Arquiteco renombrado pierde más que su hogar


Aunque no lo sea, Arturo Pacheco se siente culpable por todo lo que ha pasado.

Hace apenas un par de años tenía una compañía constructora en Tijuana que desarrollaba proyectos en la costa de Baja California, un negocio que por casi 20 años le dio a él y a su familia una vida cómoda en un suburbio de Chula Vista.

Hoy está desempleado porque la mayoría de los inversionistas que venían de Estados Unidos han desaparecido. Perdieron la casa a pesar de muchos intentos por salvarla, y ahora tienen hasta el final del mes para desocuparla.

Aunque nunca trabajo aquí, Pacheco adquirió el estilo de vida de clase media estadounidense. Compró casa en 1991, carros, y sus hijos asistían a clases de hockey, un deporte caro en San Diego.

Hoy todo es un contraste.

“Vivimos al día”, dijo el arquitecto de 54 años.

Mientras Pacheco me contaba su historia en la cocina de la que alguna vez fue su casa, yo no dejaba de reflexionar en la experiencia de mi propia familia cuando emigramos a Estados Unidos.

Nosotros huimos de la crisis mexicana de 1995. La compañía constructora de mi papá también había quebrado. Afortunadamente mis padres habían comprado una casa en Chula Vista, y fue ahí donde nos mudamos.

Como en la casa de Pacheco, nuestra cocina también tenía bolsas de mandado en la mesa que nos habían regalado amigos y parientes.

Igual que Linda, la esposa de Pacheco, mi mamá también había regresado a trabajar después de más de 20 años de estar dedicada al hogar.

Aun así, los cheques no eran suficientes ni en cantidad ni frecuencia.

Eran tiempos muy difíciles, especialmente para mi papá, quien estaba acostumbrado a realizar grandes proyectos de construcción para el gobierno y más importante proveer para su familia.

Además tenía su lugar en la sociedad.

En Tijuana era el Ingeniero Soto. En San Diego era un desempleado más.

Cuando llegó a Estados Unidos pensó que su vida profesional sería una extensión de sus logros en México. Pero las cosas no fueron así. Como Pacheco, hablaba poco inglés y no podía ejercer su profesión.

Se sintió un inútil, y aunque nunca lo dijo explícitamente, estaba deprimido.

Trabajó por un tiempo archivando documentos en un consultorio médico. Caminó con la frente en alto cuando tenía que barrer las banquetas de un complejo habitacional de viviendas subsidiadas, donde se encontró con dos albañiles que trabajaron para él en Tijuana.

“Ingeniero, ¿es usted?”, le preguntó uno de ellos que reconoció a mi papá Cuando él les llamó la atención por haber tirado basura. ¿Qué está haciendo aquí?”.

“Pues trabajando como tú”, le contestó.

Pacheco ya se hizo la idea de que en este momento tiene que trabajar en lo que sea.

Solicitó empleo en una bodega cargando cajas, pero no se lo dieron. Piensa que fue por su edad y porque no es una persona musculosa.

También le solicitó empleo en una gasolinera, pero nunca le hablaron.

Mientras busca un nuevo hogar y un empleo, Pacheco se inscribió en clases de inglés y en un programa de certificación de inspector de construcción, algo que hizo mi papá en su momento.

Mis papás tuvieron que pasar muchas noches sin dormir por los problemas y mucho sacrificio para traer comida a la mesa antes de que por fin comenzarán a salir adelante.

Hoy en día mi papá es contratista y está compitiendo en un concurso por un contrato con el gobierno federal. Mi mamá dejó su trabajo de secretaria y se convirtió en una de las agentes de bienes raíces más exitosas de su oficina.

Es difícil decirle a alguien como Pacheco que todo va a estar bien.

Pero si la historia es un indicador, tarde o temprano estará.


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