Dejar el celular es más difícil que dejar la botella


El conductor del auto azul no sabe manejar.

Vira ligeramente a la izquierda, y abruptamente endereza el camino. Los conductores atrás ven cómo, sin aparente justificación, las luces de freno del auto se prenden y apagan como lucecitas de Navidad. Mejor se hacen a un lado o lo pasan rápidamente. No vaya a ser un conductor ebrio.

Al pasar por un costado ven que no es una botella de cerveza lo que tiene en la mano, sino un aparato negro iluminado del tamaño de la palma de la mano. No es un conductor borracho. Es un conductor distraído por su celular.

Es solo una coincidencia que el conductor en esta escena hipotética tenga un auto azul como yo, pero no voy a negar que mis malos hábitos me han ganado más que una pitada de claxon y alguno que otro adjetivo calificativo que, gracias a la velocidad y a las ventanas del auto, no logré escuchar.

Manejar bajo los efectos de un celular se ha convertido en uno de los peligros más grandes en las carreteras de hoy.

Si bien antes nuestras principales distracciones detrás del volante consistían en cambiar la estación de radio, ponerse maquillaje o comer una hamburguesa doble con queso sin mancharnos la ropa, hoy en día tenemos nuestros poderosos aparatos electrónicos, los reyes de la distracción.

Los celulares de hoy son todas esas cosas y más: tienen radio, pueden convertirse en un espejo para el maquillaje, te ayudan a encontrar el restaurante de hamburguesas dobles más cercano, son tu computadora de la oficina, tu pronóstico del tiempo personalizado, tu periódico, tu televisión, tu vida social, tu álbum de fotos, videos, etcétera.

En California y en muchos estados es ilegal conducir con un celular en la mano, pero muchos conductores ignoran esta ley como ignoran los límites de velocidad de las autopistas. El costo de una infracción es de solo 20 dólares, es como si el gobierno nos estuviera diciendo: “Te vamos a cobrar poquito dinero porque entendemos que todos lo hacemos”.

Hace unos días la compañía de teléfonos BlackBerry tuvo un apagón que afectó por varios días a distintas partes del mundo, incluyendo Norteamérica. Pero en el Oriente Medio, la suspensión temporal de servicio tuvo un efecto colateral: en Dubai los accidentes de auto cayeron en un 20 por ciento, mientras que en Abu Dhabi el número de accidentes durante esa semana se redujo en un 40 por ciento, y además no hubo accidentes fatales.

En México unas 24 mil personas mueren cada año a causa de accidentes de auto, el doble que el número de personas que mueren a causa de la guerra contra el narcotráfico. Las razones son muchas: en algunos estados los conductores no tienen que tomar exámenes de conducir, la cultura del uso del cinturón de seguridad aún está en su infancia y muchas personas consideran que manejar ebrio es algo normal. Ahora se suma un nuevo peligro: manejar y mandar mensajes de texto a la vez o hacer cualquier otra cosa con el celular.

Estos lugares podrían parecer lugares muy lejanos, pero el problema se siente muy de cerca cuando vas a 70 millas por hora y el tipo del carril derecho está revisando su correo electrónico mientras un motociclista intenta pasar por en medio para ahorrarse dos minutos de viaje.

Cuántas historias escuchamos cada año de personas que fallecen justo después de haber mandado un mensaje de texto, una actualización en Facebook o Twitter, o durante una llamada telefónica. Vivimos en una sociedad de adictos a estos aparatos, en donde los teléfonos son lo que para un alcohólico es una botella de licor barato.

Todavía faltan unos meses para el año nuevo. Pero no quiero esperarme para hacer la resolución del año: dejar el teléfono a un lado y poner mis dos manos sobre el volante. No solo para evitar provocar un accidente, sino para cuidarme de aquellos que no resisten la tentación de manejar y usar su teléfono celular.

No quiero ser ese auto azul que se tambalea en las carreteras o que hace de sus luces de freno un espectáculo navideño. Quiero llegar bien a casa. Me pregunto si habrá un grupo de apoyo de usuarios de teléfonos celulares, como la de alcohólicos anónimos.

Con mucho gusto me presentaría y relataría más historias hipotéticas del auto azul.

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