialmente cuando veía que mis enunciados frustraban a mi público. En más de una ocasión juré que fui víctima del prejuicio debido a mi forma de hablar. Lo presentía principalmente cuando hablaba por teléfono con alguien, como un empleado del banco o de alguna compañía, y cuando estas personas no podían ver los gestos de mi rostro, el movimiento de mis manos y el resto de la comunicación corporal que tanto uso para comunicarme.

Rápidamente entendí que el problema no era mi acento, sino que no hablaba bien inglés. Conforme fui hablando mejor inglés, fui dejando mis inseguridades a un lado aunque mi acento en realidad nunca desapareció.

Supongo que fue un proceso similar por el que pasaron personajes como Arnold Schwarzenegger o Arianna Huffington, la aclamada editora y publicista griego-estadounidense del periódico digital HuffingtonPost.com.

Tristemente, los que tenemos acentos indudablemente la tenemos más difícil.

Un estudio en 2010 reveló que las personas monolingües inconscientemente le restan credibilidad a una persona que habla con acento y que además son menos propensas a creerles algo que están diciendo. No necesitaba un estudio para confirmar esto.

Recuerdo que cuando era reportero solía presentarme con monolingües con la versión anglosajona de mi nombre, high-rum para minimizar las probabilidades de que la persona se quedara pensando en mi nombre y no en lo que estaba diciendo.

En realidad nunca he intentado deshacerme de mi acento. Para mí siempre fue importante distinguir que yo no soy nativo de este país. Que yo tengo dos culturas y que habló dos idiomas. ¿Y desde cuándo hablar un idioma es mejor que hablar dos? Estoy muy orgulloso de mi acento.

Sin embargo, sí hay algo que me gustaría cambiar. Tiene que ver con una palabra que a veces me cuesta trabajo decir, y que cuando me equivoco termino diciendo una vulgaridad en inglés. Estoy seguro de que no soy el único que tiene problemas con esta palabra.

Es la traducción de la palabra playa al inglés: beach.

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2 comentarios en “Tener acento no significa que eres tonto

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