El Vaticano es por lo menos culpable de ineptitud


¿Qué haría Jesús si estuviera sentado en un trono en el cielo, supervisando la vida eterna, y un asistente le pasara una nota diciendo que uno de los sacerdotes estaba solicitando su propia destitución por haber abusado sexualmente de dos niños?

¿Pediría más tiempo para considerar este grave asunto o aceptaría la destitución inmediata?

¿Pensaría primero en el impacto que el asunto tendría en el “bien universal de su iglesia” o tomaría medidas para separarlo de los niños? ¿Se preguntaría qué dirían los feligreses antes de despedirlo?

No entiendo por qué el Papa Benedicto xvi, el ahora representante de Jesús en la Tierra, tardó dos años en aprobar la destitución del sacerdote de Oakland, Stephen Kiesle, en 1985, cuando encabezaba el departamento del Vaticano responsable por disciplinar a sacerdotes.

Kiesle había cumplido tres años de libertad vigilada por haber abusado sexualmente de dos niños de 10 y 11 años. El cardenal Joseph Ratzinger, ahora el Papa, había recibido una carta del obispo de Oakland sobre el caso, la cual contestó pidiendo más tiempo para considerar el impacto de la destitución.

El escándalo de abuso sexual de la Iglesia Católica ha tomado nueva vida con esta y otras revelaciones que cuestionan el criterio del entonces cardenal Ratzinger. Y han puesto en evidencia que el Vaticano ha aprendido poco sobre cómo lidiar con uno de los episodios más vergonzosos en su historia.

Uno imaginaría que para ahora el Papa Benedicto xvi ya habría emitido por lo menos un comunicado con alguna explicación en el cual pidiera perdón en nombre de la Iglesia por todos los casos de pedofilia que se han reportado en el mundo, independientemente de su papel en el escándalo.

En la carta prometería medidas severas contra sacerdotes que violan niños. Se comprometería a revisar el derecho canónico que exige a los sacerdotes reprimir sus instintos sexuales. (Creo que no soy el único que sospecha que ahí es donde empiezan los problemas).

Anunciaría que todos los sacerdotes de la Iglesia se pondrían de rodillas y pedirían perdón a la humanidad por aquellos sacerdotes pecadores. Un “yo confieso” masivo, como lo hacen los feligreses en misa. El escándalo se convertiría en un momento de reflexión interna.

Pero no es así.

Hasta ahora no ha habido un solo comentario del Papa Benedicto xvi, como si el problema fuera a desaparecer por sí solo. El Vaticano ha preferido echarle la culpa a los medios de comunicación por estar sacando las notas, como si ese fuera el problema. Y hace unos días el segundo en mando del Vaticano, el cardenal Tarcisio Bertone, dijo que el homosexualismo, y no el celibato, está ligado a la pedofilia.

Esta semana, el Vaticano emitió finalmente un comunicado en donde parecía ofrecer soluciones. Me emocioné al ver el encabezado. Pero mi emoción se desinfló como un globo cuando leí que se trataba de una directiva que explícitamente exigía a las congregaciones reportar los delitos sexuales a las autoridades.

¿Qué no se supone que ya deben hacer eso?

No puedo evitar sentir una gran tristeza por las víctimas de abuso sexual, que seguramente están reviviendo su dolor con cada noticia que sale del Vaticano. Y tampoco puedo evitar sentir tristeza por mi Iglesia. Finalmente soy católico, estudié en escuelas católicas hasta la secundaria, y di clases de catecismo en la iglesia. Crecí, como muchos mexicanos, en un entorno en donde no se cuestiona a la Iglesia Católica. En donde se tiene confianza ciega en los sacerdotes, a quienes se les respeta profundamente por predicar la palabra de Dios.

El escándalo de abuso sexual no tiene nada que ver con la religión o la espiritualidad. Tiene que ver con el abuso de confianza y la arrogancia de pensar que uno está por encima de la ley.

Es difícil visualizar que el Vaticano pueda empeorar más las cosas con sus comentarios o acciones fuera de lugar. Pero por si acaso, me gustaría ofrecerle un consejo a la máxima autoridad católica. Creo que mi experiencia como católico así como mis años de experiencia en los medios de comunicación me da una perspectiva valiosa para mitigar escándalos como éste.

La próxima vez que tengan que reaccionar a otra noticia reveladora de otro sacerdote que abusó sexualmente de algún joven, o que alguien desentierre algún documento que implique a los altos mandos del Vaticano, les aconsejaría que antes de hacer cualquier cosa hagan lo siguiente: Pregúntense, ¿qué haría Jesús?

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