Perder la voz no es del todo malo


Perdí la voz el otro día.

Eso podría parecer una pequeña inconveniencia para cualquier otra persona, excepto que yo dependo de mi voz para vivir.

Hace varios años sufrí una debilitante tendinitis en ambos brazos que me impide teclear por largos periodos de tiempo. Para compensar utilizo un programa de dicción que convierte mis palabras en letras, enunciados y párrafos en la pantalla de la computadora.

Para recuperar mi voz pasé varios días refugiado en el exilio del silencio, algo difícil para alguien como yo que le gusta platicar con quien esté a un lado.

Pero de un momento a otro me convertí en la persona más antisocial. Por varios días dejé de contestar el teléfono, dejé de salir con los cuates y hasta evité tener discusiones con mi esposa que no pudieran resolverse con las señales de mis manos.

El silencio, sin embargo, no ha sido del todo malo. Es más, me ha ayudado a definir una de las resoluciones que tendré este Año Nuevo: hablar menos.

No poder hablar te permite vez el mundo diferente, como una persona sobria rodeada de borrachos locuaces. En mi caso he descubierto que como otras personas, hablo demasiado y no escucho lo suficiente.

El silencio me ha obligado a escuchar con más detenimiento a mis hijas, que en estos últimos días han podido expresarse libremente en casa sin la interrupción predecible de papá. Las reglas de la casa se han deteriorado temporalmente como mis cuerdas vocales: dulces entre comidas, películas después de la hora de dormir, juguetes en las tiendas.Todo con tal de no discutir.

Desde el exilio del silencio también reconocí que tenía razón aquella tía bocona que solía decir: “todos los problemas que tenemos en la vida los tenemos por haber abierto la boca”, aunque ella lo decía de una forma más vulgar. Ella solía meterse en infinidad de líos criticando a otros, chis moldeando con las comadres o simplemente diciendo la peor cosa en el peor momento.

¿Cuántas veces hubiéramos deseado haber callado esto o aquello? ¿Cuántas relaciones se han amargado por las indiscreciones de nuestras palabras? ¿Cuántos problemas hubiéramos evitado si simplemente hubiéramos cerrado la boca?

Durante este período silencioso me metí en menos problemas.

Sin embargo, entendí lo que se siente verdaderamente no tener voz.

Hace unos días el Senado dejó pasar la oportunidad de aprobar la propuesta de ley Dream Act, que hubiera legalizado a millones de jóvenes indocumentados que llegaron al país cuando eran niños. Fue triste ver en la televisión a los estudiantes lamentar en silencio mientras se contaban los votos.

Quise decirles muchas cosas a esos senadores que votaron en contra de una propuesta tan  prudente, y que se rehusaron a apoyarla porque querían castigar a los padres indocumentados a traés de sus hijos.

Qué vengativos, qué cerrados de mente, me dije mí mismo. Incluso llegué a pensar que más allá de las diferencias en filosofías políticas, éstas simplemente eran malas personas.

Sin embargo, mi silencio me ha enseñado que a veces es mejor no decir nada y alejarse de las críticas y el odio, que tanto malo hacen al alma y el corazón.

Espero no perder la voz de nuevo, pero me voy con muchas lecciones de esta experiencia que me ha traído más humildad, mesura e introspección.

No puedo pensar en una mejor manera de empezar el año nuevo.

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