Republicanos comienzan a pagar por su extremismo


Cuidado que anda de malas. El legislador republicano de Arizona Russell Pierce podría ser destituido de su cargo por el electorado.

En ocasiones, pudiera parecer que el extremismo es la nueva norma política.

Por lo menos así debe sentirse si eres un indocumentado que ha visto cómo en los últimos años se han aprobado algunas de las medidas antiinmigrantes más severas y hasta discriminatorias. O si has visto cómo los políticos llegan o se mantienen en el poder gracias a sus posturas extremas.

Pero recientemente hemos visto cómo incluso el extremismo tiene sus límites.

Quizá el ejemplo más claro es una campaña orgánica que busca destituir al presidente del Senado de Arizona, Russell Pearce, el hombre detrás de gran parte de las políticas antiinmigrantes de ese estado. Resulta que los residentes de su distrito, una de las áreas más republicanas y conservadoras del estado, han reunido unas 18 mil firmas, más del doble de lo que necesitaban, para llevar a cabo una elección para destituirlo. Las 18 mil firmas representan más votos de los que Pearce obtuvo en su más reciente reelección.

Su destitución sería histórica ya que sería la primera vez en la historia del país que el presidente de un senado estatal sea quitado de su puesto. La campaña ha sido una sorpresa y una amenaza tan grande para la gente de extrema derecha que incluso sus partidistas, incluyendo el congresista Tom Tancredo, un emblema del movimiento antiinmigrante nacional, están prácticamente rogando por fondos para mantener a Pearce en el poder.

Este individuo personaliza el extremismo político.

Pearce es la persona detrás de la ley SB1070, que busca otorgar poderes especiales a la policía para detener a las personas que se sospecha que están en el país ilegalmente. Se espera que la Suprema Corte de los Estados Unidos emita próximamente un fallo sobre la constitucionalidad de esta ley.

Su ley más exitosa contra indocumentados fue una ley que aprobó el estado en 2007, y que fue ratificada recientemente por la Suprema Corte, que revoca las licencias de los negocios que contratan a personas sin documentos y que además obliga al sector privado a utilizar un programa federal que verifica el estatus legal de sus empleados nuevos.

Pero además ha intentado todo lo que ha podido contra la comunidad inmigrante, incluyendo la prohibición de clases de estudios chicanos en las escuelas así como la eliminación de servicios de emergencia médica para los indocumentados, entre otros.

Su derrota sin duda sería un golpe duro no sólo para el movimiento antiinmigrante, sino para el extremismo en general. Pero incluso antes de esta campaña contra Pearce, han empezado a aparecer señales de que el electorado está cansado de tanta postura extrema.

El mes pasado, en un rincón conservador del norte del estado de Nueva York, el electorado eligió sorprendentemente a una demócrata a la Cámara de Representantes en respuesta en gran parte a la propuesta de los republicanos de transformar Medicare, el programa público de salud médica para mayores de edad y personas de bajos recursos.

Es una propuesta que parece haber cambiado el ámbito político debido a su extremismo y el hecho de que poco tiene que ver con los problemas inmediatos que enfrentan millones de estadounidenses, como la falta de empleo.

La propuesta republicana de aumentar los costos para los beneficiarios y al mismo tiempo reducir los beneficios para pagar la deuda federal obedece a su recalcitrante ideología extrema de individualismo absoluto y no intervención gubernamental.

Poco parece importarles a los republicanos que millones de personas siguen sin trabajo (incluso han intentado, con resultados mixtos, eliminar los beneficios de desempleo que ofrece el gobierno). Los republicanos de extrema derecha han decidido aprovechar el descontento social para enfocarse en temas abstractos e ideológicos como la deuda federal, un problema grave, sin duda, pero que en el mejor de los casos tardaría décadas en resolverse.

El extremismo político tendrá su día de juicio en las elecciones de 2012, cuando el electorado decida cuáles son las prioridades del país.

Por el momento Pearce no estará creando nuevas leyes antiinmigrantes, una táctica que le funcionó de maravilla durante su ascenso a la presidencia del Senado de Arizona. Él estará demasiado ocupado luchando por su vida política.

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